Hermoso ensayo de Colter Jackson para The New York Times sobre lo que significa crecer sin el amor de una madre y cómo el vinculo con su suegra pudo sanar de cierta manera esa herida:

(….) Mi madre básicamente me abandonó de niña, y pasé de estar en el caos continuo de sus situaciones domésticas a vivir con otras personas, una y otra vez. Mi padre nunca estuvo involucrado.

La carga de mi crianza recayó en mi maravillosa familia extendida: fue repartida entre abuelos, tías, tíos y primos mayores por igual. Sin embargo, nadie puede ocupar el lugar de una madre. La relación madre-hija es una de las relaciones más fundamentales, formativas y complejas de la vida de una mujer. De niña, la anhelaba y manifestaba mi frustración de manera, justamente, muy infantil: siendo demandante, fastidiosa, buscando atención.

Ese anhelo no ha menguado ahora que soy una adulta. Ansío escuchar su voz en una llamada ya entrada la noche o que haya alguien con experiencia para decirme cómo espesar la sopa o quitar una mancha. La gente no anda repartiendo mamás en la calle. No he logrado tener una, ya sea con cabildeos ni complacencias, y todavía algunas veces manifiesto esta necesidad siendo dependiente, fastidiosa y buscando atención. Pobre de mi marido, que tanto batalla.

Si bien la experiencia, Google y mis amigos me han permitido improvisar algunas respuestas, mi herida materna sigue viva. Lloro en las películas sobre madres; lloro cuando veo los avances cinematográficos de las películas sobre madres; lloro si alguien que conozco pelea con su mamá. Lloro incluso cuando pienso en convertirme en madre. ¿Cómo sabría hacerlo sin un ejemplo? Y mientras transcurren mis años de fecundidad.

Me ha dado apoyo, aliento y cariñosos regaños para que deje ir lo innecesario, para que me resista a la mezquindad y para que perdone. Me explica qué necesitan las plantas para sobrevivir y, a veces, ha ejercido una cantidad algo excesiva de presión para que haga lo que ella cree que es mejor para mí. Me he dado cuenta de que así es como podría ser tener una madre.

Si hubiera un coeficiente intelectual que midiera la empatía, estoy segura de que ella obtendría el porcentaje más alto. Sin excepción, le da dinero a cada persona sin casa en las calles que se lo pide porque para ella todos son hijos de alguien. Hasta mi madre… y hasta yo.

Durante toda mi vida, la maternidad se sintió como un terreno vasto e imposible que no debería ni atreverme a recorrer. No obstante, tras más de una década de ver a mi suegra moverse por ese terreno con gracia, siento como si por primera vez tuviera todo lo que necesito. Hay más de una forma de amar en este mundo y ninguna familia tiene una sola manera correcta de hacerlo.

Lee el artículo completo en The New York Times.

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Imagen: Brian Rea

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