Pretexto perfecto para ahondar en un tema que resulta por demás inquietante, pero no sólo como parte de la necesidad de investigación, de la curiosidad innata que nos caracteriza a los seres humanos (particularmente en torno a aspectos de nuestra existencia que se nos dificulta comprender), sino como la posibilidad de elaborar y asumir nuestra propia muerte y dejar atrás la convicción inconsciente de inmortalidad. Parece entonces, que la motivación es más compleja y profunda de lo que en ocasiones estamos dispuestos a reconocer.

Podemos negarlo aunque, ni al más ingenuo, ni al más inocente, le es ajeno el hecho irremediable de que habremos de morir, somos conscientes de ello, es incluso una aseveración lógica, de sentido común; simple, lo escuchamos, lo miramos, lo repetimos, lo vivimos. La empatía nos puede permitir acercarnos al  profundo dolor que experimentan aquellos que han perdido, en los brazos de la muerte, a un ser amado; sin embargo, ese dolor no nos pertenece, no es nuestro, lo inquietante es que sucede cuando el dueño de tal dolor, soy yo.

La muerte está, permanece en estado latente, siempre cerca, paciente, ella nos mueve, y en este caso, decididamente a analizar e indagar sobre la muerte de otros, haciendo un esfuerzo por comprender la propia y darle un sentido, cuando lo más que podemos hacer es experimentarla, vivirla cuando perdemos a los que amamos.

Podemos negarlo aunque, ni al más ingenuo, ni al más inocente, le es ajeno el hecho irremediable de que habremos de morir

Tenemos una primera conclusión: mucho se puede decir sobre la muerte, pero no es ella en sí la que nos interesa, sino lo que nos hace a los aún sobrevivientes,  las diversas formas de comprenderla, de los ritos y tradiciones a ella asociados y, por supuesto, las fantasías y mitos que la rodean.

En este sentido, el camino a seguir en la indagación sobre la muerte, es profundizar en la respuesta de los individuos que pierden a algún integrante de su familia, bajo el supuesto de que los lazos de amor y afecto más fuertes y profundos son los que forjamos en este grupo.

Este discurso le reconoce una fuerza formidable a la familia en la medida en que ella se ha hecho refugio y lugar privilegiado de la afectividad. La pareja y los hijos capitalizarían todos los sentimientos que no pueden expresarse en una sociedad deshumanizada.  Todo el calor de las relaciones sociales se concentrará de ahora en adelante en el hogar conyugal y en los parientes cercanos. Se sostiene que en la actualidad incluso ha ganado importancia por la mayor necesidad psicológica que tenemos de ella y por su menor importancia institucional, pero ha ganado intensidad psicológica y emocional. (Valdés, 2007).

Cómo afrontar la pérdida, del cónyuge, de un hijo, de un padre o de un hermano. ¡Cuántos sentimientos se remueven si la causa no es natural, sino provocada por un accidente, enfermedad o muerte violenta! La sacudida puede ser tan terrible, que podría acabar con aquellos que permanecen, y con la familia misma.

Entenderemos que la familia comprende un sistema de relaciones de parentesco (no necesariamente implica consanguinidad) reguladas de formas muy diferentes en las distintas culturas. Estas relaciones tienen como elemento nuclear común los vínculos afectivos entre sus miembros, que se expresan a través de la alianza entre los integrantes con uno u otro grado de pasión, intimidad y compromiso. (Valdés, 2007)

Las familias son sistemas vivos y abiertos, diversas en sus estructuras y por supuesto en su dinámica, dentro de ellas es donde los individuos logramos consolidar nuestra identidad, forjando nuestro autoconcepto y alimentando nuestra estima, se nos permite ejercitar nuestras respuestas comportamentales en situaciones diferentes, aprendemos a negociar, a ser flexibles, a ceder, integramos los valores que rigen nuestro entorno, y es ahí donde conocemos el amor y el desamor, es nuestra más importante red de apoyo social.

Estos lazos se van fortaleciendo con el tiempo, se hacen cada vez más estrechos, tanto, que la vida es difícil de visualizarse sin la presencia del otro.   No sólo los integrantes, sino el sistema familiar mismo, habrá de poner a prueba todos sus recursos para poder continuar con su existencia. No intento demeritar otros tipos de lazos afectivos, sencillamente pretendo enfatizar que el dolor que la muerte genera es proporcional al amor que se siente por el que ya no estará, y se intensifica si es dentro del seno familiar.

