La semana pasada tuve la oportunidad de asistir a un simulacro de juicio por jurados donde el jurado debía decidir si declaraba culpable a una mujer por el delito de homicidio agravado por el vínculo (había matado a su marido), o si consideraba que había actuado en legítima defensa.

En el caso, la señora Saenz (imputada) se había casado con el señor Saenz (víctima de homicidio) hacía 10 años. La pareja tuvo dos hijos, de 8 y 4 años al momento del hecho. Según el relato de la señora, al poco tiempo de haberse casado y a lo largo de su matrimonio, él había empezado a maltratarla y a pegarle. Siempre tenía un motivo: platos sucios, el patio de la casa sin barrer, o simplemente la comida no le gustaba. Ella era culpable si los bebés lloraban cuando él volvía del trabajo y necesitaba descansar. Era la culpable porque había sido una vaga que no fue capaz de tener la casa limpia y en silencio para que su marido, que estaba por fuera todo el día trabajando, pudiera beber una cerveza tranquilo.

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La señora Saenz había recurrido a la guardia médica en reiteradas ocasiones, y ante las preguntas de los médicos, argumentaba que sus golpes y lastimaduras eran producto de su propia torpeza, de accidentes domésticos, como caerse de las escaleras. Después de los actos violentos, siempre hubo una disculpa y una promesa de cambiar por parte del marido.

¿Por qué no se fue antes? Como mujer, ¿por qué no reaccionó antes?

El señor Saenz le había prohibido comunicarse con su hermana y con sus padres. Seis meses antes del hecho, la señora Saenz abandonó el hogar porque, según dijo, su marido había golpeado al mayor de sus hijos, y eso era algo que ella no toleraría. Pudo contactarse con un refugio para víctimas de violencia familiar donde podría pasar 3 días con sus niños, pero al cabo de ese tiempo, por las normas de la institución, debía mudarse a la casa de algún voluntario y esperar alguna oportunidad laboral. Pero estas circunstancias no fueron del agrado de la señora Saenz, pues en sus palabras, el lugar donde debía vivir, compartiendo una pequeña casilla con otras personas, no era un lugar apropiado para sus hijos; además, podrían pasar meses hasta que consiguiera una oportunidad laboral que le permitiera mejorar su situación, y por estos motivos decidió volver a su casa, con el padre de sus hijos, quien decidió castigarla por haberse llevado a los niños.

Días antes del hecho la señora Saenz sufrió la golpiza más grande por parte de su esposo, quien incluso ahora la amenazaba con un arma de fuego, tanto a ella como a sus hijos.

La hermana de la señora Saenz, en declaración testimonial, dijo haber notado que su hermana estaba muy golpeada en varias oportunidades, y si bien le dijo que contaba con ella, decidió no meterse, pues en su concepción hay ciertas cosas que las esposas deben tolerar para mantener a la familia unida.

Durante el debate secreto de los jurados, hubo una pregunta común entre todos ellos: ¿por qué no se fue antes? Como mujer, ¿por qué no reaccionó antes?

En la etapa probatoria, se llamó a prestar declaración a un psicólogo dedicado a trabajar con víctimas de violencia, especialmente de violencia familiar, que había atendido a la señora Saenz después del hecho. En su testimonio declaró que, en su opinión profesional, las conductas de la señora Saenz reflejaban de manera clara el síndrome de la indefensión aprendida.

Pero, ¿qué es la indefensión aprendida?

En pocas palabras, podríamos decir que la indefensión aprendida se desarrolla como respuesta a estímulos aversivos que resultan inescapables e incontrolables para la víctima pues, haga lo que haga, no puede evitarlos, razón por la que se somete a ellos sin oponer resistencia. Seligman y Overmier conceptualizaron a la desesperanza aprendida como un proceso cognoscitivo en el cual la formación de expectativas se ve afectada.

Para mayor información te recomendamos el amplio artículo de los licenciados Minici, Rivadeneira y Dahab, donde exploran con mayor profundidad la conceptualización y abordaje de la indefensión aprendida.

Actualmente la indefensión aprendida es relacionada con el trastorno de estrés postraumático, con características propias.

En el artículo Trastorno por Estrés Postraumático: 9 mitos, se exponen distintos criterios descritos por el DSM V como TEPT. Podríamos ubicar la relación de la indefensión aprendida dentro del criterio A, caracterizado por “exposición a muerte o amenaza de muerte, lesiones severas o violencia sexual en una (o más) de las siguientes formas: 1. Experimentación directa del/los evento/s traumático/s. 2. Ser testigo del/los evento/s mientras le ocurren a otro. 3. Enterarse de que el/los evento/s traumático/s le pasaron a un familiar o amigo cercano. En caso de muerte o amenaza de muerte a un familiar o amigo cercano, los eventos tienen que ser violentos o accidentales. 4. Experimentar exposición repetida o extrema a detalles aversivos del/los evento/s traumático/s.”

Haga lo que haga, no puede evitarlos, razón por la que se somete a ellos sin oponer resistencia

En el mismo artículo se desmiente uno de los grandes mitos acerca del TEPT: se cree que el TEPT solo afecta a las personas que son débiles, pero en realidad “no es cuestión de fortaleza o aguante emocional. Hay un número de factores que juegan un rol  respecto a si una persona que pasó por un trauma desarrollará o no dicho trastorno. El riesgo de padecerlo depende, en parte, de una combinación de factores de riesgo y factores de resiliencia. Entre los factores de riesgo podemos encontrar tener historia de enfermedad mental y no hablar con nadie sobre el trauma ni buscar apoyo. Por otro lado, factores de resiliencia que sirven como elementos protectores son: buscar apoyo de amigos o familiares luego del trauma, aprender a afrontar de forma saludable, unirse a un grupo de apoyo y sentirse bien sobre la propia reacción al trauma.”

