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The Economist es una de las revistas más influyentes sobre políticas y economía a nivel mundial. Hace unas semanas publicó un impactante artículo sobre la disparidad de los fondos destinados para la investigación de la salud mental en comparación con la investigación del cáncer o las enfermedades cardiovasculares, aún cuando se sabe que los trastornos mentales representan gastos altísimos del presupuesto.

Por ejemplo, el Foro Económico Mundial estimó que para el año 2030, el gasto acumulativo de los trastornos mentales será de 6 trillones de dólares y, según la OECD, los trastornos mentales representan pérdidas del 4% del PIB a causa de los efectos que tiene en la productividad de las personas.

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El artículo está en inglés pero los colegas de Infocop publicaron una revisión bastante completa:

El autor del artículo denuncia la gravedad, extensión y coste que está suponiendo esta manera de proceder que deja de lado la salud mental. Tomando como ejemplo el Reino Unido, los problemas derivados de la mala salud mental de la población suponen una pérdida equivalente al 4% del PIB, en términos de productividad, gastos asociados a discapacidad y atención sanitaria. Se da la circunstancia, además, de que los trastornos mentales están afectando mayoritariamente a la población joven, en edad de producir, de tal manera que se está socavando el soporte de la productividad de los países. El texto refleja la situación que se está produciendo en países como Suecia, donde las tres quintas partes de las nuevas reclamaciones de incapacidad laboral están asociadas a problemas de salud mental, y añade otros datos de importante consideración, como el hecho de que las personas con trastornos mentales tienen un mayor riesgo de muerte prematura, con una esperanza de vida entre 15 y 20 años por debajo de la población general.

El autor califica de “insignificante” el respaldo económico que reciben los trastornos de salud mental, sobre todo, en el ámbito de la investigación, a pesar de la gran demanda e impacto económico que suponen. Ni siquiera en países como Reino Unido, probablemente uno de los países que más se está preocupando en impulsar el avance en salud mental, se están destinando los recursos económicos adecuados. Así, en este país, sólo el 5,5% de la financiación destinada a salud se dedica a la investigación en salud mental, lo que supone que mientras la inversión en investigación en cáncer por paciente asciende a las 1.500 libras al año, en salud mental no llega a las 10 libras.

Pero esto es lo más sorprendente:

(…) un informe reciente del Grupo de Investigación Económica en Salud del Reino Unido ha determinado que por cada libra que el gobierno británico invierte en la investigación en salud mental, la economía obtiene una ganancia de 37 libras al año, en beneficios derivados de una mayor productividad y de una reducción en costes sanitarios. De esta manera, la inversión que se ha realizado en impulsar la intervención temprana en psicosis en este país, actualmente“se ha recuperado con creces.

Si la disparidad de fondos para la salud mental es tan grande en los países líderes en investigación, entonces no me quiero imaginar cómo será la brecha de investigación en nuestros países latinoamericanos.

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