Hacer ejercicio esta de moda. Ya no es sorprendente ver las plazas, costaneras y gimnasios llenos de personas ejercitándose día a día o que nuestros médicos y psicólogos nos recomienden ejercicio regular. Las investigaciones  han demostrado que el ejercicio diario puede cambiar nuestro cerebro, mejorando nuestra forma de pensar y nuestras emociones.Pero un nuevo estudio va más allá y  sugiere que estos efectos son más profundos de lo que se pensaba. Sugiere que aunque obtengamos los beneficios en el potencial cognitivo y en los estados de humor, los resultados dependen de la composición genética de nuestro cerebro y de cuán seguido nos ejercitemos.

El experimento publicado en la revista Neuroscience y desarrollado por investigadores del departamento de psicología y neurociencias  en la Universidad de Dartmouth, reclutaron a 54 adultos, cuyas edades oscilaron entre los 18 y 36 años. Los voluntarios estaban sanos, pero generalmente sedentarios.

Durante la primera visita al laboratorio, los participantes completaron una serie de cuestionarios acerca de su salud y  sus estados de ánimo que evaluaban cuán ansiosos estaban en ese momento y en general. También dieron muestras de sangre, para su análisis genético.

Estudios anteriores han demostrado que el ejercicio incrementa los niveles de la proteína llamada Brain-Derived Neurotropic Factor (BDNF), la cual juega un importante rol en los efectos positivos del ejercicio sobre el pensamiento. Algunas personas producen menos la proteina BDNF, esto se debe a que tienen una variación del gen que controla  dicha proteína. Aún se desconoce si la disminución de producción de la BNDF deriva en menos beneficios cognitivos. Esto motivó a los científicos a determinar el estatus genético del BDNF en cada voluntario. Luego, el grupo fue sometido a un test de memoria, que consistió en un grupo de imágenes de objetos a través de una pantalla de computadora y luego apareció otro grupo de imágenes. Se les pidió  a los voluntarios que respondieron a través del teclado, si habían visto estas imagenes. Esta tarea, aunque sencilla involucra diferentes partes del cerebro.

Según David Bucci, profesor de psicología y cerebro en la Universidad de Dartmouth:

“Otros estudios generalmente examinan los efectos del ejercicio en el hipocampo, el centro primario de memoria, pero el reconocimiento de objetos, es una tarea que involucra actividad en el cortex perirrinal, la cual es una porción del cerebro esencialmente importante para recordar objetos particulares y cuando ellos aparecen. Sin un cortex perirrinal saludable, los sujetos tal vez puedan recordar donde pusieron la llave de sus autos (tarea que involucra al hipocampo), pero no podrán recordar que son las llaves”.

Luego de completar los tests, se les asignó a los participantes por medio del azar, ejercicio físico o no durante el próximo mes. Se superviso con programas de caminatas de 4 veces a la semana por 30 minutos al grupo que se le asignó ejercicio físico. El otro grupo permanecería sedentario.

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Luego de un mes, los voluntarios volvieron al laboratorio, para realizar el re-test. Primero se dividió al grupo que hizo ejercicio diario y se les asignó una rutina de ejercicio justo antes de la prueba y la otra mitad no lo hizo. Lo mismo se hizo con el grupo sedentario, se dividió y se le pidió a un grupo que hiciera una sesión de ejercicio antes del re-test y el otro no lo hizo.

Se repitieron los test de memoria y estados de ánimo, dando resultados sorprendentes. Como se esperaba, muchos de los voluntarios  que se ejercitaron el mes pasado, mejoraron significativamente sus puntuaciones en los test de memoria y de estado de ánimo. Pero no todos. En general los voluntarios que se ejercitaron el mes pasado y los que hicieron ejercicio el día de las pruebas, obtuvieron  los mejores resultados y también reportaron menos ansiedad que el grupo sedentario. Los que se ejercitaron en el mes de prueba, demostraron mejores resultados en los test de memoria, en comparación a los sedentarios, pero sus resultados no fueron tan buenos como aquellos que se ejercitaron durante las 4 semanas y esa mañana.

Curiosamente, el grupo de sedentarios que se sometió a la sesión de ejercicio justo antes de la prueba no presentó mejoras en las puntuaciones de memoria en comparación al grupo sedentario que no hizo ejercicios. En realidad aumentaron sus puntuaciones en los auto reportes de ansiedad. Eran más nerviosos en comparación a su primera visita al laboratorio.

Lo más intrigante, fue que al comparar las variantes de los voluntarios con el gen BDNF y sus puntuaciones en la prueba de memoria, se encontró que aquellos sujetos con la variante que embota la producción de BDNF,  después de hacer ejercicio no mejoraron su memoria, incluso si se ejercitaron regularmente.

Fotografía por jacsonquerubin en Flickr

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