Hace tiempo que me apetece mucho hablar sobre el llamado miedo al abandono. Es algo que escuchamos muchísimo en consulta… y es que es uno de los miedos más primitivos y paralizantes que podamos experimentar en la vida ¿verdad?
A veces ese miedo viene de pérdidas claras, obvias. Otras, de vínculos “raros”, impredecibles… donde nunca sabías si ibas a recibir contención o frialdad. Y cuando aparece, no solo sufrimos, también empezamos a hacer cosas que, sin querer, terminan alejando justo eso que más deseamos: vínculos con autenticidad, pertenencia, cercanía, estabilidad, etc.
Lo que pretendo con este artículo es mirar ese miedo como lo que es algo mucho más profundo, una respuesta realmente compleja con muchas capas y con mucho sentido. Vamos a ver qué lo mantiene, y también desde varias linternas contextuales como ACT, DBT, FAP y CFT, propuestas para trabajarlo o “transformarlo” hacia la otra cara de la moneda, (vale, “cambiar la relación” , “ampliar repertorio”), para construir una vida con presencia, cuidado, estabilidad, conexión y pertenencia, si esto es posible.
La anatomía del miedo al abandono: AFC
Desde una perspectiva conductual-contextual, el miedo al abandono no se entiende como un rasgo fijo de personalidad ni como una simple “inseguridad”, sino como un patrón de respuestas aprendido. Hablamos de un conjunto complejo de respuestas (privadas y públicas) que incluyen emociones intensas, sensaciones corporales, recuerdos, pensamientos y conductas observables, que se activan de forma predecible en determinados contextos interpersonales. A menudo, basta con estímulos aparentemente neutros: un visto, una demora en la respuesta, un cambio sutil de tono, una cancelación inesperada o una sensación de distancia.
Artículo recomendado: Guía para la elaboración de un análisis funcional de la conducta (PDF)
Ante estos desencadenantes, solemos poner en marcha conductas que, a corto plazo, resultan funcionales: reducen el malestar, restauran momentáneamente la conexión o devuelven cierta sensación de control. Desde el Análisis Funcional del Comportamiento, lo relevante es comprender qué función cumplen. Demandar, controlar, sobrecomplacer o retirarse defensivamente suele aliviar la angustia de forma inmediata y, precisamente por eso, tiende a reforzarse (Skinner, 1953; Baer, Wolf & Risley, 1968; Hayes et al., 2012). El alivio puede llegar tanto por reforzamiento positivo (atención, respuesta, cercanía, coherencia esencial) como por reforzamiento negativo (disminución de ansiedad).
La paradoja es que esa eficacia inmediata se convierte en el principal mecanismo que mantiene el problema a largo plazo. Sin darnos cuenta, aprendemos que “para estar a salvo en el vínculo” necesitamos desplegar ciertas conductas, aunque eso suponga rigidez, desgaste relacional o pérdida de autenticidad. Como decía una paciente muy apreciada mía, es vivir “como un gremlin mojado1”: en alerta constante, reaccionando más que eligiendo.
Este patrón suele tener su origen en historias tempranas de vínculos marcados por la inconsistencia emocional, la imprevisibilidad o pérdidas significativas. No siempre hablamos de abandono físico; con frecuencia se trata de contextos donde la disponibilidad afectiva era incierta o cambiante. En ese entorno, el aprendizaje es comprensible: “si me relajo, pierdo el vínculo”. Estrategias que en su momento fueron adaptativas pueden reaparecer más tarde en relaciones adultas, incluso cuando el contexto ya no es el mismo.
