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Besos / Shutterstock

La piel de los labios es la más sensible del cuerpo. En ella se encuentra la mayor densidad de receptores de tacto por milímetro cuadrado de todo nuestro ser. Por su parte, la lengua es un músculo hipersensible que combina el gusto y el tacto.

La acción de besar requiere de la contracción de 34 músculos faciales e implica el intercambio de unos 80 millones de bacterias y la activación de las 10.000 papilas gustativas.

Un simple beso realmente es un acto muy movilizante: nos llena de energía al desencadenarse la liberación de adrenalina. Esto produce la dilatación de nuestras arteriolas y, al aumentar su diámetro, el cerebro recibe más sangre y, por consiguiente, un considerable incremento en el nivel de oxígeno. Además, las mejillas se enrojecen, la respiración se vuelve irregular, la frecuencia cardiaca aumenta y las pupilas se dilatan (lo cual podría ser una de las razones por la que tantos de nosotros cerramos los ojos durante un beso, ya que la dilatación pupilar produce un mayor ingreso de luz en nuestra retina).

Asimismo, se activa el sistema de recompensa del cerebro. Esto nos llena de placer y felicidad al ser bañados por el neurotransmisor dopamina. También aumentan los niveles de oxitocina, que generan esa hermosa sensación de apego y conexión con nuestro ser amado. Esta combinación acrecienta nuestra autoestima y nos ayuda a superar situaciones de tristeza y angustia.

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El beso es una expresión de amor que tiene grandes beneficios para nuestro organismo y nuestras emociones. Por esta razón, sin importar cuántos años lleve una pareja, conocer todos los efectos positivos invitarán a besarse con frecuencia.

Artículo publicado previamente en Asociación Educar y cedido a Psyciencia para su re-publicación.

Bibliografía: