No estamos entendiendo el problema de salud mental y tecnología en los adolescentes
Es fácil dar por sentado que los adolescentes están en crisis. Jonathan Haidt lleva años repitiendo que la tecnología les está friendo el cerebro, Francia bloqueó el acceso a las redes sociales a menores de 15 años y cada semana aparece un titular nuevo que confirma la sospecha. Pero Candice Odgers, psicóloga del desarrollo que desde 2008 analiza la salud mental adolescente con datos recogidos día a día, tiene un panorama muy distinto. Y mucho menos alarmista. Escuchamos esa historia casi a diario, pero repetirla no la vuelve cierta.
Odgers plantea:
Las buenas noticias
Los últimos 20 años muestran avances que no se visibilizan: las tasas de violencia adolescente, consumo de alcohol y embarazo cayeron a mínimos históricos, y esta es la generación más educada de la historia en términos de graduación de secundaria. A eso se suma un hallazgo que contradice el relato dominante. En los estudios longitudinales de Odgers, las redes sociales no aparecen como un predictor relevante de la salud mental adolescente. Otros equipos llegan a lo mismo y las ubican entre los factores menos influyentes. En varones no hay asociación, y en mujeres el patrón va en dirección inversa a la que se supone: las chicas deprimidas usan más redes, pero el uso de redes no predice problemas de salud mental futuros. La Academia Nacional de Ciencias convocaron a un panel de expertos y llegaron a una conclusión similar. Aquí puedes descargar el paper completo.
Las malas noticias
Estamos enfocados en los adolescentes cuando deberíamos enfocarnos en los adultos. Estamos en medio de una crisis de salud mental en adultos, y la salud mental de los cuidadores es, por lejos, el mejor predictor de la salud mental de los adolescentes. El suicidio en adultos viene subiendo en Estados Unidos desde 1999, y entre 2011 y 2021 la tasa de sobredosis por drogas entre padres se duplicó con creces. Ese es el contexto real del aumento del riesgo suicida en jóvenes desde 2008. Los propios adolescentes reportan que sus estresores más frecuentes son el conflicto en casa y la presión por rendir en la escuela, junto con la preocupación por la seguridad escolar, el cambio climático, el racismo y su futuro. Nada de eso se resuelve quitándoles el teléfono.
El precio de equivocarse de diagnóstico
La respuesta mayoritaria de los adultos, prohibir las redes a los menores, se está adoptando sin que exista un solo estudio que haya comprobado si dejar de usarlas mejora la salud mental adolescente. Son estrategias políticas, no científicas. En adultos, los efectos de dejarlas rondan el cero. Mientras tanto, se gastan millones en bolsas para guardar teléfonos en escuelas donde hay un consejero por cada 500 estudiantes. La prohibición saca a los adolescentes de los espacios donde se reúnen y crean comunidad, los empuja hacia entornos menos regulados y, sobre todo, exonera a las empresas tecnológicas de la regulación que sí haría falta. La alternativa que propone Odgers es otra: invertir en los adultos que rodean a los chicos, contratar y pagar bien a docentes y consejeros, construir espacios seguros y ofrecer servicios digitales de salud mental y alfabetización digital donde y cuando se necesiten.
Así que seamos más cautelosos cuando nos pidan opiniones sobre la adolescencia y las redes sociales. Como profesionales de salud mental necesitamos que nuestra opinión esté fundamentada en la evidencia.