“Contrario a la creencia popular, la radicalización dirigida al terrorismo no es producto de la pobreza, de lavados de cerebro, de inmadurez juvenil, ignorancia o falta de educación, desempleo, falta de responsabilidad social, criminalidad o inestabilidad mental. La movilización de los jóvenes hacia este fenómeno social se basa en la amistad y el parentesco.”

Sageman, M. The Next Generation of Terror (2008) 

Una escena memorable en la película “Los Juicios de Nuremberg” (1961), de Stanley Kramer, muestra el momento en que un juez nazi a la espera del juicio, negado a creer que, efectivamente, el régimen de Hitler ha matado a millones de personas, se dirige a uno de los oficiales que había estado encargado de los campos de concentración. “Paul —le dice— ¿Cómo es posible que hayamos matado millones de personas? ¡Millones de personas! Anda, explícales ¿Cómo puede ser eso posible?” A lo cual su interlocutor responde:

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“Es posible. La técnica es sencilla, depende de los medios de que se dispone. Digamos que dispones de dos cámaras capaces para 2 mil personas. Calcula: se pueden ejecutar 10 mil personas en media hora, y lo puedes hacer con pocos guardianes, les dices que van a tomar una ducha y, en vez del agua, les das el gas. Lo difícil no es matarlos, deshacerse de los cadáveres es el problema”.      

Una revisión biográfica de algunos de los personajes más crueles y a la vez trascendentales de la historia, nos llevaría en poco tiempo a notar que, más que poder referirnos asertivamente a un déficit de raciocinio, era destacable en ellos una capacidad excepcional de abstracción, análisis y razonamiento que, sumada a otras facultades altamente desarrolladas, dotaba a tales figuras de un gran poder de influencia y eficacia en su accionar. Los actos más atroces de la historia han nacido de la afinidad colectiva, la racionalidad y la eficiencia de mentes funcionales más que de la discapacidad intelectual y lo psicopatológico.

LOS ACTOS MÁS ATROCES DE LA HISTORIA HAN NACIDO DE LA AFINIDAD COLECTIVA, LA RACIONALIDAD Y LA EFICIENCIA DE MENTES FUNCIONALES

Comúnmente, los factores que se vinculan con el emerger de un grupo terrorista son la pobreza, la falta de educación u oportunidades, la desigualdad social, el fanatismo religioso y la existencia de alguna psicopatología; no obstante, estos supuestos que en el pasado se consideraban indicadores infalibles de predicción o predisposición, han pasado a ser vistos como señales engañosas luego de numerosas investigaciones realizadas tanto en el campo de la psicología como de la psiquiatría y la antropología; insistir en que son estos elementos la causa de la conducta terrorista es insistir en un razonamiento simplista que dificulta alcanzar un grado de comprensión más profundo del fenómeno.

“Muy pocos individuos directamente vinculados con el terrorismo resultan ser de tratamiento psicológico; aquellos que lo son, tienden a serlo cuando ya no están activamente involucrados. Algunos sufren de trastorno de estrés post-traumático, que es por definición una serie de síntomas que se desarrollan como resultado de experiencias violentas, y no un factor de predisposición.”  

  Lord Alderdice. The Individual, the group and the psychology of terrorism (2007)

¿Yo soy yo y mis circunstancias?

En Psychology of Terrorism and Radicalization (2015), Gina DeJacimo, de la unidad de Ciencias Políticas de la Universidad de Akron, escribe: “Es importante notar que los perfiles económicos no son buenos indicadores respecto a si alguien va o no a unirse a una célula terrorista. Las condiciones económicas desfavorables pueden exacerbar sentimientos de injusticia y desconfianza en el gobierno, pero no motivan necesariamente a cometer actos violentos de terrorismo”. DeJacimo se apoya en la mención de estudios realizados por Krueger y Maleckova (2002), según los cuales la ocurrencia de crímenes violentos —incluyendo homicidios— no guarda relación con las oportunidades económicas, vínculo que sí se reconoce en los crímenes contra la propiedad, donde influyen los bajos niveles de ingresos y de escolaridad.

Esta postura es respaldada por de Marc Sageman, psiquiatra de la Universidad de Pensilvania, en su informe: Understanding Terror Networks (2004). Luego de examinar una muestra de 400 terroristas extremistas, Sageman halló que el 90% provenía de familias “intactas” y el 63% había ido a la universidad, resultados que coincidían con el perfil de los implicados en el 11-S, quienes contaban con estudios superiores (algunos a nivel de posgrado) y provenían de familias acomodadas de Arabia Saudí y Egipto.

LOS PERFILES ECONÓMICOS NO SON BUENOS INDICADORES RESPECTO A SI ALGUIEN VA O NO A UNIRSE A UNA CÉLULA TERRORISTA

No se sugiere que la pobreza y la desigualdad social deban ser excluidas de la lista de factores influyentes (desde luego, no todos los terroristas provienen de contextos socioeconómicos favorables); se plantea que no constituyen factores causales. En palabras de Scott Atran, antropólogo especialista en terrorismo y director del Centre National de la Recherche Scientifique de París: “Las personas marginadas son especialmente susceptibles a los cantos de sirena de la yihad, pero también lo son los jóvenes de clase media que quieren dejar su huella en el mundo (…) La yihad está ofreciendo a estos jóvenes gloria, aventura e importancia, y son precisamente ellos quienes menos tienen que perder, y quienes son más propensos a arriesgar su vida(Marín, 2015).

¿Un fenómeno de carácter religioso?

Investigaciones realizadas por Scott Atran concluyen que la mayoría de los integrantes del grupo terrorista ISIS no cuentan con ningún tipo de educación religiosa tradicional: “Les preguntamos: < ¿Qué es el Islam? >, y respondieron: < Mi vida >. No sabían nada acerca del Corán o el Hadiz, o de los primeros califas, Omar y Othman, pero habían aprendido el Islam de la propaganda de Al Qaeda e Isis, donde les habían enseñado que los musulmanes como ellos estaban condenados a la eliminación al menos que eliminaran primero a los impuros” (Atran, 2015).

La religión constituye, dentro de la organización terrorista, una herramienta para reclutar, solidificar vínculos y reafirmar el sentido de pertenencia, no obstante, y citando a Max Abrahms, experto en terrorismo de la Universidad de Northeastern, quienes se unen a grupos terroristas suelen ser “las personas más ignorantes en materia religiosa, y son por lo general los miembros más nuevos del culto. Probablemente reprobarían el examen más básico en Islam” (Banco, 2014).


Scott Atran (2015). On Youth, Violent Extremism and Promoting Peace: 

“La noción popular de un “choque de civilizaciones” entre Islam y Occidente es lamentablemente engañosa. El extremismo violento no representa el resurgimiento de las culturas tradicionales sino su colapso, en tanto los jóvenes sin raíces en las tradiciones milenarias se encaminan en busca de una identidad social que les dé significado personal y gloria (…) Se radicalizan para encontrar una identidad firme en un mundo aplastado (…) Los jóvenes cuyos abuelos eran animistas Sulawesi de la Edad de Piedra, muy alejados del mundo árabe, me han dicho que sueñan con combatir en Irak o Palestina en defensa del Islam.”

Radicalización y terrorismo: ¿psicopatología o búsqueda del “yo”?

El psiquiatra y psicoterapeuta John Lord Alderdice del Harris Manchester College (Universidad de Oxford), con experiencia en conflictos políticos y terrorismo internacional, sostiene que muy pocos miembros de los grupos radicales terroristas son “mentalmente inestables” por el simple hecho de que individuos con un grado severo de psicosis representarían un alto riesgo para la organización, argumento con el que coincide Clark McCauley, psicólogo social e investigador del National Consortium for Study of Terrorism and Responses to Terrorism (NC-START):

“Imagine que es usted un terrorista viviendo una existencia subterránea, aislado de todos pero con muy pocos que comparten sus objetivos. Su vida depende de los otros miembros de su grupo. ¿Le gustaría que alguien en su grupo sufriera de algún tipo de psicopatología? ¿Alguien de quien no se pueda depender, alguien fuera de contacto con la realidad? Por supuesto que hay pistoleros solitarios que matan por causas políticas, y esas personas pueden, de hecho, sufrir algún tipo de psicopatología, pero los terroristas en grupos, especialmente los grupos que pueden organizar ataques que tienen éxito, suelen hallarse dentro del rango de la normalidad.”

Buscar las raíces del terrorismo en el individuo, planteando una hipótesis de determinismo social o inestabilidad mental, es formular una ecuación imprecisa. Los resultados de las investigaciones plantean que el terrorismo es, en cambio, un movimiento impulsado por un intenso proceso de dinámica de grupos en el que influyen estructuras históricas, económicas, políticas y culturales a nivel colectivo, así como una psicología dentro del rango de la normalidad. Estudios han identificado, además, “un principio psicológico universal de miedo inconsciente a la muerte y un deseo de sentido y significancia personal” (Williams, 2015); detrás del terrorismo se esconde, en otras palabras, una profunda necesidad de pertenencia, de identidad.  

