El 22 de febrero de 2026, el New York Times publicó un extenso reportaje de Maggie Jones titulado «La vida con uno de los trastornos más polémicos de la psiquiatría». El artículo narra la historia de Milissa Kaufman, psiquiatra e investigadora del Hospital McLean que reveló públicamente que ella misma vivió con trastorno de identidad disociativo (TID) y se recuperó tras años de tratamiento. Jones entrevistó a más de dos decenas de personas diagnosticadas y a casi 20 especialistas. Es, sin duda, la pieza periodística más completa sobre el TID en un medio generalista en años, y hace un trabajo notable al acercar un tema complejo a una audiencia amplia.
Precisamente porque el artículo va a ser leído por mucha gente —y porque inevitablemente llegará a profesionales de salud mental de habla hispana buscando contexto—, vale la pena complementarlo con los matices que un reportaje para público general no tiene por qué cubrir.
Así que te recomiendo leerlo primero y luego regresar y leer mis comentarios.
¿Ya lo hiciste?
Ok, empecemos:
Lo que el artículo hace muy bien
Humanizar sin sensacionalizar. El mayor logro es mostrar cómo se vive con TID desde adentro. La descripción que hace Kaufman de sus «personas internas» durante la infancia —la niña curiosa, la señora amable, el niño enojado, la niña encerrada en una caja— es clínicamente coherente y emocionalmente poderosa. No hay nada de Hollywood: hay una niña tratando de sobrevivir. Lo mismo con los otros testimonios: una profesora universitaria que en una reunión de departamento de pronto se siente como una niña incapaz de responder preguntas de adultos; una mujer que abre el maletero de su coche y encuentra zapatos que no recuerda haber comprado. Estas viñetas hacen más por la comprensión del trastorno que cualquier definición diagnóstica.
Corregir el estereotipo central. El artículo deja claro que las personas con TID no son «múltiples personalidades» en el sentido popular, sino una persona con aspectos compartimentados de sí misma. La diferencia no es semántica; es fundamental para entender y tratar el trastorno.
Presentar la evidencia neurocientífica. Jones dedica espacio a los estudios de Ruth Lanius sobre el subtipo disociativo del TEPT, a los trabajos de Simone Reinders donde actores entrenados no pudieron replicar las respuestas neuronales de personas con TID, y a la investigación de Kaufman y Lauren Lebois sobre patrones de comunicación entre redes cerebrales. Para quienes dudan del diagnóstico, estos hallazgos son difíciles de ignorar.
Manejar el tema de TikTok con matiz. Reconoce que algunos contenidos son educativos, otros están dramatizados deliberadamente y que es imposible saber cuántos creadores realmente tienen el trastorno. Incluye tanto la voz de un creador con casi un millón de seguidores como la de un adolescente que se retractó de su autodiagnóstico.
Lo que los profesionales necesitamos agregar
Un artículo para público general tiene que elegir qué incluir, y Jones eligió bien. Pero como profesionales de salud mental, necesitamos tener en cuenta algunas dimensiones adicionales.
El debate científico es más amplio de lo que parece. El reportaje presenta el escepticismo principalmente a través de Allen Frances, pero el modelo sociocognitivo tiene exponentes rigurosos —Steven Jay Lynn, Harald Merckelbach, entre otros— que no argumentan que el sufrimiento no sea real, sino que la arquitectura particular del TID (alters con nombres, edades y personalidades diferenciadas) puede estar moldeada por expectativas culturales y contextos terapéuticos tanto como por mecanismos neurobiológicos. La evidencia neurocientífica es prometedora, pero como el propio artículo reconoce, todavía no tenemos un biomarcador del TID y algunos estudios tienen muestras pequeñas. Esto no invalida el diagnóstico; simplemente nos recuerda que la ciencia sigue en construcción.
El caso Sybil fue más que sensacionalismo. Jones lo menciona como punto de inflexión, lo cual es correcto. Para los profesionales conviene recordar que fue un fraude documentado: Debbie Nathan demostró que Shirley Mason confesó a su terapeuta haber inventado las personalidades. Sybil no solo popularizó el trastorno; definió un modelo clínico que generó prácticas iatrogénicas cuyas consecuencias todavía arrastramos. Conocer esta historia nos protege de repetirla.
La prevalencia del 1 % necesita contexto. El artículo cita esta cifra del DSM, razonable para un texto dirigido al público general. Pero las estimaciones varían enormemente según la metodología, y la inmensa mayoría de los diagnósticos e investigación proviene de países anglosajones. No es que la cifra sea falsa; es que debemos ser cuidadosos al extrapolarla a nuestros contextos.
El tratamiento es más complejo de lo que el espacio permite mostrar. Kaufman se presenta como caso de integración completa, y el artículo incluye voces de personas que no buscan eso, lo cual es un acierto. Lo que los clínicos necesitamos agregar es que el tratamiento del TID suele ser largo, costoso y emocionalmente agotador, y que el tratamiento inadecuado —terapeutas que presionan para desenterrar recuerdos prematuramente o se fascinan con los aspectos dramáticos del trastorno— puede empeorar significativamente a los pacientes.
Las preguntas que nos quedan
¿Puede un trastorno ser real y estar sobrediagnosticado al mismo tiempo? Sí. Que el TID exista como fenómeno clínico genuino no significa que todos los diagnósticos sean correctos. Reconocer esto no deslegitima a quienes padecen el trastorno; los protege, porque cada diagnóstico falso alimenta el escepticismo que dificulta su atención.
¿Qué sucede en Latinoamérica? La formación en trastornos disociativos en nuestras facultades es, en la mayoría de los casos, mínima o inexistente. No contamos con adaptaciones culturales validadas de los principales instrumentos de evaluación para todos nuestros países. La investigación local es escasa. Y el estigma asociado al trauma infantil sigue siendo una barrera enorme. No podemos seguir dependiendo exclusivamente de datos norteamericanos y europeos para entender cómo se manifiesta la disociación en nuestras poblaciones.
¿Qué hacemos con los pacientes autodiagnosticados? Adolescentes y adultos jóvenes llegan a consulta convencidos de tener TID tras verse reflejados en redes sociales. Necesitamos tomar en serio el sufrimiento detrás del autodiagnóstico sin validar automáticamente la etiqueta. Descartarlo con desdén es tan problemático como confirmarlo sin evaluación rigurosa.
¿Dónde queda el trauma? Tal vez lo más valioso del reportaje es lo que Steven Sharfstein señala entre líneas: una parte del escepticismo hacia el TID es escepticismo hacia el impacto del trauma infantil. Si el TID es una respuesta a niveles masivos de adversidad en la infancia, el debate sobre si «existe realmente» es, en parte, un debate sobre cuánto estamos dispuestos a reconocer las consecuencias del abuso.
El reportaje completo de Maggie Jones fue publicado en el New York Times el 22 de febrero de 2026.
