Atención

La capacidad para prestar atención de los seres humanos resulta que es bastante limitada.

Pero, ¿qué entendemos por atención? De una manera informal, voy a definir la atención como la habilidad para registrar los diferentes estímulos que forman parte del contexto en el que nos encontramos inmersos.

Otra forma de entender la atención es como un sistema de filtro, ya que nuestro cerebro, en el día a día se ve obligado a tamizar la realidad para impedir que la avalancha de estímulos que caracteriza a la vida moderna provoque una saturación y colapso del sistema de procesamiento de la información del cerebro.

De hecho, se estima que en un mismo instante podemos percibir hasta 11 millones de unidades de información, pero de esa cantidad, solo 40 unidades llegan a la esfera de la conciencia.

El mundo de la publicidad y el marketing hacen un aporte interesante en ese sentido. Se calcula que en nuestra vida, si tenemos la suerte de llegar a los 60 o 65 años, habremos visto alrededor de 2 millones de anuncios televisivos. Eso equivale a 8 horas de anuncios diarios, durante los 7 días de la semana, por un periodo de 6 años.

 la atención está estrechamente ligada a lo que es significativo o importante para nosotros

La cantidad de tiempo que podemos concentrarnos en una misma tarea de manera eficaz es también muy acotada, y ronda alrededor de los 15 minutos. Luego de ese tiempo, nos empezamos a sentir inquietos o aburridos.

Eso, claro, siempre y cuando se trate de una actividad que nos parezca neutra a nivel emocional. Ante algo que realmente disfrutamos o nos apasiona el periodo de tiempo de concentración efectiva puede ser bastante mayor.

Así, la atención está estrechamente ligada a lo que es significativo o importante para nosotros. O en su defecto, posee una gran carga emocional.

¿Y por qué la atención resulta tan importante como para dedicarle un artículo completo?

Porque es un hecho que la atención guía y dirige la conducta. Si queremos comprar un par de zapatos rojos, vamos a la zapatería con el par de zapatos rojos instalados en el centro de nuestra imaginación. Así, cuando observamos la vidriera o el escaparate de la tienda, nos focalizamos selectivamente en los zapatos rojos que constituyen por el momento nuestro único interés e ignoramos las decenas de zapatos de otro color que pudieran estar siendo exhibidos.

Cuando una mujer recibe la noticia de que está embarazada, automáticamente empieza a ver mujeres embarazadas por todas partes. De repente, y sin previo aviso, el mundo parece azotado por una pandemia de panzas gorditas y duras que relucen por doquier.

Si usted es hombre y no me cree, puede preguntarle a la primera embarazada con la que se cruce.

Si tenemos la intención de comprarnos determinada marca y modelo de auto, entonces empezamos a ver obsesivamente y sin que nos lo propongamos, cientos de unidades del auto en cuestión circulando por las calles y avenidas de la ciudad. Esta es la razón por la cual, tratar de cambiar un mal hábito focalizando la atención en evitar, precisamente, ese mal hábito, siempre es una pésima idea que nos conduce inexorablemente al fracaso.

Si, por ejemplo, usted se ha puesto a dieta, no le conviene decirse a sí mismo que “no puede comer helado de chocolate”, ya que la sola idea de no comer helado de chocolate, lleva la atención precisamente hacia el helado de chocolate.

Así, el helado de chocolate aparece entonces en nuestra imaginación, ante nuestros ojos, y nuestra fuerza de voluntad para resistir la tentación se va al demonio.

es preferible llevar el foco de atención hacia conductas alternativas de carácter positivo

En casos como este, la palabra “no” que podamos interponer a lo que nos esforzamos por evitar, no ejerce mucho peso que digamos. El cerebro la desecha, la anula, y se queda con la visualización del fresco y apetitoso helado de chocolate.

“No debes hacer esto” o “no debemos hacer lo otro”, muchas veces favorece que lo hagamos.

“No debo tartamudear durante la lección oral frente al profesor” o “no debo mostrarme inseguro durante la entrevista de trabajo”, allana el camino para que nuestra peor pesadilla se haga realidad, ya que el cerebro parece tener dificultades para entender el concepto de negación, bloqueando en consecuencia la palabra “no” y quedándose con el resto.

Cuando nos enfrentamos a situaciones como esta, es preferible llevar el foco de atención hacia conductas alternativas de carácter positivo.

Volviendo al ejemplo anterior, en lugar de decirse a sí mismo “no debo comer helado de chocolate”, es preferible que se diga “voy a comer una sabrosa y jugosa manzana verde” o bien “voy a darme una ducha de agua calentita para sentirme mejor, más relajado”.

Hay que tener en cuenta que el sistema de atención trabaja también hacia adentro, y posee una dimensión temporal. Esto quiere decir que puede focalizarse en los recuerdos del pasado o anticiparse a lo que está por venir.

