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Querido lector, lo invito a pensar una situación determinada. No se preocupe, el ejemplo que voy a usar es bastante cotidiano y no le llevará mucho tiempo realizar este ejercicio. ¿Se anima? Aquí vamos: 

Usted tiene una receta para preparar una torta, y como es de costumbre en las personas que amamos los dulces y anhelamos comerlos, respetamos cada paso de dicha receta. De esta manera, usted va al supermercado, compra los ingredientes exactos (la harina, los huevos, el azúcar, ¡no nos olvidemos de la esencia de vainilla!, etc.) y regresa contento, dispuesto a preparar el bizcochuelo. 

Una vez en la cocina, mezcla todo como la receta le dice que debe hacerlo y hornea exactamente como se le explica, a la temperatura precisa, los minutos correctos.

Ahora lo invito a pensar lo siguiente, una vez que transcurrió el tiempo que se supone debe esperar para que su tan amada torta esté lista, usted la saca del horno, espera unos minutos para desmoldarla, la dispone y decora como más se le antoja, se prepara una buena taza de café, y cuando finalmente la saborea algo inesperado sucede, algo no está bien… ¡la torta no le gusta! 

solemos manejarnos con la lógica de que ciertas recetas son la garantía para alcanzar eso que tanto buscamos

No, no está fea, no es esa la razón, simplemente la torta no le gusta. No es la torta que usted tanto imaginó y quería. En ese momento, ¿qué haría?, ¿qué pensaría?, ¿qué sentiría? Quizás se aventure a imaginar que se cometió algún error en el proceso, podría suceder que algunos de los ingredientes no se encontraran en buen estado. Pero, ¿es eso tan probable? En ese momento, ¿se sentiría desilusionado? ¿De qué? ¿De la torta o de la receta? Porque al fin y al cabo ESA torta es resultado de ESA receta. 

¿Y si la culpa la tiene el horno? ¿O como pensamos, los ingredientes que compró? Pero, lo cierto es que ese es el horno que usted tiene y esos son los ingredientes que puede conseguir. ¿Cambiaría el horno o viajaría más lejos para conseguir otros ingredientes porque UNA receta lo dice? 

Creo, mi estimado lector, que toda esta marejada de preguntas podría concluir con la siguiente: ¿seguiría usted repitiendo indefinidamente el proceso hasta que la torta salga como “se supone”? Después de probar una y otra vez y comprobar que la receta no le da la torta que usted quiere, ¿seguiría echándole la culpa a los ingredientes, al horno, a sus habilidades como cocinero, etc.? Podría darse una segunda oportunidad y volver a preparar la torta otro día, pero si ya se tomó el trabajo de hacerlo bien la primera vez, ¿tendría un sabor diferente la segunda torta?

¿Qué tal si se anima a probar… con otra receta?

Usted y yo sabemos que no estamos hablando de tortas y dulces. Este ejercicio es una forma amable de acercarse a una problemática muy común: en la vida cotidiana las personas solemos manejarnos con la lógica de que ciertas recetas son la garantía para alcanzar eso que tanto buscamos. Ya sea porque heredamos una receta familiar o porque la sociedad las impone como las únicas recetas a seguir, lo que importa es que existen personas que se encuentran atrapadas comiendo una torta que tanto no les gusta (no lo olvide, una persona con indigestión no suele ser una persona feliz).

Así que quisiera finalizar el ejercicio con la invitación a que antes de desilusionarse de la realidad, usted pueda animarse a desilusionarse -un poco- de sus expectativas. 

¡Buen provecho!

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Gabriela Wabeke
Soy psicóloga, me fascina atender en situaciones de crisis porque mi parte obsesiva ama llevar orden al caos. Me especializo en Violencia de Género y luego de un largo romance con el Psicoanálisis decidí tirar a la basura la monogamia y comenzar pasionales aventuras con las Terapias Conductuales de Tercera Ola. El humor es una de las principales herramientas en mi vida y en el consultorio, y por ello comparto a genios como Tute o Quino cada vez que puedo en mi página de Facebook.