Edzard Ernst es un científico que ha dedicado gran parte de su vida a investigar las llamadas terapias alternativas y como resultado ha publicado en revistas académicas más de 350 investigaciones que demuestran la ineficacia y peligrosidad de la osteopatía, la quiropráctica y la acupuntura, entre otras. El trabajo de Ernst ha sido reconocido a nivel mundial, pero también se ha ganado serios enemigos, como el príncipe Carlos de Inglaterra – quien apoya la inclusión de la homeopatía en el sistema de salud público – y que provocó que le quitaran a Ernst su trabajo como profesor universitario en la reconocida universidad Exeter.

El diario “El País” escribió un breve artículo sobre los trabajos de Ernst y sus memorias recientemente publicadas: A Scientist in Wonderland (Un científico en el País de las Maravillas) donde relata sus experiencias como investigador y los contratiempos que sufrió al exponer sus trabajos en contra de las terapias alternativas.

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Gracias a su espíritu crítico, la cátedra de Exeter se convirtió en la vanguardia de la investigación seria sobre la llamada medicina complementaria, y de ahí salieron algunos de los estudios que nos han demostrado su ineficacia y también sus peligros, como el de osteópatas y quiroprácticos que manipulan la columna vertebral provocando serios problemas a sus pacientes. Por no mencionar, el riesgo más simple y peligroso de todos: el de abandonar tratamientos duros pero efectivos, como la quimioterapia, por terapias supuestamente inocuas pero que dejarán morir al paciente.

Ese puesto se había creado para seguir haciendo la ciencia acrítica que buscan los defensores de las terapias alternativas, como Carlos de Inglaterra, en la que sencillamente se les pregunta a los pacientes si se sienten mejor que antes de tal o cual tratamiento. Sobre ellos, escribe que parecen tener “poca o ninguna comprensión del papel de la ciencia en todo esto. Los terapeutas alternativos y sus partidarios parecen niños jugando a médicos y pacientes”. Cuando sus resultados comenzaron a desmontar estos remedios, los partidarios de la medicina complementaria comenzaron a atacarle en todos los niveles, desde el personal hasta el público.

Además agregan:

Al final, después de muchas broncas, victorias y sinsabores, Ernst concluye que su trabajo sirve para demostrar la ineficacia de las terapias, pero no para convencer a sus defensores: “Lento pero seguro, me resigné al hecho de que, para algunos fanáticos de la medicina alternativa, ninguna explicación será suficiente. Para ellos, la medicina alternativa parecía haberse transformado en una religión, una secta cuyo credo central debe ser defendida a toda costa contra el infiel”. Eso sí, la experiencia le sirvió para reconocer y desmontar todas las trampas dialécticas usadas por este colectivo, que quedan destripadas en sus memorias. Falacias como que la medicina convencional mata más, que la ciencia no es capaz de comprender estos remedios o que son buenos por ser naturales y milenarios, quedan convenientemente desmontadas.

El paralelismo del trabajo de Ernst con los tratamientos en la psicología es inevitable. En los foros de psicología se dan encendidos debates en cuanto a la inclusión de las terapias sin evidencia en la currícula universitaria. Los defensores de estas terapias sostienen que utilizan las terapias que le funcionan con los pacientes – aun cuando no tienen evidencia sólida que sustente que estos tratamientos funcionen – o que trabajan las terapias con las que se sienten cómodos o porque son tratamientos con tradición, como si la tradición fuera un legitimador de la ciencia.

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La psicología no puede seguir dependiendo de los intereses o tradiciones que dirigen las facultades, ya que va en detrimento del desarrollo científico que se traduce en mejoras de la calidad de vida y salud de las personas que cada vez más buscan la ayuda del psicólogo.

Puedes leer el artículo completo en El País.

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Gracias a la psicóloga Yolanda Ramos por compartir la nota.