Muchas, muchísimas opiniones existen en torno a la educación y su desarrollo. Prácticamente casi todos tenemos aunque sea una idea de lo que se debería mejorar. Dependiendo del sector de pertenencia (padres – alumnos – profesores – estudiantes que se forman para la docencia), se plantean alternativas dirigidas al sector educativo. Ahora bien, ¿será que estamos esperando que alguien haga algo con nuestra propuesta o más bien debemos empezar a cambiar desde nuestra posición?

En el sector educativo, los cambios deben ser impulsados con la seriedad adecuada y con un profundo sentimiento de responsabilidad, ya que el efecto esperado (o no esperado) generalmente se observa tiempo después. Y mientras esto ocurre, fácilmente se cae en la tentación de impulsar políticas públicas para modificar o sustituir aquello que aún no termina de empezar y se cae en la inestabilidad del sector (y, por ende, en la fragilidad de los procesos). Tal y como nos recuerda Morín (2012, p. 4), «no se puede reformar la institución si no se han reformado anteriormente las mentes, pero no se pueden reformar las mentes si no se ha reformado anteriormente la institución».

Fácilmente se cae en la tentación de impulsar políticas públicas para modificar o sustituir aquello que aún no termina de empezar

Otro aspecto que atenta contra el cambio es aquella postura que aboga por dejar tal y como está lo que se ha venido haciendo desde siempre, y con insertar algún que otro cambio se asume que se ha innovado. Definitivamente, esto no es así. Innovar no es usar un ordenador en lugar de un libro. Innovar es convencerse de que hay que cambiar para mejorar; con lo cual, la adaptación de las estrategias didácticas a un nuevo contexto y a nuevos desafíos, que por cierto cambian permanentemente, debe ser asumida con total normalidad y con una postura si se quiere profesional, desde el punto de vista del docente.

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Ya la discusión dentro de la educación que gira en torno a lo memorístico versus lo constructivo debe avanzar. La evolución de la disciplina pedagógica y sus implicaciones didácticas deben favorecer el equilibrio y la vinculación entre diferentes tendencias pedagógicas traducidas en el fomento del pensamiento crítico, la transferencia e inferencia de la información, la adaptabilidad a entornos virtuales de trabajo, la capacidad de llevar a la práctica lo que se aprende y el reconocimiento de lo memorístico en su justa dimensión.

Es imperativo el sentirnos vinculados directamente con el hecho educativo. Actualmente no es prudente circunscribir la educación al ámbito de un centro, sino que desde hace mucho se han trascendido los linderos del aula como espacio físico. Desde luego que la actividad en el aula es un espacio privilegiado para el intercambio de saberes; sin embargo, lo que allí ocurre es reflejo de lo que ocurre en la sociedad, y lo que ocurre en el aula se revierte, precisamente, en esa misma sociedad.

Innovar no es usar un ordenador en lugar de un libro. Innovar es convencerse de que hay que cambiar para mejorar

Por otra parte, el contacto permanente con los padres o representantes constituye un aspecto de singular importancia. La implicación de estos con lo que se enseña y cómo pueden ayudar o reforzar desde los hogares es teóricamente el deber ser; no obstante, se cree que la escuela es la responsable de todo cuanto ocurre al alumno sin la necesidad del apoyo o refuerzo del hogar. Por lo tanto, la sinergia entre padres – alumnos – docentes generalmente suele generar resultados altamente positivos, ya que, entre otros beneficios, la educación se va a tornar más integral, inclusiva y corresponsable.

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Finalmente, todo el contexto que rodea el quehacer educativo impone un profundo sentimiento de responsabilidad y convicción de la importancia de la labor docente. Si bien es cierto que la formación profesional del docente determina en gran medida la solidez profesional del futuro educador, la vocación docente es un patrimonio personal que día a día debe confirmarse bajo la excusa del desarrollo humano y de su participación del desarrollo social.

Artículo publicado en el blog de la Universidad Isabel I y cedido para su publicación en Psyciencia.

Imagen: Educación en Shutterstock

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Gustavo Toledo Lara
Doctor por la Facultad de Educación de la Universidad de Salamanca. Máster en Estudios Latinoamericanos mención Política, MSc. en Educación Superior (Mención honorífica) y Licenciado en pedagogía. Ha sido docente de educación básica y universitaria (grado, postgrado y máster), además de asesorar a equipos rectorales en socialización del currículum y aprendizaje – servicio. Investiga sobre políticas públicas educativas, reforma universitaria y procesos educativos contemporáneos. Arbitro invitado para corrección de artículos científicos en varias revistas especializadas. Actualmente es profesor de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Isabel I, España.

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