No estamos cuidado la salud mental del personal sanitario
Jessica Mouzo escribe en El País:
Depresión, ansiedad, ataques de pánico, estrés postraumático y abuso de alcohol u otras drogas son los trastornos más comunes entre el personal sanitario a causa de la primera ola de la pandemia. “Nos ha llamado la atención la magnitud. Anticipábamos que una cuarta ola de la pandemia iba a ser de salud mental, pero nos impacta la magnitud y la gravedad”, señala Jordi Alonso, autor principal del estudio y director del Programa de Epidemiología del IMIM-Hospital del Mar. La suya no es la primera ni la última investigación que apunta en esta dirección: un estudio del Colegio de Médicos de Barcelona señalaba que el agotamiento físico y mental de los médicos tras la primera ola era tal que una cuarta parte se planteaba incluso abandonar la profesión. Otra investigación de la Universidad Complutense de Madrid apuntaba que la mitad de los sanitarios tras la primera ola tenían cuadros de estrés postraumático.
Y añade:
“Está comprobado que los sanitarios suelen retrasar la petición de ayuda, particularmente los médicos. Por eso es importante que las personas en más riesgo tengan acceso a la ayuda que necesitan, tanto en dispositivos específicos como en grupos de apoyo lo antes posible”, sostiene Gonzalo Salazar de Pablo, psiquiatra e investigador predoctoral de la Universidad Complutense de Madrid y del Instituto de Psiquiatría, Psicología y Neurociencia del King´s College de Londres. Salazar de Pablo ha participado en un metaanálisis sobre el impacto de la covid y otros coronavirus (como los brotes de SARS y MERS) en los sanitarios y que concluía que más de un tercio presentaba insomnio, angustia psicológica y agotamiento. La perpetuación de la pandemia tampoco ayuda. “Al mantenerse tanto en el tiempo, se genera más desesperanza”, apunta Salazar de Pablo.
Las políticas públicas se han enfocado mucho en proteger la salud mental de la población general, pero ¿qué estamos haciendo para cuidar a las personas que nos cuidan?
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Por qué nos molesta tanto el silencio
María Paredes escribió un muy buen ensayo sobre el silencio en el diario El País, que explica por qué nos molesta tanto el silencio; cómo es interpretado en otras culturas y cómo genera emociones:
Nuestro afán por hablar (hasta cuando no es necesario) nos ha alejado tanto de silencio que nos ha llevado a un punto en el que hemos llegado a temerle. El Homo agitatus —término con el que nos define Jorge Freire, filósofo y autor de Agitación, por esa ansia constante por vivir cosas novedosas— “tiene pavor al silencio”. El filósofo culpa a la sociedad de la información, que nos tiene constantemente conectados a algo. “Si estás permanentemente asediado por un sinfín de estímulos, no puedes pensar en serio”, dice. Y lanza una recomendación: “Ante la promoción del bullicio constante —que siempre lleva a la idiotización— no hay mayor desacato que mantenerse quieto y en silencio”.
Y también explica cómo el silencio es signo de una buena relación:
Pero callar cuando el silencio produce pánico e incomodidad se torna complicado, tanto que mejorar esta relación con la aparente nada es trabajo de expertos. “Algunas personas creen que tener buenas relaciones implica estar constantemente hablando y saber lo que piensa el otro. Sin embargo, resulta muy positivo poder estar juntos, relajados y sin necesidad de decir algo en todo momento. De hecho, una buena relación es aquella en la que se producen espacios de silencio y aburrimiento sin que los miembros cuestionen la calidad de la misma”, apunta María José Catalina, psicóloga sanitaria. Así, el silencio se convierte en un termómetro de la confianza y la intimidad: cuando estamos a gusto, nos abandonamos placenteramente a él; cuando no, surgen esos que denominamos como incómodos.
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El coronavirus muta y el mundo intenta controlarlo
Matt Apuzzo, Selam Gebrekidan y Apoorva Mandavilli, escribieron un buen artículo en The New York Times que nos ayuda a entender cuál es la situación actual de la mutación del COVID-19:
Como es natural en todos los virus, el coronavirus ha evolucionado a medida que ha recorrido el mundo. Pero los especialistas se han sorprendido por la velocidad con la que han surgido nuevas variantes significativas, lo que hace más importante la competencia entre lo mejor que tiene el mundo para defenderse —vacunación, confinamientos y distanciamiento social— y un enemigo sumamente agresivo que está en constante cambio.
La nueva variante que afecta al Reino Unido ya ha sido encontrada en cerca de 45 países, desde Singapur hasta Jamaica, pasando por Omán, pero muchos países actúan a ciegas y no tienen idea de cuán grave puede ser el problema.
Mucho antes de que llegara la pandemia, las autoridades de salud pública habían hecho llamados para que se practicaran controles genéticos de rutina de los brotes. Pero, pese a las advertencias de tantos años, muchos países —incluyendo Estados Unidos— solo realizan una parte pequeña de los estudios genómicos necesarios para determinar cuán frecuentes son las mutaciones de los virus.
Y añaden:
Las variantes que han aparecido en Sudáfrica y Brasil son una amenaza especial para los trabajos de inmunización porque ambas tienen una mutación vinculada con una disminución de la eficacia de las vacunas. En un experimento diseñado para identificar el peor escenario, el equipo de Bloom analizó 4000 mutaciones para saber cuáles harían inútiles a las vacunas. Las mutaciones de las variantes de Brasil y Sudáfrica tuvieron el mayor impacto.
Sin embargo, independientemente de la mutación, todas las muestras de suero del estudio neutralizaron el virus, señaló Bloom, y añadió que pasarían algunos años antes de tener que adaptar las vacunas.
“Habrá mucho tiempo para anticiparnos, identificar estas mutaciones y tal vez actualizar las vacunas de manera oportuna”, afirmó.