Cuando nos concentramos en acontecimientos del pasado, en particular los de carácter negativo, es natural que aparezcan sentimientos asociados a la depresión.

Ya sea que nos lamentemos por algo que hicimos o dejamos de hacer, o nos reprochemos tal o cual decisión, cuando nos regodeamos en el ayer como un cerdito se revuelca en su chiquero, quedamos atrapados en la tristeza, la culpa o la desesperanza.

En el otro extremo de la dimensión temporal está el futuro. Esto ocurre cuanto mentalmente empezamos a repasar la lista de actividades que tenemos que hacer.

el estrés que experimentamos no es la consecuencia de presiones o circunstancias externas, ajenas a nosotros, sino el resultado de vivir con el foco de atención desplazado del presente hacia el futuro

Estamos desayunando y no disfrutamos el sabor del café ni las tostadas con mermelada porque estamos con la atención puesta en lo que tenemos que hacer cuando lleguemos al trabajo. Luego, en la oficina, hacemos todo en piloto automático, mientras mentalmente nos proyectamos hacia una serie de actividades que hemos planificado para el fin de semana: llevar la ropa a la lavandería, hacer la compra mensual en el supermercado, y llevar a nuestro hijo al cumpleaños de un compañero de colegio. Al anochecer, durante la cena, nuestra esposa nos pregunta cómo nos fue, intentando infructuosamente sostener una conversación, pero no la escuchamos, estamos absortos pensando cuándo es el próximo feriado, y que será un buen momento para pintar el garaje, algo que desde hace algún tiempo venimos postergando. Cuando finalmente nos vamos a la cama, nos cuesta conciliar el sueño; hemos apoyado la cabeza en la almohada pero en realidad no estamos allí, sino pensando en la cantidad de gastos extra que nos depara el próximo mes, y de que ya va siendo hora de que nos asciendan en el trabajo.

Si a usted le pasa algo como lo que acabo de describir, entonces apuesto a que últimamente se ha estado sintiendo ansioso, inquieto, acelerado, impaciente, y que no está logrando disfrutar plenamente su vida.

Muchas veces, el estrés que experimentamos no es la consecuencia de presiones o circunstancias externas, ajenas a nosotros, sino el resultado de vivir con el foco de atención desplazado del presente hacia el futuro.

El estrés, estimado lector, es el síntoma de una mente hiperactiva. Sencillamente es imposible disfrutar aquello que estamos haciendo, con independencia de lo que sea, si estamos con la atención en otra parte.

Para saborear un plato de pollo al horno con papas doraditas, entonces tenemos que llevar nuestra atención al sabor que tiene el pollo al horno con papas doraditas. Si estamos en el cine viendo una película de acción, la única forma de disfrutarla es metiéndose de lleno en la historia, acompañando al protagonista en sus peripecias, dejando que la fantasía de la trama eclipse totalmente a nuestra realidad cotidiana, a la que deberemos dejar esperando por un rato fuera de la sala.
Si mientras luchamos con zombies o resistimos una invasión extraterrestre desde la ficción que nos propone la pantalla, estamos pensando al mismo tiempo en que el lunes tenemos turno con el dentista, entonces la aventura en cuestión no nos parecerá tan apasionante.

Estoy seguro de que usted, al igual que yo y la gran mayoría de las personas, disfruta mucho cuando tiene relaciones sexuales con su pareja, o quien fuera.

¿Por qué tener relaciones sexuales es una de las actividades más placenteras para todo el mundo?

Veamos si ha acertado. Porque cuando estamos teniendo relaciones sexuales es prácticamente imposible poner la atención en cualquier otro momento de nuestra línea de tiempo personal que no sea ese. El sexo absorbe todos nuestros recursos atencionales. Solo podemos estar allí, en cuerpo y mente, y en ningún otro lugar si queremos que la cosa funcione.

Tener sexo, jugar a las cartas con amigos, sacar a pasear al perro, escuchar música, observar en vivo y en directo un desprendimiento del glaciar Perito Moreno; son todas actividades que encierran un enorme potencial tanto para el disfrute como para el desasosiego… todo depende de hacia dónde orientamos nuestra atención.

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Sergio Lotauro
Es licenciado en psicología, egresado con diploma de honor y medalla al mérito académico. Luego de su graduación, obtuvo un doctorado en neurociencias cognitivas y se especializó en neuropsicología. Desde hace doce años, su interés de investigación se centra en el estudio del cerebro y su relación con la conducta. Ha publicado trabajos acerca de psicología experimental en revistas especializadas y disertado como invitado en diversas jornadas afines a estos temas. Es asimismo escritor y columnista sobre psicología, neuropsicología y neurociencias cognitivas en publicaciones de divulgación cultural y científica.