Todos los terapeutas, al transitar el camino del fomento del cambio en nuestros clientes, nos hemos sentido en la necesidad de hacer algo para que la persona que se encuentra al frente “se dé cuenta”, es decir que “vea lo que nosotros podemos ver y él no”. Esta sensación de “estancamiento terapéutico”, que se hace más frecuente en cuadros relacionados al consumo de sustancias o en los llamados trastornos de la personalidad, ha cosechado en las últimas décadas una herramienta o estilo terapéutico nombrado “confrontación”.

En el contexto clínico, el término también hace referencia al objetivo de un profesional de acercar la realidad al cliente, sosteniendo teóricamente la existencia de una forma “más racional” de observar el mundo. De esta manera se crean lógicamente categorías, con valoración negativa, para formas de pensar, sentir y actuar (denominadas irracionales, distorsionadas, incoherentes, entre otras), que la intervención terapéutica debe cambiar. Encontrando en la literatura infinidad de formas para hacerlo (debate socrático, disonancia cognitiva, reestructuración cognitiva, etc), por lo cual no se puede vincular unívocamente con un estilo específico.

un método muy activo que trata de desafiar las opiniones de la persona

Representantes de la conceptualización mencionada, Ellis y Dryden (1989), la definen como: “un método muy activo que trata de desafiar las opiniones de la persona; la conduce a que reconozca, examine y abandone esas ideas u opiniones irracionales”.

Sin embargo, en esta ocasión no nos detendremos en analizar ésta forma de confrontación vista como objetivo, que nos invita al llamado debate de pensamiento (ya se han dedicado a hacer su revisión) y sinceramente nadie podría estar en contra (¿o sí?). Obviando por el momento dicha conceptualización, nos centraremos en la confrontación como estilo.

El estilo confrontativo estuvo presente en nuestra civilización mucho antes de que existiera la psicología o el quehacer psicoterapéutico, su sistematización y ordenamiento que lo convirtieron en una herramienta común se realizó en el modelo comunitario estadounidense llamado Synanon. El fundador Chuck Dederich lo describe mediante una carta dirigida a un integrante de la comunidad que él dirigía:

“Te afeitarás el bigote, irás a los grupos y te comportarás como un señor de buenos modales tanto tiempo como vivas aquí… Si no te gusta esta operación, de acuerdo, vete, y haz lo que tengas que hacer.”

Si bien el modelo Synanon parece muy alejado de nuestros días, posteriormente a su aparición sus diversos seguidores comenzaron a referirse a este estilo como “terapia de ataque”, “terapia de shock”, “intervención”, “silla caliente”, o “corte de pelo emocional”, manteniéndose hasta nuestros días, en especial en casos de adicción y alcoholismo. Amparados bajo una sociedad que coincide que en dichas problemáticas existe una carga de inmoralidad o ilegalidad intolerable, creyendo que estas personas, distintas a la mayoría, ‘necesitan’ este tipo de tratamiento, más severo y menos complaciente.

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Aunque se ha intentado extrapolar el estilo a otras problemáticas, no es habitual observarlo. Esto se debe al entendimiento estigmatizador del alcoholismo y las conductas adictivas propagadas por la misma producción profesional que se ha mantenido hasta nuestros días, sin investigaciones científicas que lo sustenten. Justamente el consenso actual coincide que la falta de motivación y la resistencia son catalogadas como características centrales de los ‘alcohólicos’, al punto que han hecho suponer la existencia de una personalidad adictiva distintiva.

El psiquiatra Fox (1967), un psicoanalista influyente en las políticas de salud estadounidense, afirmaba: “La mayoría de pacientes rechazan afrontar su alcoholismo durante años, utilizado los mecanismos de defensa de la negación, la racionalización, la regresión y la proyección”.

Miller y Rolnick (2008), usando un pasaje del The Wall Street Journal, ilustran cómo el suponer la existencia de una personalidad adictiva influye en las llamadas ‘intervenciones’ que se realizan con orientación profesional:

“Ellos lo llamaron un encuentro por sorpresa, le rodearon de compañeros críticos con su trabajo  y amenazaron con quemarlo si no buscaba ayuda rápidamente. Cuando el ejecutivo intentó negar que tuviera un problema con el alcohol, el director médico… se mostró con dureza. ‘Calle la boca y escuche’, le dijo, ‘los alcohólicos son mentirosos, por lo tanto no queremos oír lo que usted nos quiere decir’”.

