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Los orígenes de la conducta humana han sido sin duda una de las mayores intrigas que hemos intentado develar desde el inicio de los tiempos. Pasando por la teoría de la tábula rasa de Artistóteles y la teoría de las ideas preconcebidas, todo ha conducido a una discusión entorno a si el comportamiento «nace o se hace», si acaso somos lo que somos de fábrica o todo constituye un producto de la experiencia.

La agresión queda, por supuesto, en la lista de las cualidades humanas más interesantes tanto para los científicos como para los literatos y humanistas. Para Freud en «El Malestar en la Cultura», el ser humano era por naturaleza una criatura violenta capaz de humillar, violar y asesinar a sus semejantes, y no un ser lleno de bondad como lo pintaban algunas creencias religiosas.

A todo esto, los estudios postmodernos han venido a mostrarnos una visión más equilibrada de la realidad a la que suma puntos una publicación realizada hace poco por la revista PLOS ONE. El artículo describe los hallazgos de un grupo de investigadores de la Universidad de Montreal que investigó los factores genéticos y ambientales en la infancia vinculados con el comportamiento agresivo.

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Los científicos observaron un grupo de 555 pares de gemelos para comparar incidencias de comportamiento agresivo proactivo y reactivo. Sus hallazgos muestran que, a los 6 años, ambos tipos de agresión comparten la mayoría de los mismos factores genéticos, pero el comportamiento tiende a disminuir en la mayoría de los niños a medida que envejecen.

La agresión proactiva se define como la conducta física o verbal destinada a dominar u obtener una ventaja personal a expensas de los demás. La agresión reactiva se refiere a una respuesta defensiva a una amenaza percibida.

Como es afuera ¿es adentro?

Los investigadores también encontraron que, entre las edades de 6 y 12 años, cualquier aumento o disminución en la agresión parece estar influenciado por varios factores ambientales y no por la genética. Según los autores del estudio, los seres humanos muestran los niveles más altos de comportamiento agresivo hacia sus compañeros entre los 2 y 4 años. A medida que los niños crecen, aprenden cómo manejar sus emociones, comunicarse con los demás, lidiar con los conflictos y canalizar sus impulsos agresivos, ya sean proactivos o reactivos.

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Los hallazgos del estudio revelan que los factores genéticos que influyen en la agresión a los 6 años son diferentes a los asociados con cambios en el comportamiento hasta la edad de 12 años. En otras palabras, hasta los 6 años se aprecia un notable proceso de maduración genética común, incluida la maduración cognitiva de funciones como la planificación, la toma de decisiones, el control y la concentración. De aquí en adelante, entran en juego los factores sociales y cómo estos van moldeando la conducta del niño.

Los investigadores opinan que estos resultados implican un impacto directo en las prácticas clínicas y los programas de prevención de la conducta agresiva reactiva y proactiva, específicamente para ofrecer apoyo a las familias e intervenciones en las escuelas que ayuden a reducir y corregir los factores de riesgo en el entorno.

Fuente: PsychCentral; PLOS ONE

Rita Arosemena P.
Graduada en Comunicación y especialista en Educación Superior. Amante de la literatura, el arte y las ciencias (y del café. El café no se lo toquen). Le interesan especialmente la neuropsicología, la psicología evolutiva y la psicopatología. Le apasiona la música francesa y no tiene nada contra Freud.

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