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Muchas víctimas de violencia familiar se ven forzadas a cortar lazos con amigos y familiares por las propias presiones y prohibiciones de sus victimarios. En el simulacro de juicio, el fiscal intentó descalificar el diagnóstico de indefensión aprendida por no considerar a la imputada como una persona débil o sumisa cuando prestó su declaración, pues el acusador consideraba que una persona que había sido maltratada debía presentar un carácter sumiso, que en una situación estresante le impidiera defenderse.

La licenciada Zanetti nos explica en un interesante artículo llamado Género, relaciones de poder y subjetividad, que “en todas las clases de vínculos existe un ejercicio del poder y, según nos cuenta Foucault, eso no tiene nada que ver con la violencia, en tanto que es el abuso de este ejercicio en beneficio de uno y en detrimento del otro, lo que lo convierte en violencia”. La licenciada define a la violencia como “una fuerza utilizada para producir un daño en el intento de anular al otro como ser autónomo, pretendiendo reducirlo a la categoría de objeto para que no desee, para que no aparezcan rasgos de lo diferente, arrasando con la subjetividad de quien es lastimado, y con ella la posibilidad de decidir y razonar.”

La violencia doméstica es un patrón de comportamiento continuo, más frecuentemente usado por hombres, dirigido a controlar a las mujeres a través del poder y el miedo. Ésto es llamado control coercitivo y explica cómo los hombres extienden su dominio en relaciones íntimas, que luego aíslan a las mujeres y socavan su independencia con el tiempo.

Imaginá sentirte asustada/o en tu propia casa, y que el miedo sea causado por la persona que amás. Estás ansiosa/o, confundida/o y desvalorizada/o por el abuso soportado durante muchos años. Ahora imaginá que tenés que dejar a tu pareja y tu casa, porque ha amenazado tu vida o la de tus hijos: ¿a dónde irías?

La primera opción es quedarse con familiares o amigos por un corto tiempo, hasta encontrar un hogar alternativo. Pero quienes han perdido contacto con sus familias y amigos, o no tienen respaldo económico, recurren a refugios de emergencia.

Estos refugios suelen contar con métodos de contacto que garantizan la seguridad de las personas que reciben, pero estas personas no pueden permanecer allí por mucho tiempo. Quienes ingresan suelen ser asistidos por trabajadores sociales, psicólogos u otros profesionales que evalúan su situación y el riesgo en que se encuentran. Muy a menudo los refugios están llenos, razón por la cual mujeres y niños deben buscar otros lugares donde hospedarse mientras esperan vacantes. Durante ese tiempo, las mujeres piensan en la posibilidad de denunciar a sus parejas, acceder a asistencia financiera de emergencia y hacer lo necesario para obtener documentos importantes, entre otras cosas; pero esto es particularmente difícil si el español es su segundo idioma, o cuando tienen una discapacidad o viven en comunidades rurales aisladas. A esto se suma que les resulta casi imposible encontrar trabajo o continuar trabajando bajo estas circunstancias, y los niños suelen perder muchas clases en la escuela o necesitan cambiar de escuela. Bajo estas condiciones de presión, uno puede entender por qué algunas mujeres vuelven con una pareja violenta, especialmente cuando esta pareja pide perdón.

Otra alternativa

El hospedaje en refugios puede ser una solución, pero no una definitiva. A esto se suma que cuanto más tiempo se queda una persona en el refugio, está impidiendo el acceso de otros a esta herramienta.

Existe una alternativa a disposición de las víctimas de violencia, que permite a las mujeres y niños permanecer en sus hogares, una vez que el autor de violencia ha sido removido. Se han desarrollado en muchos países distintos programas basados en la herramienta judicial de exclusión del hogar del autor de violencia familiar, cuyos requisitos y reglamentación varían de país en país. En Argentina, el Congreso Nacional ha sancionado la ley Nº 24417 de protección contra la violencia familiar, y así también lo han hecho las distintas provincias que, a su vez, han habilitado diversos centros de asistencia a las víctimas dedicados a brindar asesoramiento jurídico gratuito a las víctimas de violencia familiar y delitos en general.

¿Cómo podríamos apoyar a las víctimas y cómo podríamos mantenerlos a salvo?”

Esta herramienta ofrece mayor estabilidad a las mujeres y niños, a la vez que envía un mensaje a las personas violentas por parte de la sociedad de que su comportamiento es inaceptable. Pero debemos recordar que la seguridad de las víctimas de violencia doméstica no se garantiza simplemente excluyendo al agresor del hogar, sino que es preciso dotar a las víctimas con una red de apoyo bien coordinada para mantenerlas seguras.

En lugar de preguntarnos “¿por qué simplemente no se va?”, sería más apropiado preguntarnos “¿como podríamos apoyar a las víctimas y cómo podríamos mantenerlos a salvo?”, “¿cómo podemos hacer responsables a los autores de sus actos violentos?”.

Fuente: Theconversation.com
Imagen: Marcela Aberhard