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Viajar con autismo: lo que realmente ayuda
Johan Konst tiene 34 años, trabaja en relaciones públicas y su trabajo lo obliga a volar seguido. Durante mucho tiempo lo evitó todo lo que pudo: el ruido, correr para alcanzar una conexión, aterrizar de noche en una ciudad desconocida. Konst tiene autismo, y ninguna de esas cosas es un detalle menor cuando el problema es la carga sensorial y la impredecibilidad.
No dejó de viajar. Fue armando tácticas. Ahora reserva solo vuelos de primera hora y sin escalas, compró audífonos con cancelación de ruido de buena calidad, y después de varios malos ratos tratando de preguntar dónde quedaba el punto de recogida del transporte, se puso a practicar conversaciones informales hasta que hablar con extraños dejó de ser un obstáculo.
Quiero compartir sus recomendaciones y conclusiones aquí:
Con niños
Un libro ilustrado del viaje. Cada etapa en imágenes: seguridad, abordaje, vuelo, equipaje. Y anticipar las sensaciones, no solo la secuencia. Rachel Labaton, de la organización YAI, sugiere frases como «el avión va a hacer ruido y a temblar; puede que te pongas nervioso, y no pasa nada».
Un kit de regulación. Audífonos, lentes de sol, juguetes antiestrés, refrigerios, el objeto de apego, un aroma familiar.
El aeropuerto como juego. Un mapa dibujado de las etapas, premios pequeños al completarlas, mensajes de audio grabados por personas significativas.
Una tarjeta para la tripulación. Breve: «Ben, 8 años: autista, sensible a los ruidos fuertes y al contacto inesperado, prefiere instrucciones claras». Karla Auker, ex asistente de vuelo, lo explica bien: el abordaje es caótico y es mejor que el personal entienda la situación antes del problema, no durante.
Tiempo de descompresión al llegar. Al bajar del avión o al llegar al hotel, espacio para moverse o descansar antes de seguir con el itinerario.
Registrar los recuerdos buenos. Fotos, un álbum, lo que refuerce la asociación positiva con viajar.
Con adolescentes y adultos
Elegir el momento de abordar. Temprano si hace falta tiempo para instalarse; al final si molesta el flujo de gente pasando al lado.
Reducir decisiones sobre la marcha. Dónde comer, qué hacer si hay retraso, dónde sentarse en la sala de espera. La fatiga por decisión multiplica la sobrecarga sensorial.
Usar los apoyos que existan. Autism Double-Checked lista aeropuertos y hoteles con personal capacitado y ofrece ensayos de viaje gratuitos. En Estados Unidos, la TSA permite pedir un especialista de apoyo con 72 horas de anticipación.
Llevar registro de lo que funciona. Cada viaje es información para el siguiente.
Un apunte antes de cerrar
Detrás de cada punto hay dos principios básicos de la intervención en autismo: manejo ambiental y regulación anticipatoria. El libro ilustrado vuelve predecible una secuencia desconocida. El kit ofrece estímulos familiares que compensan los ajenos. Y definir de antemano dónde comer o dónde sentarse libera al sistema nervioso de decisiones que llegarían en el peor momento.
El malestar rara vez viene del vuelo. Viene de la impredecibilidad y de la acumulación: luces, altavoces, gente rozándote, olores, horas de espera. Nada de eso es intolerable por separado. Juntas y sin pausa durante seis horas, sí. Por eso las estrategias que funcionan no buscan que la persona aguante, sino reducir la carga antes de que se desborde.
Fuente: Viajar con autismo: consejos y tácticas, The New York Times, 23 de julio de 2026.