Pese a que la felicidad es objeto de preocupación humana desde que somos capaces de representarnos y especular sobre nuestras propias emociones, la idea de felicidad fue a menudo dejada de lado por las neurociencias dada su difícil conceptualización. Es difícil objetivar un concepto que entraña una importante variabilidad personal y cultural, que cambia con el tiempo y que difícilmente esté presente de forma plena y duradera.

La felicidad ha sido difícil de definir y desafiante para medir, en parte debido a su naturaleza subjetiva (Kringelbach & Berridge, 2010). Si bien tempranamente el presocrático Demócrito sostuvo que la felicidad no depende de los bienes que se posean, sino de cómo se reacciona a las circunstancias de la vida, esta idea fue rechazada por los socráticos, siendo sepultada durante mucho tiempo.

Desde entonces, aún no hay acuerdo universal acerca de si la felicidad es un estado, una sensación o una emoción; si hace referencia a una experiencia momentánea o un juicio global sobre toda una vida; si viene de bienes exteriores o de nuestro interior. Incluso no está claro si es de naturaleza positiva, o se define por la negativa, siendo la ausencia de las sensaciones restrictivas que a menudo atormentan al cuerpo, como señalaba hace casi una centuria William James.

Más recientemente, la idea de felicidad se cobijó bajo el gran paraguas de bienestar subjetivo, donde convive con conceptos dispares como satisfacción con la vida, equilibrio hedónico, vida significativa o realización personal (Kim-Prieto, Diener, Tamir, Scollon & Diener, 2005).

Se construyeron numerosas escalas que apuntan a cuantificar la felicidad autopercibida, como la Escala de Satisfacción con la Vida (Diener, Emmons, Larsen & Griffin, 1985); el Inventario de Felicidad de Oxford (Francis, Brown, Lester &Philipchalk, 1998); o la Escala de Felicidad Subjetiva (Lyubomirsky&Lepper, 1999). Incluso se han diseñado escalas para cuantificar la felicidad específicamente en la tercera edad (Kozma & Stones, 1980) y se publicó una versión en español de la Escala de Felicidad Subjetiva (Extremera & Fernández-Berrocal, 2014). Si bien la felicidad se evalúa con mayor frecuencia mediante escalas de autoinforme, una pregunta que intenta responder la neurociencia es si sus puntajes se corresponden con estructuras cerebrales específicas o con algún tipo de activación neural particular.

Bases neurales de la felicidad y el placer

Las neuroimágenes han sido fundamentales en el progreso de la comprensión de las bases neurales de la emoción, permitiendo explorar la estructura y la función del cerebro. De estos circuitos neurales, uno de los más estudiados es el del placer. Algunos mecanismos vinculados al procesamiento del placer se encuentran en las profundidades del cerebro y otros candidatos se encuentran a nivel cortical. A nivel subcortical, estructuras como el núcleo accumbens o el globo pálido parecen intervenir en la generación de placer.

Por otra parte, la corteza orbitofrontal y medial prefrontal, así como el cíngulo y la ínsula, parecen intervenir en la anticipación, la valoración, la experiencia y el recuerdo de estímulos placenteros. Cuanto más abstracto o complejo es el estímulo agradable, más anterior es su representación (Kringelbach & Berridge, 2010).

Por ejemplo, la representación de ganar una importante suma de dinero es más frontal que la representación de un sabor azucarado. No obstante, desde tiempos platónicos se estableció una diferencia entre hedonia -placer- y eudaimonía -bienestar o felicidad—. Uno de los desafíos modernos es comprender cómo se articulan ambos circuitos de redes cerebrales. Dada la complejidad y multiplicidad de concepto de felicidad, se debería evitar caer en sobresimplificaciones, como reducirlo a la dopamina.

Las neuroimágenes han sido fundamentales en el progreso de la comprensión de las bases neurales de la emoción

Estudios de neuroimágenes estructurales encontraron una relación positiva entre el puntaje de felicidad subjetiva y el volumen de materia gris en el precúneo derecho (Shimai, Otake, Utsuki, Ikemi & Lyubomirsky, 2004; Sato et al., 2015). Las mismas estructuras correlacionaron negativamente en estudios anteriores con rasgos emocionales negativos (Extremera & Fernández-Berrocal, 2014). El precúneo tiene los niveles más altos de metabolismo cortical de glucosa, y ha sido asociado a la conciencia subjetiva en los seres humanos (Vogt & Laureys, 2005), el procesamiento autorreferencial y la integración de información interna actual, pasada y futura (Vogt & Laureys, 2005; Northoff et al., 2006; Buckner & Carroll, 2007). El precúneo podría desempeñar un papel en la integración de diferentes tipos de información y convertirla en felicidad subjetiva (Sato et al., 2015).