A pesar de lo anterior, las investigaciones dan resultados contradictorios respecto a la existencia de rasgos de personalidad en personas con problemas de consumo de sustancias diferentes a la población en general. Existiendo datos que encuentran evidencia correlativa con algunos rasgos como desinhibición y búsqueda de sensaciones (Comín, Torrubia y Mor, 1998); así como resultados que denotan la no presencia de rasgos distintivos, sobre todo los mencionados por la experiencia clínica directa, tales como: negación, psicopatía, entre otros (Vaillant, 1983). Siguiendo esta última línea se encontró que operacionalizando los mecanismos de defensa, la negación no se encuentra como característica más frecuente en personas con alcoholismo en comparación con el resto de las personas (Miller y Rollnick, 2008; Skinner y Allen, 1983)

Al parecer este mito nacería en los profesionales como parte del fenómeno llamado “correlación ilusoria”, el cual consiste en creer que dos acontecimientos están asociados entre sí por coincidir en un mismo espacio temporal. Los terapeutas llegarían a este estereotipo del “alcohólico resistente y negador”, de forma casuística al informarles diariamente a las personas que entrevistan que son alcohólicos y encontrar mayormente una respuesta negativa. Similar a los procesos de estereotipia racial y coeficiente intelectual, estos suelen ser de difícil cambio por el modo constante de reafirmación.

Las personas que recibieron la terapia con un estilo confrontativo mostraron niveles más elevados de resistencia

De igual forma, ante una actitud negativa de parte del entrevistado, la intensidad del estilo confrontativo se hace más efusiva y severa. Miller y Sovereign (1989) mediante un registro de series de sesiones de terapia familiar observaron cómo las personas con problemas de alcohol asignadas aleatoriamente a la terapia con un estilo confrontativo mostraron niveles más elevados de resistencia mediante la discusión y negación del problema, en comparación de las personas también asignadas aleatoriamente a enfoques de entrevistas centradas en el paciente y no en el problema de consumo.

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Como mencionamos en un inicio, la confrontación puede ser entendida como objetivo o como estilo. Siendo en el último caso en el cual se han encontrado excesos que se siguen difundiendo en el quehacer terapéutico profesional y colindan con actitudes antiéticas que vale la pena darnos el tiempo de examinarlas. La confrontación como objetivo, sin embargo, puede ser inspiración y fin último para muchos sistemas terapéuticos, sin necesidad de hacer uso del estilo mencionado e incluso ser contraria a éste al relacionarse con el deseo de “hacer ver”, a la persona con dificultades, la realidad.

Por otra parte, las alternativas al estilo confrontativo son tan diversas pero coinciden en la naturalización de los problemas humanos, la empatía con el otro, y la horizontalidad terapeuta-cliente. Dicha forma de trabajo es común con versiones contemporáneas de las terapias conductuales, como la terapia de aceptación y compromiso, o la psicoterapia analítica funcional; así como con vertientes ajenas a un interés científico como la terapia centrada en el paciente de Carl Rogers.

Por último recuerden que existen otras formas de lidiar ante la sensación de ‘estancamiento’ tan común en el proceso de ayuda. Quizá el abrirse a la experiencia y aceptar nuestra naturaleza humana, sea un camino menos resistente y más efectivo para nuestros clientes.

Referencias:

Comín, E; Torrubia, R. y Mor, J. (1998). Relación entre personalidad, actitudes y consumo de alcohol, tabaco y ejercicio en escolares. Gaceta sanitaria 12, 6, 255-262.

Ellis, A. y Dryden, W. (1989). Práctica de la terapia racional emotiva. Bilbao: Desclée brouwer.

Fox, R. (1967). Una aproximación multidisciplinaria al tratamiento del alcoholismo. American journal of psycotherapy, 72, 13-18.

Miller,  W. y Rollnick, S. (2008). La entrevista motivacional: preparar para el cambio de conductas adictivas. Barcelo: Paidos.

Miller, W. y Sovereign, R. (1989). The check-up: un model for early intervention in addictive behaviors, in Loberg, T; Miller, W; Nathan, P. y Marlatt, G. (comps.), Addictive behaviors: prevention and early intervention, Amsterdam, Swets  Zeitlinger, 219- 231.

Skinner, H.  y Allenm B. (1981). The use of systematic encouragement and comunity Access procedures to increase attendance at alcoholics anonymous, and al-anon mettings. American Journal of drug and alcohol abuse, 8, 371-376.

Vaillant, G. (1983). La historia natural del alcoholismo. Cambridge: Harvard University Press.

 

Darwin Gutierrez
Licenciado en Psicología Clínica. Miembro activo de la Asociación Peruana Contextual-Conductual de Psicología, en resumen: Liceo Contextual; y de la Association for Contextual Behavioral Science (ACBS). Divulgador de terapias con evidencia empírica y su relación con las ciencias de la conducta, cuando la seriedad se lo permite. Psicoterapeuta, cuando una persona se lo permite. Conductéfilo, cuando nadie se lo permite. Fuera de la cancha, amante de la buena y mala conducta.