Se puede definir a la modificación de la conducta como aquel conjunto de conocimientos que involucran “la aplicación sistemática de los principios y las técnicas de aprendizaje para evaluar y mejorar los comportamientos encubiertos y manifiestos de las personas y facilitar así un funcionamiento saludable” (Martin y Pear, 2008). Con el término “encubierto”, no se habla de comportamientos que se realicen a solas  o a escondidas, sino de procesos que ocurren <<bajo la piel>> y que no son directamente observables. Es decir, para el conductismo (que es en definitiva de lo que hablamos) pensamientos y sentimientos son considerados formas de comportamiento, y por tanto sujetos a las mismas leyes de aprendizaje.

Dentro del conductismo encontramos principalmente dos vertientes: el condicionamiento clásico, que aparece de la mano de Ivan Pavlov a principios del XX; y el condicionamiento operante, cuyo mayor exponente fue Burrhus Skinner, ya a mediados del siglo pasado. A pesar de confundirse mucho estos dos tipos de condicionamiento, tanto en los ámbitos cotidianos como profesionales, lo cierto es que difieren entre sí, tanto a nivel teórico como en las aplicaciones e implicancias en diferentes ámbitos, como por ejemplo la educación o la clínica.

Dar explicaciones detalladas de ambos modelos extendería demasiado el artículo. Para aquel lector que no haya tenido la oportunidad de interiorizarse sobre este tema, o bien que desee releer sobre ambos tipos de aprendizaje, puede hacerlo para condicionamiento clásico aquí, y para operante en el siguiente enlace.

Los mitos

Todo aquel que trabaje con herramientas de modificación de conducta, seguramente ha oído (y ejercitado sus capacidades de relajación) frases como que los terapeutas conductuales no tienen en consideración a la persona y sus sentimientos, que sus terapias no son efectivas porque no tratan los problemas de raíz, que el conductismo solo sirve para adiestrar animales, y dichos similares. Muchas veces se parte de prejuicios o simplemente del desconocimiento sobre el tema, por lo que propongo aquí un breve resumen sobre lo que la evidencia muestra con respecto a estas ideas.

Mito N° 1: La modificación de conducta implica el uso de drogas, cirugía y terapia electro convulsiva

Cómo se definió al inicio del artículo, la modificación de conducta trabaja con los principios del aprendizaje. El terapeuta conductual basará entonces sus intervenciones en dichos principios. Algo que caracteriza a quienes adhieren a este enfoque, es el énfasis puesto en la corroboración científica de la eficacia de las técnicas y principios aplicados. Así, como se verá en los apartados posteriores, el terapeuta conductual no solo no utiliza drogas, cirugía o terapia electro convulsiva, sino que además está en condiciones de determinar cuanta eficacia poseen sus intervenciones en comparación con otros métodos de abordaje, y de poder recomendarla por ser tan o más eficaz que otros tratamientos, como sucede por ejemplo con los farmacológicos para muchos trastornos.

Mito N° 2: La modificación de la conducta solo suprime síntomas, pero no trata las causas subyacentes de los problemas, y por ende estos regresan

La idea de que todos los problemas provienen de causas ocultas, inaccesibles a la conciencia, está bastante arraigada en el ámbito “psi”. La hipótesis del desplazamiento de síntomas se deriva de esta idea general. Sostiene que si uno no llega a la raíz de los problemas y sólo elimina sus manifestaciones visibles, éstos problemas emergen retornando los síntomas o mudándose en otros nuevos. No obstante, la noción de desplazamiento en sí misma es ambigua, ya que no existe un criterio de demarcación que indique cuando dos (o más) problemas espaciados en el tiempo, por ejemplo un trastorno de ansiedad y una adicción al cigarrillo, pertenecen a la misma causa subyacente, y cuando no. ¿Transcurrido cuánto tiempo pueden considerarse dos problemas como independientes entre sí? Lo mismo para los distintos tipos de síntomas, ¿cuáles trastornos pertenecen a una misma fuente, y cuáles no? Estas cuestiones no son para nada menores, ya que tanto los clínicos como los pacientes, deberían estar al tanto acerca de si el abordaje que los trata sirve efectivamente para aquello por lo que concurren a terapia, y si en caso de no existir tal desplazamiento de síntomas, prolongan innecesariamente un tratamiento.