Consistentemente, Kong et al. (2014) encontraron que la satisfacción de vida global de un individuo correlaciona positivamente con el volumen de materia gris de la circunvolución parahipocámpica derecha, y correlaciona negativamente con el precúneo izquierdo y la corteza prefrontal ventromedial. Asimismo, la satisfacción con la vida se asoció negativamente con el espesor cortical de la circunvolución frontal superior izquierda y la circunvolución frontal media bilateral (Zhu et al., 2018). Tanto la corteza cingulada media posterior derecha, el tálamo, la corteza orbitofrontal y la circunvolución frontal superior bilateral se muestran involucradas en el procesamiento de la emoción y la percepción social (Kong, Hu, Wang, Song & Liu, 2015).

Pacientes con lesiones en estas mismas regiones cerebrales suelen presentar alteraciones en el comportamiento social y la motivación. El giro frontal medial es crucial para la recuperación de memoria autobiográfica y conocimientos semánticos sobre nuestra vida, así como juega un rol importante en el procesamiento de emociones negativas. Junto con el giro frontal superior, podría facilitar el procesamiento autorreferencial para adquirir autoevaluaciones positivas a partir de recuerdos episódicos, aumentando la satisfacción individual con la vida. En conjunto, estos resultados llevaron a pensar que la satisfacción con la vida estaba asociada con el procesamiento de las emociones negativas y la evaluación de información generada internamente (Takeuchi et al., 2014).

La satisfacción de vida global de un individuo correlaciona positivamente con el volumen de materia gris

Asimismo, encontraron que el bienestar —planteado en los términos relativamente estables de crecimiento personal, relaciones positivas y propósito en la vida- se asoció positivamente con el volumen de la corteza insular derecha (Lewis, Kanai, Rees & Bates, 2013). Investigaciones previas ya habían demostrado una asociación negativa entre el volumen de la ínsula y la depresión (Bechdolf et al., 2012). La ínsula también se ha relacionado con la autoconciencia (Craig, 2009), la modulación de la toma de decisiones basada en la información sobre estos estados corporales (Singer, Critchley & Preuschoff, 2009) y la segregación de los estímulos tanto internos como externos para su relevancia y posterior incorporación en la guía activa del comportamiento (Menon & Uddin, 2010).

Estudios de neuroimágenes funcionales señalan mayoritariamente que la emergencia de emociones felices activa el cíngulo anterior, la corteza parietal medial (cíngulo posterior y precúneo) y la amígdala. En estados de alegría inducidos a partir de la visualización de rostros felices, se produjo una marcada activación de la corteza prefrontal dorsolateral, la circunvolución cingulada, la circunvolución temporal inferior y el cerebelo. No obstante, es de destacar que la inducción a un estado de ánimo triste produjo una activación de estructuras similares, pero con foco en la corteza prefrontal ventrolateral, la corteza cingulada anterior, la circunvolución temporal transversal y la circunvolución temporal superior. Es posible que los estados de ánimo negativos y positivos revelen distintos núcleos de activación cortical dentro de una misma red neuronal de procesamiento emocional (Habel, Klein, Kellermann, Shah & Schneider, 2005).

Cuando el estado de alegría se indujo a partir de piezas de música clásica, se produjo una mayor activación del cuerpo estriado ventral y dorsal, el cíngulo anterior, y la circunvolución parahipocámpica. La red de procesamiento emocional en respuesta a la música integraría áreas corticales y subcorticales. El cuerpo estriado ventral y dorsal está involucrado en el movimiento, el nivel de activación del organismo, la experiencia de recompensa y en respuesta a melodías populares (Brown, Martinez & Parsons, 2004), pudiendo activarse por la gratificación de oír melodías alegres y familiares. El cíngulo anterior es vital para dirigir la atención y anteriormente probada su activación en respuesta a música disfrutable (Menon & Levitin, 2005). Las áreas temporales mediales son tradicionalmente vinculadas a la evaluación y el procesamiento de emociones, así como al procesamiento de información altamente dependiente del contexto (Mitterschiffthaler, Fu, Dalton, Andrew & Williams, 2007).

