Yo no creo en la psicología…
Mi tío Coco era un tipo bastante singular.
No voy a decir malo, o perverso, porque no alcanzaba esos estándares, pero sí prejuicioso, áspero, y bastante descalificador.
Cuando me recibí, hice una Reunión en casa. En un momento se me acerca, con esa sonrisa tan suya que nunca auguraba nada bueno, y me dice:
– ¿Qué mierda estudiaste? ¿Para qué te va a servir? Vos tenés que hacer como Beti, que estudia para Contadora. ¡Eso es una Carrera! ¡Lo tuyo es cualquier cosa!
99 colegas ya están en el directorio
Directorio Pro
¿Eres psicólogo? Los miembros Pro aparecen aquí
Ver los 99– No sé, Tío – alcancé a decirle, perplejo – A mí me gusta.
Vos tenés que hacer como Beti, que estudia para Contadora. ¡Eso es una Carrera!
Hizo un gesto despectivo con la mano, se dio media vuelta, y volvió a incorporarse a la reunión.
Mi Tío Coco era tornero, hijo de Gallegos, tenía una carpintería en la que se amasijaba todo el día
Si tenía algún problema, se lo guardaba. De última, se iba a jugar a las bochas al club, se tomaba una Hesperidina, y eso lo despejaba. Ir al Psicólogo era algo que no entraba en su angosta cosmovisión.
No creía en la Psicología.
Los que iban al Psicólogo iban a tirar la plata, a perder el tiempo, o eran putos.
El menemismo lo destruyó. Su trabajo en la carpintería fue mermando y, sumado a la muerte de sus padres, y a una sucesión mal encarada, terminó endeudado hasta la ruina, alejado de sus hermanas, y comenzó su debacle. Se volvió taciturno, hosco, silencioso. Una sombra.
Una noche, mi tía, en medio del sueño, escuchó unos ruidos en el patio. Tanteó la cama, y vio que mi tío no estaba. Abrió la persiana con un presagio urgente, y lo vio, arrodillado, en calzoncillos, llorando un llanto quieto, con su revólver apoyado en la sien.
El grito de mi tía trajo a mi primo a la escena y, entre ambos, lograron convencerlo de que no lo hiciera.
Al día siguiente, me llamaron, y Marcela, que trabajaba en Hospital, y tenía algunos contactos, logró que lo internaran en el Alvear. Ella estuvo muy presente en aquel proceso. Mi tío la quiso mucho, tanto como la valoró, creo que más que a mí, aunque esa medida sea más bien exigua.
Diagnóstico: Depresión.
Los psicólogos me salvaron la vida
Fue un proceso largo y pedregoso. Cuando salió, restablecido, consiguió un trabajo, y organizó nuevamente su vida.
Mi tío Coco ya falleció, pero me guardo a fuego las palabras que me dijo, calado en lágrimas, avergonzado, cuando se recuperó:
– ¿Qué cosa, no? Pensar lo que te dije cuando te recibiste, y resulta que Marcelita y los Psicólogos me salvaron la vida.
– Ya está, Tío, ya está – le dije, palmeándole un brazo – lo importante es que estás bien.
Cuando alguien me dice, con sorna y superioridad, que la Psicología no sirve, o que no cree en esas cosas, siempre me acuerdo de mi tío Coco.
Y no puedo evitar sonreír.
Post previamente publicado en el Grupo de Facebook: Psicologas y Psicologos en Argentina y publicado en Psyciencia con el permiso del autor.
Imagen: Hartwing (Flickr)