Cortesía de John Hain

En una época donde los líderes mundiales han sobrepasado la línea de lo descabellado más de una vez, vale la pena preguntarse si el poder no solo es una «droga» en los libros de historia, sino en el estricto sentido de la palabra.

El poder ha sido de gran interés para un sinnúmero de investigadores en distintas áreas. Los historiadores, filósofos, politólogos, sociólogos, psicólogos y neurocientíficos han conceptualizado y estudiado el poder desde tiempos remotos. Una de las definiciones más exactas podría ser la del politólogo Robert Dhal, que se refirió al poder en 1957 de la siguiente manera:

«(A) TIENE poder sobre (B) en la medida en que pueda lograr que (B) haga algo que no haría de otra forma»

Al respecto, neurocientíficos como Sukhvinder Obhi de la Universidad McMaster en Ontario han publicado estudios que respaldan la teoría del poder como una especie de enfermedad neurodegenerativa, un cáncer silencioso pero evidente que lleva a los líderes a rebelarse en contra de todo principio moral y de las personas que les ayudaron a ascender.

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Hace un año, Obhi emprendió un estudio donde analizó dos tipos de cerebro distintos: la cabeza de los poderosos Vs. la cabeza de los no tan poderosos, bajo una máquina de estimulación magnética transcraneal. Los resultados indican que el poder afecta un proceso neural específico, el «reflejo», que ha sido asociado con la empatía.

las personas con poder podrían sufrir un proceso de degradación progresiva sobre esta área del cerebro que les hace perder algunas de las capacidades que necesitan para exhibir preocupación o bondad hacia los demás.

En otras palabras, las personas con poder podrían sufrir un proceso de degradación progresiva sobre esta área del cerebro que les hace perder algunas de las capacidades que necesitan para exhibir preocupación o bondad hacia los demás. Irónico, si consideramos que es la preocupación y bondad por los otros lo que lleva a muchas personas a ascender a puestos de poder.

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Los hallazgos de Obhi han sido verificados también en otros estudios. En 2006, por ejemplo, se pidió a un grupo de voluntarios dibujar una letra E en sus frentes para que otros la vieran; el dibujo debía ser realizado viéndose a uno mismo desde el punto de vista de un observador. Resulta que aquellas personas que se sentían poderosas tuvieron 3 veces más probabilidades de dibujar la E de forma correcta por sí mismos.

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Fuente del estudio: Civile, C. & Obhi, S.S. J Nonverbal Behav. Power Eliminates the Influence of Body Posture on Facial Emotion Recognition. Springer US. 2016; 40:283. https://doi.org/10.1007/s10919-016-0233-0

Fuente: The Atlantic

Rita Arosemena P.
Graduada en Comunicación y especialista en Educación Superior. Amante de la literatura, el arte y las ciencias (y del café. El café no se lo toquen). Le interesan especialmente la neuropsicología, la psicología evolutiva y la psicopatología. Le apasiona la música francesa y no tiene nada contra Freud.

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