Un estudio reportó que ante la vista de imágenes de su propio hijo, en comparación con la imagen de otro niño o adultos, madres recientes presentaron una mayor activación de estructuras prefrontales ventrolaterales (Nitschke et al., 2004). En estado de reposo o introspección, la activación prefrontal ventromedial ha sido asociada con mayores niveles de emociones positivas (Volkow et al., 2011). En todos los casos, se trata de trabajos que valoran un estado de ánimo feliz inducido y transitorio, excluyendo de su estudio experiencias de felicidad o satisfacción más complejas y estables. Sin embargo, estos resultados son consistentes con los estudios que consideraron forma de felicidad sostenida relativamente independiente de las circunstancias externas inmediatas, los cuales hallaron que una activación sostenida del cuerpo estriado ventral y la corteza prefrontal dorsolateral en respuesta a incentivos positivos predice el bienestar psicológico (Davidson&Schuyler, 2015).

La emergencia de emociones felices activa el cíngulo anterior, la corteza parietal medial (cíngulo posterior y precúneo) y la amígdala

Durante una tarea de valoración de imágenes en positivas y negativas, se reportó que quienes realizaban más rápidamente sus juicios presentaban una mayor activación bilateral de la amígdala y una menor activación del cíngulo anterior ventral. Por otra parte, quienes fueron más lentos en sus evaluaciones mostraron una mayor activación del cíngulo anterior y reportaron un mayor bienestar psicológico (Van Reekum et al., 2007). La amígdala juega un rol crucial en la detección y respuesta frente estímulos potencialmente amenazantes, mientras que estructuras prefrontales, especialmente regiones ventromediales, estarían implicadas en el procesamiento y regulación de estados emocionales, regulando el funcionamiento amigdalino. Al enfrentarse a información aversiva, individuos con un estilo positivo juzgarían dichos estímulos como menos relevantes amortiguando sus efectos (Van Reekum et al., 2007).

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No obstante, no todos los estudios fueron capaces de encontrar una localización neural discreta para la felicidad. Algunos fueron capaces de encontrar diferencias significativas en los circuitos del miedo, la ira y el asco, y sin embargo fueron incapaces de separar la tristeza de la felicidad (Murphy, Nimmo-Smith & Lawrence, 2003). En ocasiones se reporta la falta de evidencia a favor de que las emociones discretas puedan ser localizadas de manera consistente y específica en distintas regiones cerebrales (Lindquist, Wager, Kober, Bliss-Moreau & Barrett, 2012). Estudios que utilizaron videos o imaginería para inducir los estados de felicidad, reportaron que en lugar de involucrar regiones cerebrales aisladas, todas las emociones básicas se asociaron con patrones de activación dentro de una red distribuida de áreas corticales y subcorticales, sin encontrar ninguna correspondencia directa entre una emoción específica y un sitio específico del cerebro (Saarimäki et al., 2015).

Se encontró tres factores que predicen el nivel de felicidad y satisfacción con la vida: la calidad de la relación con los amigos, la madre y la pareja

Las diferencias entre estos distintos estudios pueden explicarse, en principio, a partir de las diferentes formas de conceptualización de la felicidad. La felicidad es un concepto complejo que puede contener múltiples subcomponentes, de forma tal que el uso de una única medida puede no abarcarla completamente. A su vez, puede estar influenciado por muchos factores internos y externos, desde la experiencia previa del examinado, su individualidad, su sexo, hasta el método o el material utilizado para evocar emociones y las instrucciones de cada tarea.

Cómo alcanzar la felicidad

En las múltiples definiciones de felicidad, con frecuencia se presentaban como factor común tener un objetivo en la vida, cumplir ese objetivo y tener una relación significativa con otro, siendo fundamental la posibilidad de compartir la felicidad con alguien cercano (Pąchalska & Ziółkowska, 2010). Entre adolescentes, la percepción subjetiva de eficacia en el manejo de las emociones y las relaciones interpersonales contribuyen a desarrollar expectativas positivas sobre el futuro, elevar la autoestima, sentir satisfacción por la vida y experimentar más emociones positivas.

En este sentido, la capacidad de compartir emociones positivas y construir relaciones interpersonales satisfactorias es una fuente principal de experiencias emocionales positivas (Caprara, Steca, Gerbino, Paciello & Vecchio, 2006). Asimismo, al examinar jóvenes adultos se encontró tres factores que predicen el nivel de felicidad y satisfacción con la vida: la calidad de la relación con los amigos, la madre y la pareja (Demir, 2010). Respecto a este último factor, al compararlos con solteros o divorciados, las personas con pareja mostraron una mayor satisfacción con la vida, mayor apoyo emocional y menos estrés percibido (Zhu et al., 2018).

