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Por favor lee el siguiente caso y contesta la encuesta.

«El presidente de una compañía sabe que su plan dañará al medio ambiente, pero a él no le importa en absoluto el efecto que tenga este plan sobre el ambiente. Él empieza su plan para incrementar sus ganancias.»

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Probablemente hayas dicho que ‘sí’ y eso fue lo que el 82% de las personas contestó en una investigación previa: el presidente actuó deliberadamente para dañar al ambiente. Pero aquí viene la parte más interesante. Cuando los investigadores cambiaron la palabra «daño» por «ayuda», el escenario cambió por completo. Sólo el 23% dijo que las acciones positivas del presidente fueron intencionales.

La evidencia no cambió, sólo cambió una palabra, y así también cambió el juicio de las personas.

¿Por qué?

Los neurocientíficos de la Universidad de Duke desarrollaron una serie de experimentos que incluyeron análisis filosóficos y neurocientíficos para intentar explicar el sesgo de intencionalidad cuando las consecuencias son negativas, y no-intencionalidad cuando son positivas.

Primero evaluaron los rasgos de personalidad, toma de decisiones, y la moral psicológica de todos sus participantes. Con los datos psicológicos en la base de datos, el equipo utilizó la Resonancia Magnética Funcional para analizar la actividad cerebral de los sujetos cuando leían diferentes escenarios hipotéticos similares al que presentamos al inicio del artículo.

Hechos todos los análisis, encontraron que las personas utilizaban dos mecanismos cerebrales diferentes cuando juzgaban la intencionalidad de los actos de los sujetos. Si las consecuencias de las acciones eran negativas, entonces era más probable que se activaran, con más intensidad, la amígdala y otras áreas cerebrales relacionadas con el procesamiento de las emociones. Entre mayor era la reacción emocional de los participantes a la historia que se les planteaba, mayor era la actividad en la amígdala. Pero si la historia tenía una acción que producía un efecto positivo, entonces la amígdala se activaba con menos intensidad. También encontraron que las personas tendían a apoyarse en los datos estadísticos y no tanto en la emoción cuando las conductas generaban efectos positivos.

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Por ejemplo:

Cuando el presidente de la compañía ayudaba al ambiente y también incrementaba sus ganancias, los participantes decían que ayudar al ambiente sólo fue un efecto secundario y no intencional, porque usualmente los presidentes están más interesados en ganar dinero y no en el ambiente.

La investigación nos arroja nuevas luces neurocientíficas sobre el poderoso sesgo de atribución y los dos sistemas que utilizamos para juzgar la intencionalidad de las personas. Las emociones provocan mayores atribuciones de intencionalidad por las consecuencias negativas. En cambio, la probabilidad estadística derivada de las creencias sobre la frecuencia con la que la gente se comporta, impulsa a la negación de la intencionalidad de las conductas positivas.

Puedes leer la investigación completa en la revista Nature

Fuente: Duke University