La idea de que todos los pro{blemas provienen de causas ocultas, inaccesibles a la conciencia, está bastante arraigada en el ámbito “psi”

Si nos remitimos a la evidencia, se han realizado diversos estudios con el fin de analizar puntualmente si existe el fenómeno de desplazamiento. Al respecto, Nurnberger y Hingtgen (1973), Fuchs (1980), Wille (1994), no han encontrado evidencia del desplazamiento o sustitución de síntomas, analizando desde tratamientos de desensibilización para fobias, a tratamientos de enuresis nocturna. Para ver un análisis más detallado sobre el tema, los remito a este artículo publicado con anterioridad. Además de la evidencia específica sobre el fenómeno de desplazamiento, se suelen realizar seguimientos de los tratamientos para evaluar la tasa de recaídas, no ya en otro tipo de síntomas, sino en los mismos que motivaron el inicio de la terapia. Citar artículos de cada trastorno sería una tarea interminable, por lo que solo mencionaré a Capafons (2001) y Velasco (2007) que analizan tratamientos eficaces para el Trastorno de Ansiedad Generalizada (TAG) y el Trastorno de Ansiedad Social (TAS) respectivamente.

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Mito N° 3: La modificación de conducta sirve para problemas simples, no para problemas complejos como autoestima o depresión

Las terapias conductuales se han venido aplicando desde sus inicios a comportamientos de los más diversos. Desde problemas de aprendizaje en las escuelas, pasando por insomnio o malos hábitos, hasta problemas de mayor complejidad, como fobias, depresión, TDAH o TEA. Al mismo tiempo, en cada campo donde se han puesto a prueba, han resultado ser eficaces, siendo en ocasiones las que mejores resultados obtienen, como es el caso del autismo, uno de los trastornos neurobiológicos más complejos actualmente.

En el mes de junio, el Centro de Control y Prevención de Enfermedades en Estados Unidos, estableció a la terapia de conducta como tratamiento de primera línea para el Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad. El anuncio se dio en el marco del creciente aumento del abordaje por medio de fármacos del TDAH. El organismo enfatiza el hecho de que la terapia conductual ha demostrado ser tan eficaz como los tratamientos farmacológicos, sin producir los efectos secundarios de estos últimos.

En cuanto a la depresión, un trastorno en el que los sentimientos y cogniciones negativas se apoderan de la persona, al extremo de en ocasiones no poder salir de la cama o abandonar las tareas que antes causaban gratificación y placer; la Asociación Americana de Psicología, agregó junto a los tratamientos psicológicos eficaces para el mencionado trastorno, a la Activación Conductual. Este tipo de abordaje, que se incluye dentro de las terapias de tercera ola, se encuentra ahora recomendada junto a tratamientos como la TCC convencional o la Terapia Interpersonal. Aquí pueden observar a los tratamientos eficaces para Depresión.

Como se puede apreciar, las terapias de conducta son eficaces para una amplia gama de problemas, incluyendo a los de mayor gravedad.

Mito N° 4: Los terapeutas conductuales son fríos y poco empáticos

La idea de que psicólogos de ciertas orientaciones posean características en común en contraposición con los de otras orientaciones, es una hipótesis lógica y digna de estudiar. Fernández- Álvarez (1998) plantea que el estilo personal del terapeuta -EPT- es “el conjunto de características que cada terapeuta pone en juego en cada acto de psicoterapia, modelando los atributos fundamentales de dicho acto”, y que está constituido por las condiciones singulares que conducen a un terapeuta a operar de un modo particular en su desempeño profesional. El EPT es un constructo teórico que posee cinco dimensiones distintas:

  • Función instruccional: flexibilidad – rigidez
  • Función expresiva: distancia – cercanía
  • Función de involucración: menor grado – mayor grado
  • Función atencional: amplio – focalizado
  • Función operativa: espontáneo – pautado

En un estudio que incluyó a 206 terapeutas, entre ellos 46 psicoanalistas, 44 cognitivo conductuales y 116 integrativos, con experiencia que iba de los 3 a los 23 años; se analizó si la orientación teórica y la experiencia influían en el EPT. Los resultados no arrojaron diferencias significativas en las funciones instruccional y de involucración. Respecto a las demás dimensiones, los psicoanalistas difieren de sus colegas en que son más distantes en lo expresivo, con atención más abierta en la atencional y más espontáneos en la operativa (Fernández-Álvarez y col., 2000).

La terapia conductual ha demostrado ser tan eficaz como los tratamientos farmacológicos

En cuanto a los años de experiencia, los psicoanalistas no difieren entre sí en su patrón de respuestas conforme pasa el tiempo, mientras que los terapeutas cognitivos noveles, más rígidos en lo instruccional y más distantes en lo expresivo, modifican este patrón cuando poseen mayor experiencia. Los integrativos por su parte, se muestran con mayor espontaneidad en lo operativo, atención más abierta y con una mayor involucración.

