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¨ Como siempre, me costaba mucho menos pensar que ser.¨ – Julio Cortázar, escritor argentino

En 1995, el psicólogo estadounidense Daniel Goleman publicó el libro “Inteligencia Emocional”, obra en la cual postulaba la existencia de un conjunto de habilidades relacionadas con el autocontrol, el entusiasmo, la perseverancia y la automotivación, que se distinguían de las habilidades lógicas consideradas tradicionalmente en la medición del CI. La tesis de Goleman sugiere un punto de reflexión desconcertante: incluso las personas más sobresalientes, con un CI elevado, podían llegar a ser pésimos directores en la orquesta de sus vidas, sucumbiendo con gran facilidad ante las pasiones desenfrenadas y los impulsos ingobernables.

Estamos condenados a sentir. Y puede interpretarse el “condenados” de muchas maneras, pero sugiero que sea en este sentido: irremediablemente hundidos en el fango de las emociones cotidianas. Todos nos vemos expuestos, día a día, a situaciones que despiertan en nosotros alegría, tristeza, miedo, frustración o ira. Es normal y necesario; las emociones fungen como alarmas, como detectores de humo que nos ayudan a asimilar y organizar la información proveniente del medio externo para establecer un equilibrio en el interno. Es muy probable que para ti, que lees esto ahora, las emociones sean fenómenos tan naturales como llenar un vaso con agua; puede que incluso las consideres maravillosas, y de hecho lo son: en gran medida, distinguen a una mujer de una roca y a un hombre de un zapato. Sin embargo, este artículo no se trata de exponer el paraíso de las emociones según la gente positivamente emocional, sino el infierno de las emociones según la gente torpemente emocional (y el “torpemente” también puede interpretarse de muchos maneras, pero sugiero que sea en el sentido: no estamos muy cómodos con esto).

¨ Todas las emociones son, en esencia, impulsos que nos llevan a actuar, programas de reacción automática con los que nos ha dotado la evolución (…) Es sólo en el mundo “civilizado” de los adultos en donde nos encontramos con esa extraña anomalía del reino animal en la que las emociones, los impulsos básicos que nos incitan a actuar, parecen hallarse divorciadas de las reacciones (…) ¿Cómo puede una persona con un nivel de inteligencia tan elevado llegar a cometer un acto tan estúpido? La respuesta necesariamente radica en que la inteligencia académica tiene poco que ver con la vida emocional.¨ – (Goleman, 1995)

En condiciones ideales, el pensamiento lógico y los sentimientos van de la mano, asociación que nos permite tomar decisiones adecuadas, comunicarnos asertivamente e interpretar de forma eficaz las señales captadas a través de los sentidos. Aún cuando en el agitado estilo de vida moderno pocas personas se tomen un café mientras dialogan acerca de sus emociones, el lenguaje emotivo está tan arraigado a la humanidad que, normalmente, somos capaces de saber cómo se siente alguien con solo mirarle. Este conocimiento del mundo emocional no solo fortalece la empatía, sino que nos facilita el maniobrar en situaciones que ameritan una respuesta rápida. En palabras del psicólogo Keith Oatley, de la Universidad de Toronto, las emociones “son como la sirena de una ambulancia: no te dicen lo que ha sucedido, pero si estás manejando, hacen que te eches a un lado para dejar camino al vehículo que viene pasando” (Oatley, 1989).

Para el psicólogo clínico Travis Bradberry, coautor del libro “Inteligencia Emocional 2.0”, el concepto de inteligencia emocional hace referencia a “algo dentro de nosotros que es un poco intangible, y que afecta cómo manejamos nuestro comportamiento, navegamos complejidades sociales y tomamos decisiones personales que desenlazan en resultados positivos” (Bradberry, 2014). Distingue, además, dos grandes dimensiones como pilares básicos de la inteligencia emocional: la competencia personal, que incluye la conciencia y manejo de las propias emociones, y la competencia social, que involucra el ser capaces de reconocer las emociones de los demás, entenderlas y emplear este grado de conciencia para manejar con éxito las relaciones interpersonales.

Indudablemente, una inteligencia emotiva sólida es un arma favorable en todos los campos de la vida humana, pero ¿qué pasa con quienes hallan un suplicio en la sola tarea de distinguir sus emociones? ¿Qué ocurre cuando la mente entrenada para el pensamiento lógico no encuentra opciones lógicas? La respuesta es simple: lo que ocurre es que fallamos. Torpemente.

