Con el auge de las Neurociencias, un gran número de psicólogos ha buscado en el cerebro un nuevo entendimiento de la mente humana. La abundancia de estudios sobre las funciones cerebrales básicas y superiores se ha desligado, sin embargo, de una cuestión fundamental que no es nada fácil de abordar: la “subjetividad”, a menudo llamada “consciencia”.

Luego de escuchar una vez más a António Damásio, David Chalmers y Anil Seth ofrecer excelentes disertaciones sobre un tema peliagudo que ha captado el interés de grandes pensadores durante siglos, me pregunto: “¿Seremos capaces algún día de encontrar una explicación satisfactoria?”. No obstante, sabemos que en lo relativo a la consciencia son más las preguntas que las respuestas.

Toda vivencia presente, pasada o anticipada que pueda ser verbalizada en primera persona es una experiencia subjetiva, consciente. Así pues, aparentemente en todo momento estamos conscientes, salvo excepciones puntuales. Para ello se requiere de un self, esto es, la capacidad de una auto-referencialidad, de un saber de sí mismo. Pero más que una cadena de razonamientos, la consciencia es algo mucho más básico, un sentir: sentir –en mayor o menor grado y complejidad– que somos, que existimos.

A este respecto, la vida cotidiana está compuesta por numerosas situaciones que se nos muestran interesantes si no las obviamos por comunes que sean. Por ejemplo: cuando dormimos, cuando soñamos, cuando recordamos, cuando somos anestesiados, cuando nos desmayamos, cuando consumimos sustancias psicotrópicas… ¿qué sucede con nosotros? En un mundo hecho de materia y energía parece que una parte de nuestra existencia es un “algo más” y sus contenidos siempre cambiantes sólo pueden ser conocidos directamente por nosotros mismos mientras el cerebro nos permita existir como sujetos.

Además, la práctica clínica incrementa este repertorio de situaciones con muchas otras asociadas a patologías y alteraciones de las que se aprende a no dar por sentado ni lo más familiar: nuestras mentes. Podemos pensar en agnosias, epilepsia, esquizofrenia, autismo, estados alterados de la consciencia y tantas más.

Todavía estamos lejos de “resolver” el enigma, ya que ningún hallazgo o hipótesis representa un éxito rotundo sino sólo pequeñas pistas

Entonces, ¿cómo logra el cerebro humano producir semejantes fenómenos?, ¿cómo nos crea?, ¿cómo elabora un “habitante” para nuestro cuerpo? Y luego, ¿qué es ese habitante? Ciertamente, sabemos quién es: es cada quien. Pero ¿qué es?, ¿de qué está hecho?, ¿cuál es su sustancia?, ¿cuál su naturaleza?, ¿cómo surge?, ¿cómo desaparece?, ¿cómo empieza y deja de existir?

Lo que tenemos aquí es el “problema de la consciencia”, el “Santo Grial” de la neurociencia contemporánea, y ya existe un cúmulo de científicos y filósofos monistas que han hecho contribuciones empíricas y analíticas al respecto desde hace algunas décadas. El dualismo, por el contrario, revela ser un callejón sin salida o incluso un obstáculo epistemológico para las ciencias de la mente y el cerebro (¡Lo sentimos por aquellos como Descartes!).

El profesor Francisco Rubia ha ilustrado muy bien el panorama actual de la investigación científica. Hoy se habla de marcadores biológicos, correlatos neurales, canales iónicos, integración de información, estructuras cerebrales, componentes de la consciencia, sistemas neuronales resonantes, ensamblajes de neuronas, panpsiquismo, emergentismo, materialismo eliminativo e incluso de física cuántica. Sin embargo, lo único que podemos sostener con seguridad es que todavía estamos lejos de “resolver” el enigma (cuyas raíces provienen del viejo “problema mente-cuerpo”), ya que ningún hallazgo o hipótesis representa un éxito rotundo sino sólo pequeñas pistas en el esfuerzo por contestar grandes interrogantes:

  • ¿Qué es la consciencia?, ¿es lo que creemos que es?
  • ¿Se puede estudiar la consciencia propia y la de otras personas de manera confiable?
  • ¿Cómo surgen los qualia (los componentes de la subjetividad)?
  • ¿Existen tipos de consciencia?, ¿son conscientes los demás seres vivos?
  • ¿Está al alcance de la ciencia poder explicar en un futuro la subjetividad?

No se trata de un tema cualquiera. Interrogar la consciencia supone rastrear los orígenes mismos de la sociedad y la cultura. Sólo pudimos llegar a construir el mundo que conocemos y en el cual vivimos gracias a la cualidad de ser conscientes y la capacidad de comunicar nuestras experiencias subjetivas, escuchando también las del otro. De este acontecimiento radical emanaron la ciencia, el arte, la religión, la política, la filosofía, la ingeniería, el folclor, la economía, la tecnología y –no exagero– todo lo que nos hace humanos. Pero un concepto tan elemental como el de la consciencia sigue rehuyendo nuestra comprensión mientras alcanzamos importantes logros en el afán por “conquistar” nuestro planeta, “conquistar” el universo y “conquistarnos” unos a otros.

Recuerdo cómo fue mi primer acercamiento al problema. Habiendo escuchado que algunos científicos se atrevían a decir que el cerebro crea la mente, no pude evitar un pensamiento: ¡¿cómo pueden la materia y la energía que componen el cerebro transformarse en la mente y el self?!

Ni ellos ni yo sabemos aún la respuesta.

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1 Comentario

  1. Muy buena disertación, me gustaría tomarme un café y conversar un poco más.

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