Con el tiempo, este aprendizaje no solo organiza la conducta pública, sino también la atención y la percepción. Desde ahí, no solo reaccionamos al abandono: aprendemos a normalizar ciertos contextos relacionales. Cuando nuestra historia ha estado marcada por intermitencia, falta de disponibilidad o amenaza de pérdida, nuestro sistema puede confundir familiaridad con seguridad. De esta forma, no solo se activan conductas protectoras ante señales ambiguas, sino que se tiende a tolerar o normalizar relaciones que coincidan con ese patrón, porque resultan coherentes con la historia previa de aprendizaje. El problema no es “elegir mal”, no la “ley de atracción” ni leches, sino que no aprendimos a discriminar adecuadamente qué contextos hoy sostienen y cuáles activan nuestro sistema de alarma.
Desde ahí, reaccionamos de forma casi automática, gobernadas por reglas internas que se viven como verdades absolutas. Como señalan Törneke y colaboradores (2016), los seres humanos desarrollamos historias sobre el yo que funcionan como reglas de conducta: no reaccionamos únicamente a lo que ocurre, sino a lo que nuestra historia de aprendizaje nos dice que está ocurriendo.
Cuando estas reglas se activan, el sistema nervioso entra en modo alarma: hipervigilancia, activación autonómica y búsqueda insistente de señales que confirmen peligro (Porges, 2022). Las respuestas que siguen: aferrarse, vigilar, insistir, reprochar o cortar antes, no son fallos de carácter, sino intentos aprendidos de regulación emocional (Meichenbaum, 2017). Cuando la disponibilidad del otro es intermitente o incierta, estas conductas de búsqueda de seguridad tienden a intensificarse (Conradi et al., 2016).
Algunas perspectivas conductuales contextuales: mismo miedo: cuadro linternas útiles
Ya vimos en el apartado anterior que el miedo al abandono no es “un rasgo”, ni una maldición cósmica, ni prueba de que seas “demasiado”: es un patrón de afrontamiento aprendido que se activa cierto tipo de disparadores (un visto, una demora, un tono raro) y que empuja a conductas protectoras que alivian… pero luego pasan factura. Ahora toca la parte que a mí me gusta: cambiar de lente. Aquí va la mirada, en breve, de cuatro de los enfoques contextuales que más trabajo y de los cuales estoy enamorada. Lo confieso: ACT, DBT, FAP y CFT.
Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT)
Desde ACT, el miedo al abandono se entiende muchas veces como un fenómeno de evitación experiencial y fusión cognitiva. Cuando aparece la alarma (“me van a dejar”, “ya no le importo”), el sistema intenta arreglarlo por la vía rápida: perseguir, comprobar, controlar, sobreexplicar, sobrecomplacer o cortar antes. A corto plazo esas conductas suelen reducir el malestar (y por eso se repiten), pero a largo plazo estrechan la vida y rigidizan el repertorio: te alejan de cómo quieres amar, pedir, poner límites o tolerar la incertidumbre. ACT no discute si el miedo “tiene sentido” (spoiler: lo tiene); lo que pregunta es: ¿qué te está costando obedecerlo? El trabajo se centra enampliar flexibilidad: contacto con el presente, defusión (“estoy teniendo el pensamiento de que me van a dejar…”), aceptación/disposición (“puedo sentir esto sin reaccionar así”) y acción en valores (“¿cómo quiero actuar cuando estoy asustada?”).
Terapia Dialéctico Conductual (DBT)
Desde DBT, el foco se ilumina con otra claridad: el miedo al abandono suele ser un episodio de desregulación emocional interpersonal. Hay vulnerabilidad biológica, historia de invalidación/amenaza y un sistema que pasa de 0 a 100 en segundos. Cuando la emoción sube y faltan habilidades, la conducta se vuelve el método principal de regulación: urgencia, impulsividad, protestas, reproches, silencios punitivos, “pruebas” al otro o rendición total. DBT lo formula en términos muy útiles: no basta con “entender”; hay que entrenar habilidades para atravesar la ola. Esto incluye identificar emoción y su función, modular la activación, tolerar malestar sin actuar compulsivamente, y sobre todo habilidades interpersonales para pedir sin atacar y poner límites sin desaparecer. Lo que DBT intenta construir es una combinación muy concreta: validación + eficacia. Es decir: “esto duele” y, a la vez, “vamos a hacerlo de una forma que no destruya tu vida relacional”.
