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Cuando un niño pequeño empieza a comprender que tiene un nombre, sonríe al oírlo. Empieza a tomar conciencia de que es diferente de los niños que tienen otros nombres. Salen del anonimato del rebaño para pasar a tener una personalidad propia.

El primer consejo que un psicólogo da a quienes tienen que lidiar con un secuestrador es que pronuncien su nombre con calor humano.

Mi primer trabajo como psicólogo, en mis años jóvenes, fue en Roma, en un colegio con cien niños abandonados. Intenté que el director eliminara los castigos. Nuestra sorpresa fue que aquellos niños querían seguir siendo castigados. Uno de ellos nos explicó por qué: “La única vez que oigo pronunciar mi nombre es cuando me llaman por el altavoz para ir al despacho del director a recibir el aviso de un castigo”. El peor castigo para ellos era ser olvidados.

Juan Arias para El País. Puedes leer el artículo completo aquí