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Si bien las diferencias halladas parecen corresponder a diferencias teóricas, no se relacionan con las que señalan que los terapeutas conductuales son menos empáticos que otros. En las terapias de modificación de conducta, el terapeuta mantiene un rol mucho más activo y directivo que en otras orientaciones, si bien este rol luego se traspasa al paciente. Cualquier terapia con esta orientación está destinada al fracaso si el terapeuta resulta ser poco empático con su paciente, teniendo en cuenta la importancia fundamental de la alianza terapéutica para el éxito del tratamiento (Corbella y otros, 2009).

Mito N° 5: La modificación de conducta es algo viejo y obsoleto

Esta creencia suele producirse por un doble error. El primero es considerar al conductismo únicamente como un paradigma de estímulo – respuesta, “que solo sirve para condicionar sujetos como si fueran robots”, ignorando los aportes del condicionamiento clásico a muchos trastornos. El segundo parte de la ignorancia del condicionamiento operante, que amplía enormemente el abanico de intervenciones posibles, no solo en terapia psicológica, sino en una multiplicidad de conductas que se deseen cambiar.

A su vez, los principios del aprendizaje están presentes de forma constante en nuestra vida, y somos “víctimas” de ellos aunque no sepamos como funcionan. Así por ejemplo, cuando un padre cede ante el berrinche de su hijo y le compra caramelos en el kiosko, está reforzando sin darse cuenta el comportamiento de berrinche, aumentando las probabilidades de aparecer una conducta similar la próxima vez que desee golosinas. Por el contrario, si espera a que el niño se calme y solo cuando éste pide bien, le compra aquello que quiere, el adulto habrá sin saber aplicado dos principios conductuales: el de extinción y un reforzamiento diferencial de conducta incompatible. Le enseña a su hijo una forma socialmente aceptable de pedir, mientras modifica su comportamiento.

“solo sirve para condicionar sujetos como si fueran robots”

En la práctica clínica, que terapias de conducta sean hoy consideradas tratamientos de primera línea para trastornos complejos, habla de lo erróneo del mito. El resurgimiento de los aspectos <<contextuales>> en los tratamientos, en contraposición a una visión preponderantemente cognitiva (correspondiente a la segunda ola), los nuevos desarrollos en análisis funcional de la conducta, la Teoría del Marco Relacional, la Terapia de Aceptación y Compromiso, Mindfulness y Activación Conductual; todo este movimiento que dentro de las TCC se considera como tercera ola (Pérez- Álvarez, 2006), evidencia que lejos de hablarse de un paradigma obsoleto, hay un fuerte resurgimiento de las terapias conductuales.

A lo largo del artículo cuestioné algunas creencias erróneas que suelen circular por ámbitos profesionales y académicos, trasladándose luego a la población en general. La lista no fue exhaustiva, a la vez que cada creencia podría ocupar su propia nota para analizarla. No obstante, se dieron algunas pautas como para poner en tela de juicio discursos que en ocasiones no se ajustan a la realidad.

Imagen: Istock

Editado por Fabián Maero.

Bibliografía

Baeza Velasco, C. (2007). Tratamientos eficaces para el Trastorno de Ansiedad Social. Cuadernos de Neuropsicología. 1 (2) 127- 138.

Capafons, A. (2001). Tratamientos Psicológicos eficaces para la Ansiedad Generalizada. Psicothema. 13 (3) 442- 446.

Corbella, S., Fernández- Álvarez, H., Saúl Gutiérrez, L., García, F., Botella, l. (2008). Estilo Personal del Terapeuta y dirección de intereses. Apuntes de Psicología. 26 (2) 281- 289.

Corbella, S., Balmaña, N., Fernández- Álvarez, H., Saúl, S., Botella, L., García, F. (2009). Estilo Personal del Terapeuta y Teoría de la Mente. Revista Argentina de Clínica Psicológica. XVIII (2) 125- 133.

Fernández- Álvarez, H. (1998). El estilo personal del psicoterapeuta. En Oblitas Guadalupe, L. A. Quince enfoques terapéuticos contemporáneos. México: El Manual Moderno.

García, F., Fernández- Álvarez, H. (2007). Investigación empírica sobre el Estilo Personal del Terapeuta: Una actualización. Revista Argentina de Clínica Psicológica. XVI (2) 121- 128.

Martin, G., Pear, J. (2008). Modificación de Conducta. Que es y como aplicarla. Pearson Educación S.A.

Pérez- Álvarez, M. (2006). La Terapia de Conducta de Tercera Generación. EduPsykhé. 5 (2) 159- 172.