Psicoterapia Analítico-Funcional (FAP)
Y luego está FAP, que es la más “sin maquillaje” de todas: te dice que este miedo vive en la relación. Y por eso, en terapia, el patrón aparece en directo. FAP lo conceptualiza como conductas clínicamente relevantes (CCR) que se pueden observar y moldear con aprendizaje dentro de la sesión. Aquí nos viene especialmente bien el marco FIAT para mapear déficits interpersonales en clases de respuesta:
Clase A (necesidades) aparece el gran clásico: o pides desde la urgencia (“contesta ya, lo necesito”), o no pides nada y luego te cueces en resentimiento (“si me quisiera, le saldría solo”). En Clase B (feedback), decir verdades pequeñas se vuelve deporte extremo: en vez de “esto me dolió”, aparece el leer la mente, el reproche, el sarcasmo, el “da igual” o el silencio castigador AKA como “la ley del hielo”, ¿os suena?. En Clase C (conflicto) se activa el modo supervivencia: escalada para ganar, evitación para no sentir, retirada fría para no exponerte, o ataques defensivos para no quedar vulnerable; cuesta sostener un desacuerdo sin vivirlo como “esto se acaba”. En Clase D (intimidad y apertura) está el corazón del asunto: quieres cercanía, pero te aterra mostrarte de verdad, ser tú misma, ser auténtica… así que sustituyes vulnerabilidad por control, performance, autosuficiencia forzada o una distancia “elegante” que por dentro te mata. Y en Clase E (emociones) el cuerpo hace lo suyo: o la emoción te arrasa y tomas decisiones en modo incendio, o la apagas para no desbordarte… y en ambos casos el sistema intenta protegerte, aunque el resultado sea quedarte sola en mitad del vínculo.

El corazón de FAP es que el terapeuta refuerce en vivo las conductas que construyen intimidad segura: nombrar emoción con precisión, pedir necesidades con claridad, tolerar un “no”, reparar una ruptura, dar y recibir feedback sin colapsar. Es aprendizaje directo: se debilitan patrones viejos (CCR1) y se fortalecen alternativas (CCR2) con consecuencias nuevas (validación auténtica, conexión real, eficacia interpersonal).
Este aprendizaje, además se generaliza y no se limita a “hacerlo distinto” con cualquier persona, sino a aprender con quién tiene sentido entrenar intimidad. No todas las relaciones permiten reforzamiento natural de conductas seguras. Vínculos marcados por indisponibilidad crónica, ambigüedad o falta de compromiso tienden a reforzar CCR1 (urgencia, autocontrol excesivo, retirada defensiva), incluso cuando la persona “hace lo correcto”. En estos casos, poner límites o tomar distancia no es evitación, sino una intervención contextual que protege el aprendizaje. Elegir mejor es un ajuste del contexto relacional para que nuevas conductas puedan mantenerse.
Terapia Centrada en la Compasión (CFT)
La CFT añade una pieza decisiva: cuando se activa el miedo al abandono, no estamos solo “mal emocionalmente”, estamos cambiando de estado autonómico. El sistema nervioso interpreta “posible pérdida” como “amenaza” y se organiza para sobrevivir: a veces se dispara el simpático (movilización: urgencia, hiperalerta, ansiedad con conducta de persecución, irritabilidad), y otras se activa el parasimpático dorsal vagal (inmovilización: colapso, desconexión, anestesia, ese “me da igual” que por dentro suele ser “no puedo con esto”). El problema es que, en cualquiera de esos dos estados, se reduce el acceso al parasimpático ventral vagal, que es el sistema de clama/seguridad social: el que permite sentirnos a salvo, regularnos con más facilidad, mentalizar, pedir claro, tolerar silencio sin catastrofizar y reparar sin entrar en modo ataque/huida (Gilbert, P; 2009).