¿Hacia dónde mueve la muerte a una persona que ha perdido a un miembro de la familia por quien se tiene un profundo amor? Freud nos orienta en este asunto, con su obra Duelo y Melancolía (Freud, 1917), señalando estas dos, como las posibles rutas sobre las que ha de andar un individuo que ha perdido algún ser amado.   

Una pérdida es una pérdida, pero en relación a lo que revisaremos, entenderemos que en la medida que el lazo es más fuerte y profundo, se exige al individuo mayores recursos personales, para afrontar de la manera más adecuada tal pérdida, independientemente si se trata de una persona, una relación, un objeto o una ideología.  

Comencemos con la explicación, no de a quién se pierde, sino qué es lo que se pierde en la muerte, para ello, es necesario detenernos a explicar un concepto central en la teoría de Freud, el concepto de pulsión.  Es un proceso dinámico consistente en un empuje (carga energética, factor de motilidad) que hace tender al organismo hacia un fin.  Según Freud, una pulsión tiene su fuente en una excitación corporal (estado de tensión); su fin es suprimir el estado de tensión que reina en la fuente pulsional; gracias al objeto, la pulsion puede alcanzar su fin. (Laplanche, 1994). Como organismos biológicos es esta energía que Freud llama pulsión, la que nos mueve, determina nuestras motivaciones para ser quienes somos, la tensión que experimentamos, inicialmente en el cuerpo, resultado de las fuerzas pulsionales, es decir, de nuestras necesidades, que buscan ser canceladas, por vía de la satisfacción.

Así, el sentimiento de displacer (tensión) tiene que ver con un incremento del estímulo pulsional y el de placer con su disminución (satisfacción). Las personas que nos rodean, en este caso, los integrantes de nuestra familia,  son objetos que permiten la reducción de dicha tensión generada por la pulsión,  es así como se posicionan como significativos, proveen satisfacción. Y si más tarde el objeto se revela como fuente de placer, entonces es amado, pero también incorporado al yo (Freud, 1915).  Es decir, aquella persona a la que amamos, es parte de nosotros mismos, de nuestro yo.

A este fenómeno se le conoce como catexis, otro concepto importante para comprender la dinámica de la muerta en la vida mental de los individuos. La catexis hace que cierta energía psíquica se halle unida a una representación o grupo de representaciones, una parte del cuerpo, un objeto, etcétera. (Laplanche, 1994).

La pérdida entonces, es de la satisfacción, de la eliminación de la tensión, que el otro proveía por ser un objeto catectizado, amado, al que investimos con nuestra energía pulsional, y que ahora, mantiene el estado de tensión en el organismo; tal como lo expresa la gente comúnmente, es como si nos arrancaran una parte de nosotros, nos sentimos mutilados, abandonados, perdidos. Aquel que se ha ido, que ya no estará, no puede describirnos lo que sucede tras su partida, pero los sobrevivientes, iniciamos entonces el proceso de Duelo, para dar nueva dirección a la energía pulsional que ahora no tiene objeto sobre el cual fijarse.

Natural es transitar durante un cierto periodo de tiempo por el duelo, confrontar el vacío que se instaura en el yo, es tal cual, una herida, muy profunda

El duelo, es por regla general, la reacción frente a la pérdida de una persona amada o de una abstracción que haga sus veces, como la patria, la libertad, un ideal, etc. A pesar de que el duelo trae consigo graves desviaciones de la conducta normal en la vida, nunca se nos ocurre considerarlo un estado patológico ni remitirlo al médico para su tratamiento.  Confiamos en que pasado cierto tiempo se lo superara, y juzgamos inoportuno y aun dañino perturbarlo (Freud, 1917).

Natural es transitar durante un cierto periodo de tiempo por el duelo, confrontar el vacío que se instaura en el yo, es tal cual, una herida, muy profunda, equiparable al amor hacia aquel, pero que sanará, no para olvidar, sino para asumir de forma real que la muerte es parte de la vida, permitiendo que ese objeto ahora inexistente que proveía de placer, tendrá que reintegrarse al yo para buscar un nuevo objeto de satisfacción.

Cada uno de los recuerdos y cada una de las expectativas en que la libido se anudaba al objeto son clausurados, sobreinvestidos y en ellos se consuma el desasimiento de la libido. () una vez cumplido el trabajo de duelo el yo se vuelve otra vez libre y desinhibido (Freud, 1917).

