Por alguna razón, no parece extraño que una persona recurra a alimentos dulces, muy calóricos y sabrosos en búsqueda de consuelo para casi cualquier situación o acontecimiento. Al estudiar la epidemia de sobrepeso y obesidad, un importante foco de interés es la estrategia de recurrir a la comida para sentirse bien, es decir, buscar reconfortarse a través del consumo de alimentos. Llamaremos a esta conducta «alimentaciónreconfortante» o «comer emocional.»

Según investigaciones, las mujeres y las personas obesas son particularmente propensas a este tipo de conductas. Algunas factores contribuyentes podrían ser las predisposiciones genéticas como la impulsividad y la sensibilidad a la recompensa, asociadas con la desregulación de la dopamina que subyace a la importancia de los incentivos. Estas personas muestran vulnerabilidad a la depresión, como a la desregulación emocional y la necesidad de escapar de emociones negativas y de la rumiación. Es común que haya una preferencia por alimentos dulces, grasos y densos en energía, que pueden conferir protección contra el estrés, evidenciado por la supresión de la respuesta del eje hipotalámico-hipofisario-suprarrenal, aunque la activación del eje hipotalámico-hipofisario-suprarrenal en sí mismo puede abrir el apetito para estos alimentos sabrosos, y aumenta el riesgo de aumento de peso (Gibson, 2012).

Recientemente se llevó a cabo una investigación quebuscó determinar si la alimentación reconfortante no saludable y saludable reduce las respuestas psicofisiológicas agudas a un estresante socialmente evaluativo.

Las participantes (N = 150 mujeres sanas) se sometieron a la Prueba de Estrés Social de Trier en el laboratorio y fueron asignados aleatoriamente a una de las cinco condiciones según un diseño entre sujetos de: 2 (tipo de alimento: poco saludable versus saludable) x 2 (tiempo de alimentación: durante la anticipación del estrés vs. después del estresante) + 1 (sin control de alimentos). Los resultados del estrés incluyeron estado de ánimo, evaluaciones cognitivas, rumiación, cortisol salival, variabilidad de la frecuencia cardíaca y período de pre-eyección.

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La alimentación reconfortante, tanto saludable como no saludable, no disminuyó la reactividad ni mejoró la recuperación del estrés psicofisiológico en comparación con el control, y no se encontraron diferencias en la reactividad o recuperación por tipo de alimento reconfortante. Los resultados sugieren que al reemplazar los alimentos reconfortantes no saludables con frutas y verduras, las mujeres no sacrificarán ningún beneficio para reducir el estrés y pueden mejorar inherentemente la calidad de su dieta al tiempo que evitan los posibles inconvenientes de una alimentación reconfortante no saludable (por ejemplo, los vínculos con la obesidad abdominal) (Finch, Cummings, & Tomiyama, 2019).

Por otra parte, investigadores realizaron un estudio sobre el uso de alimentos como estrategia de afrontamiento para el manejo del dolor crónico (O’Loughlin & Newton-John, 2019), partiendo de resultados de estudios anteriores en modelos animales y humanos según los cuales comer alimentos ricos en azúcar y en nutrientes confiere efectos analgésicos. Además, investigaciones recientes sugieren que las personas con dolor crónico suelen recurrir al «comer emocional» para sobrellevar su dolor.

Pero la obesidad tiene un gran impacto nocivo en el dolor crónico, y por este motivo los investigadores tuvieron como objetivo determinar si la intensidad del dolor crónico predecía la alimentación emocional inducida por el dolor, e identificar los mediadores de esta relación; para determinar si esta estrategia de afrontamiento del dolor potencialmente desadaptativa predice un Índice de Masa Corporal (IMC) elevado; y para establecer si el IMC predice la interferencia de dolor crónico.

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Este estudio utilizó un diseño de encuesta transversal online y una muestra de 151 adultos con dolor crónico. Se encontró que el comer emocional era común entre las personas con dolor crónico: más de las tres cuartas partes de los encuestados informaron participar de una alimentación emocional inducida por el dolor. Si bien la intensidad del dolor crónico no predijo significativamente esta conducta, hubo un efecto indirecto significativo en cuanto al comer emocional inducido por la intensidad del dolor crónico a través del estrés, pero no a través de la evitación experimental o la catastrofización del dolor. Finalmente, el comer emocional inducido por el dolor predijo significativamente un mayor IMC, y a su vez el IMC predijo significativamente una mayor interferencia de dolor crónico.

Referencias de los estudios:

Finch, L. E., Cummings, J. R., & Tomiyama, A. J. (2019). Cookie or clementine? Psychophysiological stress reactivity and recovery after eating healthy and unhealthy comfort foods. Psychoneuroendocrinology, 107, 26-36. https://doi.org/10.1016/j.psyneuen.2019.04.022

Gibson, E. L. (2012). The psychobiology of comfort eating: implications for neuropharmacological interventions. Behavioural Pharmacology, 23(5-6), 442-460. https://doi.org/10.1097/FBP.0b013e328357bd4e

O’Loughlin, I., & Newton-John, T. R. O. (2019). «Dis-comfort eating»: An investigation into the use of food as a coping strategy for the management of chronic pain. Appetite, 140, 288-297. https://doi.org/10.1016/j.appet.2019.05.027

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