Cuando el ventral está offline, el campo atencional se estrecha y el cerebro hace su truco habitual: sobredimensiona amenaza y subestima recursos. Aparecen pensamientos catastróficos, todo-o-nada, lectura de mente, y una pérdida real de perspectiva. No es que “no sepas” qué hacer: es que tu cuerpo está priorizando la supervivencia sobre la conexión. Por eso CFT no se queda en “piensa distinto”, sino en entrenar experiencia regulatoria: tono compasivo, calidez interna, respiración, postura, entrenamiento atencional, imágenes de seguridad… recursos que ayudan a recuperar ventral (seguridad) y salir del bucle amenazante→conducta impulsiva o colapso (Gilbert, P; 2009). Y aquí viene la joya; aprender a construir tu misma tu base de seguridad para autorregularse y luego poder corregular al otro.
Como hemos visto, cambiar este patrón no implica eliminar el miedo ni “superarlo” como si fuera una molestia pasajera. Se trata de aprender a relacionarnos con él de otra forma: con mayor flexibilidad, autocompasión y habilidades que nos acerquen a la vida relacional que realmente queremos construir.
Regulación primero: crear islas de seguridad
Cuando el miedo estalla, la sensación puede ser la de estar atrapadas en una especie de oleaje interno que lo arrasa todo. Desde el trabajo somático (Levine), y consistente con ACT, lo que se propone no es “calmar” a la fuerza, sino generar puntos de anclaje, pequeñas “islas de seguridad” corporales que nos ayuden a ampliar la atención en esas partes y a soltar un poco la fusión con la amenaza.
Algo tan sencillo como preguntarse: “¿Hay alguna parte de mi cuerpo que esté un poco menos tensa ahora mismo?” puede abrir una puerta. No es una técnica mágica, pero sí un recurso para sostener la activación sin entrar en lucha, sin desconectarse del cuerpo ni de la experiencia. Y desde ahí, es más fácil tomar perspectiva, practicar defusión y, poco a poco, recuperar la capacidad de elegir.
Reentrenando tus relaciones: discriminación y acuerdos claros
Una de las trampas del miedo al abandono es cómo altera la forma en que interpretamos a los demás. Michael Yapko (NICABM, 2019) lo explica con claridad: muchas veces, evaluamos nuestras relaciones desde cómo nos hacen sentir, en lugar de desde quién es esa persona, cuáles son sus valores, cómo gestiona el conflicto y cómo se comporta a lo largo del tiempo. Esa distorsión es comprensible, pero puede confundirnos mucho.
Discriminar implica entrenar en control estimular: responder menos a señales ambiguas (silencios, pausas, demoras) y más a contingencias observables, como la claridad, congruencia y consistencia, la capacidad de reparar, o la expresión sostenida de valores en la relación.
Reentrenar las relaciones no implica aguantar más ni “regularse mejor para que todo valga”. Implica aprender a poner límites conductuales a contextos que mantienen la amenaza activa. A veces, la intervención más compasiva no es insistir, explicar o adaptarse mejor, sino reducir exposición a relaciones que refuerzan el miedo, aunque eso confronte viejas lealtades emocionales.
Cuando la activación es alta, los acuerdos claros pueden ser una tabla de salvación. Terry Real propone el dead stop contract: una palabra clave (como “piña”) que permite pausar la interacción sin necesidad de discusión. A nivel funcional, esto interrumpe cadenas conductuales habituales (como la persecución, la insistencia o la escalada emocional) que suelen mantenerse porque traen alivio momentáneo (NICABM, 2019).
Pero lo potente está en lo que ocurre con el tiempo: si esta pausa pactada se practica con constancia, la pareja va aprendiendo una nueva contingencia. Detenerse ya no se vive como amenaza, sino como una forma activa de cuidar el vínculo. Y eso transforma no sólo la relación, sino también la experiencia del miedo.
