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A partir de la sanción de las leyes de Protección Integral de los derechos de las Niñas, los Niños y Adolescentes (26.061), del Programa Nacional de Educación Sexual Integral (26.150) y la ley de “Educación Nacional” (26.206) se normativiza que la Educación Sexual debe ser obligatoria, continua y transversal a todos los niveles de la Educación formal.

La educación en materia sexual es intencional. A veces activa y explícita y otras implícita, como parte de los procesos de socialización cultural y como matriz generadora de aprendizajes que delinearan los comportamientos pretendidos para los géneros y esperables para las distintas etapas de la vida. Influirá en la vida de los sujetos regulando sus comportamientos sexuales, construyendo su identidad, demarcando el ejercicio de los roles y la manera de vinculación con los otros.

La vida escolar con sus regulaciones y prácticas, transmite saberes y reproduce creencias respecto de lo prohibido y permitido; lo esperable y lo valorado. También favorece vínculos y reproduce estereotipos que no contribuyen a la inclusión igualitaria de los protagonistas del escenario escolar.

En el Nivel Medio, se requiere atender las inquietudes e intereses propios de la edad, posibilitando la participación activa del alumnado ofreciendo la igualdad de oportunidades, promoviendo la convivencia, la solidaridad y el fortalecimiento de los procesos de construcción de autonomía, que posibilitan el respeto por la orientación sexual, las identidades de género, la apariencia física, las identidades étnicas, culturales, etc.

Los adolescentes requieren acceder a información sobre los marcos normativo y jurídico que garantizan sus derechos en general y sus derechos sexuales y reproductivos en particular

Pero, la percepción de los jóvenes por parte de los adultos dificulta el acercamiento, en ocasiones signada por la negación o la invisibilidad. Se nos presentan de antemano como sujetos faltos de iniciativa y participación, incompletos y desde la mirada clásica del proceso de formación, donde aún es impreciso dotarlos de propia voz y sin reconocimiento de las singularidades. Los adolescentes requieren acceder a información sobre los marcos normativo y jurídico que garantizan sus derechos en general y sus derechos sexuales y reproductivos en particular.

Desde el rol docente, enseñar Educación Sexual Integral (ESI) invita a revisar la propia práctica, los paradigmas aprendidos sobre la sexualidad, los estereotipos que condicionan el ejercicio de los roles, desandar los prejuicios que se traen con relación al estudiante adolescente y sin perder de vista la necesaria articulación del trabajo docente con la comunidad, en virtud de multiplicar hacia los hogares lo trabajado en las aulas.

Enseñar en la Nueva Escuela Media hoy-y ESI en particular-, implica instalar el debate para que la palabra se vuelva aliada del placer, correrse de la responsabilidad como propiedad del adulto y dotar a los adolescentes del poder de la decisión sobre sus actos.

Pero aún existen en los docentes ideologías obstaculizadoras,-tal vez producto de una matriz docente biologicista- donde se reproduce el esquema reduccionista que iguala sexualidad con aparato reproductor y que anula la intención de la nueva ley de ESI.

Todo esto nos insta a los docentes a sumar formación en más aspectos que los cognitivos y técnico pedagógicos

La nueva ley, invita a entender a la sexualidad en sentido amplio, incluyendo lo social, psicológico, biológico, jurídico, espiritual, ético y lejos de la concepción biologicista de sexualidad como genitalidad. Implica pensar un modelo que pueda incluir la promoción de la salud, la valoración de niñas, niños y adolescentes como sujetos de derecho, el respeto a la diversidad, el rechazo a la discriminación, la igualdad de oportunidades, el desarrollo de competencias psicosociales (expresión de emociones y sentimientos, capacidad para tomar decisiones, enfrentar la presión de pares, el conocimiento de sí mismo, las relaciones interpersonales), la afectividad, el conocimiento, la valoración y cuidados del cuerpo propio y ajeno, los valores (solidaridad, amor, cooperación, respeto a la intimidad propia y ajena, respeto por la vida e integridad de las personas y por el desarrollo de actitudes responsables) y la participación de las niñas, niños, adolescentes junto a sus familias.

El contexto actual, mediado por las Tecnologías de la Información y Comunicación (TIC), presenta el desafío de adaptación a nuevas formas de vinculación intergeneracional. Paradójicamente, la juventud ya no es valorada como la flor de la vida y debido a la mediatización de los dispositivos digitales, se la percibe como una época oscura, velada y poco abordable. Autores como Débora Kanter señalan que este fenómeno también está favorecido por la disolución de la adolescencia causada por una “adultización” temprana producto de la maternidad y paternidad prematuras. Ahora bien, sobre estas condiciones se debe asumir el rol de referente, no para marcar el camino a seguir, sino por el contrario, para que el sujeto no se quede sin camino. Es responsabilidad de los docentes construir el marco adecuado para mejorar la educación. Ante esta resignificación de lo social, los adolescentes buscan romper y confrontar con el adulto en pos de construir su identidad. Será entonces la función del adulto acompañar y soportar la confrontación.

Todo esto nos insta a los docentes a sumar formación en más aspectos que los cognitivos y técnico pedagógicos. Adquirir competencias socioemocionales permitirá asumir el rol de formador a partir de la propia madurez emocional.

Para terminar, no hay que negar ni perder de vista que la modernización, ha traído consecuencias visibles e inmediatas entre los jóvenes que son agravadas por la pobreza y la exclusión. Las pocas oportunidades y los cambios sociales demandan producir nuevas condiciones para fomentar la esperanza y la resiliencia de las juventudes, la preservación de la vida y las opciones adecuadas para expresarse culturalmente y contribuir a su entorno. Las manifestaciones culturales específicas de los jóvenes son espacios de participación valiosos que los presenta como sujetos sociales, con voz propia, legítima y autónoma. Sumándolos y generando un nuevo pacto de corresponsabilidad y colaboración entre generaciones, es posible fundar las nuevas estrategias para el desarrollo y la orientación existencial.

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