Los beneficios no se limitarían a la felicidad autopercibida: un estudio reciente encontró que comparados con solteros o viudos, los casados tiene menor riesgo de desarrollar demencia, siendo la falta de una relación de pareja un factor de riesgo modificable (Sommerlad, Ruegger, Singh-Manoux, Lewis & Livingston, 2018).

 Comportamientos que fomentan los vínculos sociales, como por ejemplo conductas altruistas, aumentan el bienestar tanto en niños como en adultos

Los seres humanos son intensamente sociales y los datos indican que uno de los factores más importantes para la felicidad son las relaciones sociales con otras personas. Se ha señalado que uno de los mejores predictores de bienestar es la calidad de las relaciones sociales de un individuo (Diener & Seligman, 2002).

Comportamientos que fomentan los vínculos sociales, como por ejemplo conductas altruistas, aumentan el bienestar tanto en niños como en adultos (Aknin, Hamlin & Dunn, 2012; Hofmann, Wisneski, Brandt & Skitka, 2014), así como también se asocia a mejor estado de salud general y mayor expectativa de vida (Brown, Nesse, Vinokur & Smith, 2003; Borgonovi, 2008). Se ha reportado que al donar dinero se activan el área tegmental ventral y el estriado dorsal y ventral, las misma áreas cerebrales que se activan cuando se recibe. Particularmente el estriado ventral, área asociada a la generación de placer, estaba incluso más activo cuando los participantes donaban dinero que cuando lo recibían (Moll et al., 2006).

Mientras que varios estudios señalan que los individuos con más dinero son los más felices (Diener, Ng, Harter & Arora, 2010; Diener, Tay & Oishi, 2013), esa asociación no es tan fuerte como suele pensarse e incluso parece ser importante en qué gastan su dinero. Aunque la fuerza de la correlación varió de país en país, los individuos de países pobres y ricos informaron una mayor felicidad si empleaban su dinero en ayudar a los demás (Dunn, Aknin & Norton, 2014).

Siendo comprobada en niños menores de dos años (Aknin et al., 2012), y en estudios a lo largo de 120 países distintos, la capacidad de obtener alegría al dar a los demás podría ser una característica humana universal. Ayudar a los demás es incluso más gratificante emocionalmente cuando satisface la necesidad fundamental de la conexión social. Los individuos obtienen más felicidad cuando dar a los demás les da a su vez la oportunidad de conectarse con otras personas (Aknin, Dunn, Sandstrom & Norton, 2013).

Ayudar a los demás es incluso más gratificante emocionalmente cuando satisface la necesidad fundamental de la conexión social

Se ha señalado que la unión temporoparietal derecha, área implicada en tareas que requieren la capacidad de representar y comprender las perspectivas de los demás (Young, Dodell-Feder & Saxe, 2010), participa de decisiones altruistas y su volumen es mayor en individuos con inclinación al altruismo (Morishima, Schunk, Bruhin, Ruff & Fehr, 2012).

Asimismo, también han mostrado participación en el comportamiento altruista la corteza prefrontal ventromedial y el cuerpo estriado ventral o dorsal (Krueger et al., 2007; Tricomi, Rangel, Camerer & O’Doherty, 2010), vinculados anteriormente a emociones positivas y bienestar psicológico.

Nuevas investigaciones deberían examinar en profundidad cómo las buenas acciones se transforman en buenos sentimientos. Si como señala el Dalai Lama, estamos hechos para buscar la felicidad, los sentimientos de afecto, cercanía y compasión se muestran como el camino correcto.


Artículo publicado en acuerdo con la Universidad de Flores: 
UFLO es una institución educativa fundada en 1995, con el objetivo de formar ciudadanos, profesionales, técnicos e investigadores que integren su actualidad disciplinar con las necesidades sociales y ambientales. Tiene dos sedes (Buenos Aires y Comahue) y un anexo (San Miguel). Y está compuesta por las siguientes facultades: Ciencias Organizacionales y de la Empresa; Derecho, Ingeniería, Psicología y Cs. Sociales; Arquitectura y Diseño, y Actividad Física y Deporte. Ofrece carreras de grado, maestrías, doctorados y especializaciones. Para más información: www.uflo.edu.ar.


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