Cierre: un camino de regreso a casa, con amabilidad
El miedo al abandono no es una tara ni una señal de que “somos intensitos”. Es una alarma vieja haciendo horas extra. Como bien nos dice Kelly Wilson, «detrás de lo que más nos duele suele haber un valor enorme: nos importa amar, nos importa vincularnos, nos importa que la conexión sea real, segura». El problema no es sentir miedo; el problema es lo que aprendimos a hacer con él. Porque cuando venimos de historias donde la presencia fue incierta, nuestro sistema se pone creativo para “asegurar” el vínculo: perseguimos, explicamos de más, nos adaptamos, nos controlamos, nos hacemos las personas más fuertes… o nos vamos antes “para que no duela tanto”. Y ahí está la trampa, como nos abandonaron, nos volvemos personas expertas en abandonarnos a nosotras mismas y a veces, sin querer, también abandonamos al otro: sin querer, por puro instinto de supervivencia disfrazado de dignidad.
Darle la vuelta a esto no es convertirnos en personas zen que “ya no necesitamos a nadie” (eso se llama disociación con buen marketing 😉). Es algo mucho más tierno y más valiente: aprender a quedarnos con nosotros cuando aparece la alarma, a tratarnos como nos habría hecho falta que nos trataran, con presencia, sostén, cuidado y protección, sin castigarnos. Y desde ahí, con el corazón un poquito más asentado, aprender a discriminar: por autocuidado, porque nos lo debemos. Ver quién puede estar, quién repara, quién elige, quién sostiene… y quién solo activa nuestro modo “gremlin mojado” con intermitencia y confusión. Porque cuando nos sostenemos, ya no necesitamos perseguir; y cuando elegimos contextos más seguros, el vínculo deja de ser campo de minas y puede volverse hogar. El miedo al abandono no se “supera” solo regulando emociones, sino cambiando la relación con nuestra historia, conducta y contexto interpersonal.
Referencias bibliográficas:
- Baer, D. M., Wolf, M. M., & Risley, T. R. (1968). Some current dimensions of applied behavior analysis. Journal of Applied Behavior Analysis, 1(1), 91–97. https://doi.org/10.1901/jaba.1968.1-91
- Brewer, J. (2017). The Craving Mind: From Cigarettes to Smartphones to Love. Why We Get Hooked and How We Can Break Bad Habits. Yale University Press.
- Conradi, H. J., Boertien, S. D., Cavus, H., & Verschuere, B. (2016). Examining psychopathy from an attachment perspective: The role of fear of rejection and abandonment. The Journal of Forensic Psychiatry & Psychology, 27(1), 92–109. https://doi.org/10.1080/14789949.2015.1077264
- Gilbert, P. (2009). The Compassionate Mind: A New Approach to Life’s Challenges. Constable.
- Hayes, S. C., Strosahl, K. D., & Wilson, K. G. (2012). Acceptance and Commitment Therapy: The Process and Practice of Mindful Change (2nd ed.). Guilford Press.
- Meichenbaum, D. (2017). Roadmap to Resilience: A Guide for Military, Trauma Victims and their Families. Institute Press.
- National Institute for the Clinical Application of Behavioral Medicine (NICABM). (2019). Working with Abandonment: 26 top Experts Share the Latest Strategies to Help Clients Heal. https://www.nicabm.com/program/abandonment
- Porges, S. W. (2022). Polyvagal Theory: The Transformative Power of Feeling Safe. W. W. Norton & Company.
- Skinner, B. F. (1953). Science and Human Behavior. Macmillan.
- Törneke, N., Luciano, C., Barnes‐Holmes, Y., & Bond, F. W. (2016). RFT for clinical practice: Three core strategies in understanding and treating human suffering. In R. D. Zettle, S. C. Hayes, D. Barnes-Holmes, & A. Biglan (Eds.), The Wiley Handbook of Contextual Behavioral Science (pp. 254–272). Wiley Blackwell.
Nota al pie de página:
