La psiquiatra Fanny Mcpherson Lugo, escribió un estupendo artículo de opinión/análisis en La Prensa, sobre cómo el Guasón expone el crudo sufrimiento que viven las personas con problemas de salud mental cuando no son aceptadas por la sociedad:

El Guasón me dejó enternecida, triste y renovada. Con extraordinaria sensibilidad, presenta el sufrimiento de las personas con enfermedad mental sin ingenuidad; no solamente muestra un qué sino un por qué que incomoda.

(…)

He identificado múltiples maneras y escenarios en que se rechaza a aquellos que padecen una enfermedad mental a lo largo de mi práctica como psiquiatra. Ofrecer terminar el año escolar “por módulos” al adolescente que ha sido hospitalizado por intento de suicidio; ignorar la calificación técnica de una persona que sufre de trastorno bipolar y negarle el empleo porque admitió con honestidad que recibe medicación; alejar físicamente las instalaciones donde se ofrecen los servicios de salud mental; dejar de invitar a la reunión familiar al pariente con un diagnóstico psiquiátrico, son algunos de los múltiples ejemplos que se pueden dar.

Uno de los velos, es la negación de la enfermedad mental. Arthur Fleck se quejaba de que las personas actuaban como si su padecimiento no existiera, por ende, los síntomas, conductas y limitaciones derivadas de su enfermedad mental no eran validados. La moralización de la enfermedad mental, velo muy frecuente. Es decir, la persona con enfermedad mental es débil, no quiere “poner de su parte”, es manipuladora o hasta perversa; escoge estar mal y es culpable. Por último, el más antiguo de los velos, es la espiritualización de la enfermedad mental. Aunque exime parcialmente de culpa a quienes la padecen por ubicar las causas en fuerzas espirituales ajenas a la persona, impide la aceptación del diagnóstico y tratamiento. Y al final, produce desesperanza y estigma porque las personas con padecimientos mentales que son tratadas como “poseídas” o “embrujadas” no mejoran su condición a pesar de múltiples rituales a las que son sometidas. He visto que llegan a sentirse abandonadas por Dios, porque no son “liberadas”. Lamentablemente, la espiritualización de la enfermedad mental no fortalece la fe de quienes la padecen, la deteriora. En lo personal creo que la fe y esperanza se fortalecen cuando sentimos que, aceptada la realidad de nuestras circunstancias, nos sentimos aceptados y protegidos, tal como somos, por Dios.

Lee el artículo completo en La Prensa.

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