Durante años hemos hablado del desarrollo cerebral como una curva relativamente simple: crecimiento acelerado en la infancia, un pico en la adultez temprana y un declive progresivo en la vejez. Esa narrativa es simple y fácil de entender, pero probablemente incompleta. Un estudio reciente propone un mapa mucho más interesante y, sobre todo, más realista: el cerebro humano no se organiza de forma continua y lineal, sino que atraviesa cinco fases estructurales diferenciadas, separadas por puntos de giro claros a lo largo de la vida.
El trabajo fue publicado en Nature Communications y analizó escáneres cerebrales de más de cuatro mil personas, desde recién nacidos hasta adultos de 90 años. El resultado no es solo una descripción técnica del cerebro, sino un nuevo marco para pensar el desarrollo, la salud mental y la vulnerabilidad psicológica en distintas edades.
El cerebro cambia por etapas, no de forma suave
La mayoría de los estudios previos se concentraron en ventanas específicas, como la infancia temprana o el envejecimiento, o usaron modelos que asumían cambios graduales y continuos. El problema es que ese enfoque puede pasar por alto reorganizaciones profundas que no siguen una pendiente suave, sino que ocurren como verdaderos “cambios de fase”.
El equipo liderado por Alexa Mousley, investigadora postdoctoral en la University of Cambridge, partió de una pregunta sencilla pero importante: ¿existen momentos específicos en la vida donde la arquitectura del cerebro cambia de manera cualitativa?
Para responderla, integraron datos de nueve bases de neuroimagen distintas y construyeron un modelo de desarrollo típico a partir de 3,802 personas neurotípicas, cubriendo prácticamente todo el ciclo vital.
Cómo se mapeó la arquitectura cerebral
El estudio utilizó imagen por difusión, una técnica de resonancia magnética que permite rastrear el movimiento del agua en el tejido cerebral y, con ello, reconstruir los tractos de sustancia blanca. Dicho de forma simple: es una forma de observar el “cableado” que conecta distintas regiones del cerebro.
Luego aplicaron herramientas de teoría de grafos, tratando al cerebro como una red compleja. Analizaron doce métricas topológicas, entre ellas:
- Eficiencia global, que indica qué tan fácil es que la información viaje entre regiones distantes.
- Modularidad, que refleja cuánto se organiza el cerebro en subredes especializadas.
- Small-worldness, un equilibrio entre especialización local y comunicación global eficiente.
Para integrar todas estas variables, usaron un método de aprendizaje automático llamado UMAP, que permite visualizar trayectorias complejas y detectar puntos donde el patrón general cambia de dirección.
Cuatro puntos de giro, cinco grandes etapas
El análisis identificó cuatro puntos de inflexión claros, alrededor de los 9, 32, 66 y 83 años, que delimitan cinco grandes fases del desarrollo estructural del cerebro.
1. De nacimiento a los 9 años
Esta etapa está marcada por cambios rápidos y masivos. El cerebro produce más conexiones de las que necesita y luego elimina las menos eficientes. La eficiencia global disminuye mientras aumenta la segregación local, un patrón típico de un sistema que está probando y refinando su organización. El punto de giro en torno a los 9 años coincide con el inicio de la pubertad y un salto importante en habilidades cognitivas.
2. De los 9 a los 32 años: una adolescencia estructural prolongada
Aquí aparece uno de los hallazgos más llamativos. Durante más de dos décadas, el cerebro sigue optimizando la integración de sus redes. Las conexiones se vuelven más eficientes y el sistema alcanza un alto nivel de small-worldness. El punto de giro en los 32 años fue el más marcado de todo el ciclo vital, señalando el final del periodo de mayor ganancia en eficiencia.
Esto no significa que una persona de 30 años “se comporte como adolescente”, sino que su cerebro todavía está afinando su arquitectura de comunicación.
3. De los 32 a los 66 años: estabilidad adulta
Esta fase se caracteriza por una meseta. La eficiencia deja de aumentar y comienza un lento proceso de mayor segregación entre redes. El cerebro se vuelve más compartimentalizado. Este patrón encaja con hallazgos psicológicos clásicos: la personalidad y muchas capacidades cognitivas tienden a estabilizarse durante la adultez media.
4. De los 66 a los 83 años: envejecimiento temprano
A partir de este punto se observa una pérdida progresiva de la integridad de las redes construidas previamente. La simplificación del sistema se asocia al deterioro de la sustancia blanca y coincide con el aumento de condiciones médicas que afectan la salud cerebral, como la hipertensión.
5. Desde los 83 años en adelante
En la etapa final, la conectividad global disminuye aún más y el peso funcional de nodos individuales se vuelve relativamente más importante que la red en su conjunto. La relación entre edad y organización cerebral se debilita, aunque aquí los datos son más limitados por el tamaño reducido de la muestra.
Implicaciones para la salud mental
Uno de los aspectos más relevantes del estudio es cómo estos puntos de giro se alinean con momentos críticos del desarrollo humano. Dos tercios de los trastornos de salud mental aparecen antes de los 25 años, un periodo que, según este modelo, coincide con una etapa de reorganización estructural intensa.
Como señala Mousley, conocer qué está “haciendo” el cerebro en cada etapa permite entender mejor cuándo es más eficiente, pero también cuándo es más vulnerable. Esto abre la puerta a pensar la prevención y la intervención clínica con una lógica más contextual y menos basada en rangos etarios arbitrarios.
Limitaciones
El trabajo es transversal, no longitudinal. Compara personas de distintas edades, pero no sigue a los mismos individuos a lo largo del tiempo. Eso significa que los puntos de giro pueden variar entre personas.
Además, el estudio se centra exclusivamente en estructura cerebral. No mide conducta, madurez emocional ni desempeño cognitivo. Decir que la “adolescencia estructural” llega hasta los 32 años no justifica conductas inmaduras ni explica decisiones personales; describe únicamente cómo se organiza el cableado cerebral.
Este modelo no redefine lo que significa ser adulto, ni patologiza etapas normales de la vida. Lo que ofrece es algo más útil: un mapa no lineal del desarrollo cerebral, que reconoce que el cerebro cambia por fases, con momentos de reorganización profunda y otros de relativa estabilidad.
El siguiente paso será aplicar este enfoque a estudios longitudinales y a poblaciones con trastornos del neurodesarrollo o problemas de salud mental. Ahí es donde este tipo de hallazgos puede empezar a transformar no solo cómo entendemos el cerebro, sino también cómo intervenimos clínicamente en distintos momentos de la vida.
Referencia: Mousley, A., Bethlehem, R.A.I., Yeh, FC. et al. Topological turning points across the human lifespan. Nat Commun 16, 10055 (2025). https://doi.org/10.1038/s41467-025-65974-8