¨ Las personas que son emocionalmente inteligentes no remueven todas sus emociones al momento de tomar una decisión. Remueven aquellas emociones que no tienen nada que ver con la decisión que van a tomar.¨   Stéphane Côté, profesor de Comportamiento Organizacional Universidad de Toronto (Huffington Post, 2013)

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Los orígenes de una escasa inteligencia emocional son diversos. Märtin & Boeck (2013) destacan el impacto del abandono y las experiencias violentas en la infancia y su efecto en la modificación química del cerebro. Un niño que es atendido de forma mecánica, sin recibir atención emocional, crea a nivel cerebral una especie de trinchera bioquímica que puede dar lugar a ataques de ira más adelante. Un niño que ha recibido poco afecto difícilmente logra desarrollar una emotividad estable, pues tiende a formarse un autoconcepto negativo, culpándose a sí mismo de la poca atención brindada por sus padres. No cuesta imaginar que, a medida que el niño crece, su falta de confianza se traslada a escenarios de la vida adulta, convergiendo en una acumulación de fracasos que atribuye a su “incapacidad”. Fácilmente, podemos deducir que una escasa inteligencia emocional se relaciona directamente con una baja tolerancia a la frustración y el surgimiento de creencias irracionales del tipo: “No puedo. No valgo. No soy”.

Desde luego, una infancia de abandono y violencia no es la única causa de una inteligencia emocional deficiente. Para Daniel Goleman, hemos dado demasiada importancia a los aspectos puramente racionales, a todo aquello que nos brinda un aproximado del CI; sin embargo, en aquellos momentos de la vida en los que nos vemos arrastrados por las emociones, la inteligencia estrictamente lógica queda por completo desfasada. La mente excelentísima, capaz de resolver el acertijo de Rubik en cuestión de segundos, se paraliza ante un evento traumático, incapaz de asimilar algo tan insustancial como el sufrimiento humano; la inteligencia espacial no es de gran ayuda en un arrebato de celos y la comprensión de la física cuántica no es un tratamiento preventivo contra la distimia. 

Es un hecho: los sistemas educativos mayoritarios otorgan más relevancia a una formación académica racional basada en la adquisición de nociones y habilidades útiles para ser competentes en términos rentables, que al desarrollo intrapersonal. El potencial humano ha sido sistematizado en una escala numérica que facilita exportarnos al mercado laboral en muestras enlatadas: “Excelente”. “Bueno”. “Inútil”. Muchos fuimos educados para competir, no para sentir; el resultado es que somos muy buenos en lo primero y francamente desgarbados en lo segundo.

¨ Nuestras emociones necesitan ser educadas tanto como nuestro intelecto. Es importante que aprendamos a sentir, a responder, a dejar que la vida misma nos toque.¨ – Jim Rohn, escritor estadounidense

Las emociones sobrevienen cuando nuestras metas o expectativas se ven afectadas. La consecuencia directa de una inteligencia emocional deficiente implica una dificultad inusual para hacer frente a la pérdida, al fracaso o al rechazo, para reconocer, manejar e incluso verbalizar las propias emociones. La angustia, la ansiedad o la decepción se convierten, entonces, en espectros de ocho brazos que nos acechan; la felicidad se reduce a una mera sensación de conformismo o a un ataque de éxtasis; la molestia se torna fácilmente en ira; el amor es un enigma poco práctico y, las relaciones interpersonales, un protocolo confuso. Las consecuencias del analfabetismo emocional calan a nivel individual y colectivo, llegando a dificultar el dar respuesta a preguntas tan sencillas como un: “¿Qué tal te sientes hoy?” o “¿Qué cosas te hacen feliz?”. Un autoconocimiento emotivo pobre limita nuestra capacidad para establecer vínculos afectivos con los demás, y nos pinta un mundo de contrastes o muy negros o muy blancos, con cataclismos a la vuelta de la esquina.

En algunos, la idea de que el ser humano ideal es una máquina perfecta ha sido implantada por un modelo educativo regido por la disciplina y la autoexigencia, y aunque los resultados, sin duda, implican una formación notable de habilidades como la comprensión verbal, la velocidad perceptual o el razonamiento lógico, la realidad nos dice que con eso no basta. Que quizás nos hemos equivocado. Torpemente.

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Bibliografía

Bradberry, T. (1 de Septiembre de 2014). Emotional Intelligence – EQ. Forbes.

Goleman, D. (1995). Inteligencia Emocional. Barcelona: Kairós.

Huffington Post. (22 de Noviembre de 2013). How Emotional Intelligence Can Improve Decision-Making. The Huffington Post.

Märtin, D., & Boeck, K. (2013). EQ. Inteligencia Emocional: Claves para triunfar en la vida. Madrid: EDAF.

Oatley, K. (1989). The importance of being emotional. New Scientist, Vol. 123(N° 1678), 33-36.

Rita Arosemena P.
Graduada en Comunicación y especialista en Educación Superior. Amante de la literatura, el arte y las ciencias (y del café. El café no se lo toquen). Le interesan especialmente la neuropsicología, la psicología evolutiva y la psicopatología. Le apasiona la música francesa y no tiene nada contra Freud.