En 2014, el expresidente uruguayo José “Pepe” Mujica dio un discurso memorable en la cumbre de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) acerca de la libertad que posee cada individuo de fijar el horizonte de su vida. En su monólogo, Mujica expresó:

“Puedes darle un contenido (a la vida) o enajenarla y que te la compre el mercado, entonces te la pasas comprando cacharros y pagando tarjetas, y después estás viejo como yo, lleno de reumatismo. ¿Y qué hiciste en este mundo?

Pero si tuviste un sueño y peleaste por una esperanza, e intentaste transmitirla a los que quedan, tal vez quede un pequeño aliento (de ti) rodando en las colinas, en los mares… un pálido recuerdo que vale más que un monumento, que un libro, que un himno, que una poesía. La esperanza humana que se va realizando en las nuevas generaciones”.

Estimado lector o lectora, usted y yo vamos a morir. El filósofo alemán Martin Heidegger lo hubiese dicho empleando eufemismos técnicos, como “la muerte es la posibilidad que habita todas las posibilidades” o “la muerte es la única verdad absoluta”, pero el hecho final, el punto concluyente, es que usted y yo, sin saber cómo ni cuándo ni dónde, vamos a morir, y que pese a la naturalidad de este evento y aun siendo conscientes de que puede ocurrir mañana mismo, es probable que todavía hoy nos empeñemos en dedicar nuestro efímero paso por el mundo a llevar una vida que no nos apasiona. Que no tiene alma.  

Pero, ¿qué es una vida con sentido? ¿De qué sirve definir un sentido o propósito cuando se puede, cómodamente, existir sin él? De la misma forma en que empleo el verbo existir porque creo ciegamente que vivir debe reservarse para la plenitud del acto y no para ensayos o malformaciones, defiendo la tesis de que abrazarse a una causa equivale a abrazarse a la fuente misma de la vida. Quien tiene un sentido tiene un por qué que lo salva del abismo de la desesperanza, la cual Viktor Frankl decía puede explicarse mediante la ecuación:

D = S – P

Desesperanza igual a sufrimiento menos propósito de vida. Desesperanza igual a vacío, a carencia de significado, a despojo inauténtico.

Tengo la convicción de que el concepto sentido o propósito no debe ser confundido con uno, tan superfluo y volátil como plan, y la razón es que nos pasamos toda una vida haciendo planes que responden a factores externos, como la aceptación social, el reconocimiento público o cuánto dinero hemos de ganar, paradójicamente, haciendo algo que ni siquiera nos gusta.

Los planes de vida parecen conducir invariablemente a paliativos que postergan la gran duda existencial. Así, nos refugiamos cómodamente en el silogismo moderno:

Yo tengo – Yo valgo – Yo soy

Sin saber que aquello es pender de un hilo amenazado por la inminencia de la pérdida, y cuando sucede que perdemos, pasamos inevitablemente de serlo todo a ser nada.

Pero si no somos nuestras posesiones y tampoco somos nuestros méritos, ¿qué somos? El filósofo francés Jean Paul Sartre dijo en una ocasión: “Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros”. En el dolor de la pérdida, en la desesperación de lo insólito, en el terror a lo desconocido, una persona es lo que hace con lo que hicieron de ella, es el árbol que crece lenta y silenciosamente del brote de una semilla enterrada en una fisura de concreto.

Veo esta idea del árbol que crece como la analogía de un principio oriental llamado Wu-Wei, o Principio de inacción. Según la filosofía taoísta, la inacción es fácilmente observable en una flor durante su estado de floración, por el simple hecho de que la flor no hace absolutamente nada, salvo florecer. No le interesa de qué color o tamaño serán sus pétalos, tampoco le perturba si la flor de al lado será más bonita o si el árbol de enfrente le dará sombra; el propósito de la flor es florecer, así que florece y solo por eso es perfecta.  

 

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Existe una larga lista de maestros espirituales que hablan con gran propiedad acerca de cómo hallar un sentido o propósito en la vida. Personalmente, estoy en contra de la aplicación innecesaria de procedimientos complejos, y por eso concuerdo con Wayne Dyer en que todo se resume a una serie de preguntas:

¿Qué te hace feliz?

¿Qué te inspira?

¿Qué te hace sentir vivo?

Contrario a lo que nuestra sociedad fundamentada en el consumo y el arraigo a la seguridad económica nos enseña, ninguna respuesta es estúpida, ninguna pasión auténtica es un absurdo. No en vano conviene recordar en todo momento que usted y yo vamos a morir, y si cuando eso suceda nadie lo hará por nosotros, es prudente impedir también que alguien viva por nosotros.

Las voces de la razón puede que se muestren reticentes ante mi argumento, porque “mucho New Age y mucha Psicología Transpersonal”. Me declaro doblemente culpable, pero en mi defensa diré que este artículo nace más del miedo que de la influencia temática, uno que considero debería ser colectivo: el miedo a no atrevernos a vivir hasta que ya estemos para morirnos.

Hay un poema, erróneamente atribuido a Borges, cuya autora original sería una escritora norteamericana llamada Nadine Stair. En su traducción fue titulado “Instantes”, y reza en algunos de sus fragmentos:

Si pudiera vivir nuevamente mi vida,

en la próxima trataría de cometer más errores.

Yo fui una de esas personas que vivió sensata y prolíficamente

cada minuto de su vida.

Claro que tuve momentos de alegría, pero si pudiese volver atrás,

trataría de tener solamente buenos momentos.

Por si no lo saben, de eso está hecha la vida, sólo de momentos.

No te pierdas el ahora.

Si pudiera volver a vivir, comenzaría a andar descalzo a principios de la primavera

y seguiría así hasta concluir el otoño.

Daría más vueltas en la calesita, contemplaría más amaneceres y jugaría con más niños,

si tuviera otra vez vida por delante.

Pero ya ven, tengo 85 años y sé que me estoy muriendo.

Hemos construido un sistema de consumo perfecto en el que podemos salir a la calle y comprar cualquier cosa, salvo la única que constituye el tesoro más preciado de la vida humana: tiempo. El tiempo genera la ocasión de vivir, y es en ella en la que el individuo tiene dos opciones: mantenerse al margen de su propia libertad, convencido de que todo en la vida le ha sido impuesto y que su única alternativa es seguir las huellas trazadas, o hacer de su voluntad un navío indestructible que lo encause a una vida con propósito, a la felicidad absoluta que consiste en hallarse a uno mismo en el camino hacia aquello que lo inspira.

Estimado lector o lectora: si hay en usted la dicha de haber encontrado ya una pasión que encienda su espíritu, no la apague con las manos que han de mantenerla encendida ni permita que ahoguen su fuego.

Usted y yo vamos a morir, es un hecho. ¿Qué le parece si, mientras tanto, vivimos?

Rita Arosemena P.
Graduada en Comunicación y especialista en Educación Superior. Amante de la literatura, el arte y las ciencias (y del café. El café no se lo toquen). Le interesan especialmente la neuropsicología, la psicología evolutiva y la psicopatología. Le apasiona la música francesa y no tiene nada contra Freud.