“LAS PERSONAS MÁS IGNORANTES EN MATERIA RELIGIOSA, Y SON POR LO GENERAL LOS MIEMBROS MÁS NUEVOS DEL CULTO. PROBABLEMENTE REPROBARÍAN EL EXAMEN MÁS BÁSICO EN ISLAM”

Yo era el típico canadiense de todos los días antes del Islam. Tenía dinero, tenía una familia y buenos amigos. No es que yo fuera un inadaptado social, o un anarquista, o alguien que solo quiere destruir el mundo y matar a todos. No, yo era una buena persona y los muyahidines* son personas normales también… que tienen vidas, como cualquier otro soldado de cualquier otro ejército (…) Nosotros necesitamos ingenieros, doctores, profesionales, voluntarios… Todos pueden contribuir al Estado Islámico. Hay un sitio para todos.

En julio de 2014, ISIS publicó un vídeo de 11 minutos en el que un joven canadiense, André Poulin, daba su testimonio como miembro de las filas del Estado Islámico. El término muyahidín hace referencia a quienes siguen la yihad (esfuerzo espiritual/militar, “dar la vida por causa de Alá”).  

En Psychology of Terrorism and Radicalization, DeJacimo (2015) se refiere a los fines del terrorismo como parte de una serie de necesidades humanas generales (estima, logro, significado, competencia, control y demás). “Cuando uno no tiene un propósito de vida claramente definido o una identidad personal sólida, a menudo se vuelca en una identidad colectiva que le provea esa especie de garantía de autoestima”, describe DeJacimo, mientras que Scott Atran insiste en la búsqueda de un destino especial por el cual luchar, y que deriva en el establecimiento de un fuerte vínculo basado en el compañerismo y la lealtad; un amor por el grupo. No son personas que carezcan de habilidades empáticas, sino que se comprometen empáticamente con una red con la cual se identifican.

La creencia en que tomar parte del movimiento ofrecerá recompensas sociales y psicológicas, tales como aventura, camaradería y un profundo sentido de identidad, se halla entre los factores que John Horgan, psicólogo e investigador especialista en terrorismo, asocia con una mayor apertura al reclutamiento y la radicalización (Apa.org., 2009). Influyen, además, atributos como:  

  • Una sensación de enojo, alienación o desencanto.
  • La convicción de que su realidad política no les brinda la oportunidad de ejercer poder para efectuar un cambio real.
  • Identificarse con quienes perciben como víctimas de la injusticia social contra la cual se comprometen a luchar.
  • Una necesidad de tomar acción en lugar de solo discutir sobre el asunto.
  • La certeza de que comprometerse violentamente en contra del Estado no es inmoral.
  • La tenencia de amigos o familia que simpaticen con la causa.
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Para Max Taylor, psicólogo especialista en el tema: “El gran problema con el terrorismo es que tendemos a interpretarlo desde nuestra perspectiva, basándonos en lo que tiene sentido para nosotros. Esa no es la manera: la manera es hacerlo desde lo que tiene sentido para ellos” (Apa.org., 2009).

Las raíces del terrorismo se ubican más allá de los elementos meramente sociopolíticos o culturales a los que comúnmente se hace referencia; tampoco puede explicarse el movimiento desde el terreno de la conducta anormal. De la divulgación científica y el abandono colectivo de la estigmatización depende no solo el desarrollo de estrategias de contraterrorismo y desradicalización no-violentas, sino también la puesta en marcha de medidas preventivas a nivel social para un fenómeno cuyo alcance global es incuestionable.   

Artículos que te pueden interesar:

Bibliográfia

Apa.org. (2009). Understanding Terrorism.

Banco, E. (2014). Why Do People Join ISIS? The Psychology Of A Terrorist. International Business Times.

BLOGS.PLOS.ORG. (2015). Scott Atran on Youth, Violent Extremism and Promoting Peace

DeJacimo, Gina. (2015) The Psychology of Terrorism and Radicalization. Honors Research Projects. University of Akron: Ohio’s Polytechnic University. Paper 62.

Marín, C. (2015). Radiografía del cerebro terrorista.

McCauley, C. (2015) The Psychology of Terrorism.

Lord Alderdice, J. (2007) The Individual, the group and the psychology of terrorism. International Review of Psychiatry, 19(3), 201-209

Psychology Today. (2015). The Psychology of Terrorism.

Sageman, M. (2008) The Next Generation of Terror. Foreign Policy, 165(1), 36-42

Sageman, M. (2004). Understanding Terror Networks.  Philadelphia: University of Pennsylvania Press. 184 pp. 

Williams, Ray (2015). The Psychology of Terrorism.

Rita Arosemena P.
Graduada en Comunicación y especialista en Educación Superior. Amante de la literatura, el arte y las ciencias (y del café. El café no se lo toquen). Le interesan especialmente la neuropsicología, la psicología evolutiva y la psicopatología. Le apasiona la música francesa y no tiene nada contra Freud.