El otro camino es la Melancolía, cuando un individuo por sus propios recursos personales, no puede afrontar de lleno el proceso de Duelo, puede perderse en un estado que puede volverse peligroso. La pérdida es ocasionadora de la melancolía, cuando él sabe a quién perdió, pero no lo que perdió en él.  Esto nos llevará a referir de algún modo a la melancolía como una pérdida de objeto sustraída de la conciencia, a diferencia del duelo, en el cual no hay nada inconsciente en lo que atañe a la pérdida (Freud, 1917).

No debemos sobreestimar el impacto que sobre la vida del doliente tendría esta sutil diferencia. Saber que perdió a alguien, pero no lo que perdió en él, podría impedir elaborar la pérdida saludablemente, no dejándole continuar con su vida, a pesar de la muerte.

La melancolía nos muestra algo que nos falta en el duelo: una extraordinaria rebaja en su sentimiento yoico, un enorme empobrecimiento del yo. En el duelo, el mundo se ha hecho pobre y vacío; en la melancolía, eso le ocurre al yo mismo (Freud, 1917).

Un individuo sumido en la Melancolía, nos describe su yo como indigno, estéril y moralmente despreciable; se hace reproches, se denigra y espera repulsión y castigo.  Se humilla ante todos los demás y conmisera a cada uno de sus familiares por tener lazos con una persona tan indigna.  No juzga que le ha sobrevenido una alteración, sino que extiende su autocrítica al pasado; asevera que nunca fue mejor. El cuadro de este delirio de insignificancia -predominantemente moral- se completa con el insomnio, la repulsa del alimento y un desfallecimiento, en extremos sombríos psicológicamente, de la pulsión que compele a todos los seres vivos a aferrarse a la vida (Freud, 1917).

El riesgo es temible, porque aquel que cae en un estado de melancolía tras la pérdida del ser amado, puede estar literalmente «muerto en vida», la energía pulsional, la dinámica tensión-satisfacción nos mueve, como ya hemos mencionado, a una búsqueda interminable de la satisfacción. Cuando se ha reintegrado la investidura pulsional al yo, y no busca otro objeto, el individuo comienza a consumirse a sí mismo, la vida no puede continuar.

A pesar de lo trágico que es transitar por el duelo, o lo complejo que es permanecer en la melancolía, la muerte da sentido a nuestra existencia, ha forjado con su influencia a la civilización misma, de ella nacen infinidad de aspectos de la vida cotidiana del hombre.

Frente al cadáver de la persona amada no sólo nacieron la doctrina del alma, la creencia en la inmortalidad y una potente raíz de la humana conciencia de culpa, sino los primeros preceptos éticos.  El primer mandamiento, y el más importante, de esa incipiente conciencia moral decía «no matarás». Se lo adquirió frente al muerto amado, como reacción frente a la satisfacción del odio que se escondía tras el duelo, y poco a poco se lo extendió al extraño a quién no se amaba y, por fin, también al enemigo (Freud, 1915).

Redondeando la idea, continuaremos sin duda abordando el tema de la muerte, seguiremos intentando comprenderla, abstraerla, hasta que sea nuestro momento y no podamos investigar, analizar o cuestionar más.

Será que la respuesta radica en concentrarnos en lo magnífica que es la muerte, es su enorme vitalidad. La posibilidad de perder a alguno de nuestros seres amados, de forma repentina, y muchas veces trágica podría quitarnos la tranquilidad, pero ¿qué otra opción tenemos?

Terminaré como inicia José Saramago, Las intermitencias de la muerte: Al día siguiente no murió nadie (Saramago, 2006).

Referencias:

Artículo relacionado:
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Laplanche, J. (1994). Diccionario de Psicoanálisis. 2a edición.  Editorial Labor, S.A.: Colombia.

Valdés Cuervo, A. A. (2007). Familia y Desarrollo. Intervenciones en terapia familiar. Manual Moderno: México.

Freud, S (1915).  Pulsiones y Destinos de pulsion. Obras Completas, tomo XIV.  p. 116, 131. Amorrortu: Argentina.

Freud, S (1917).  Duelo y Melancolía. Obras Completas, tomo XIV.  p. 241,143-244, 246. Amorrortu: Argentina.

Freud, S (1915).  De guerra y muerte. Temas de actualidad.  Obras Completas, tomo XIV.  p. 290, 296. Amorrortu: Argentina.

Saramago, J. (2006). Las intermitencias de la muerte. 2a. Reimpresión. Alfaguara: México.

Daniel Gonzalez
> Docente nivel superior> Asesor de titulación nivel superior> Psicoterapia individual, pareja, grupal> Conferencista