En la psicología de la sospecha el terapeuta desconfía de cualquier intención del paciente. Sospecha cuando llega tarde o cuando llega temprano, sospecha si llama por teléfono o no llama. Sospecha de si le trae un regalo o si lo invita al casamiento. Sospecha del libro que trae en la mano a sesión.

Es como si toda conducta del paciente estuviera ocultando un segundo sentido y el terapeuta de la sospecha connota negativamente ese sentido. Siempre la intención oculta es una ‘mala’ intención: o no se quiere curar, o se quiere curar demasiado pronto, o quiere joder al terapeuta, etc. El terapeuta de la sospecha cultiva una actitud juiciosa a su pesar. Está leyendo en todo ‘palos en la rueda’ de la vida. Adquirió esa habilidad casi sin notarlo. Años de escuchar lecturas sospechosas de lo humano lo fueron llevando.

Lamentablemente la actitud de la sospecha es frecuente. Pero hay algunas otras disponibles, las basadas en el amor.

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El amor es necesario en terapia. El valor de la ‘humanidad compartida’ es quizá el mejor rector de las intervenciones. La actitud no juiciosa se cultiva, cada vez. No es una línea del código de ética ni un fragmento de un escrito técnico. Es amor.