Empatía que impulsa acciones: cómo nuestros sentimientos predicen si ayudamos
Jessica Mouzo entrevistó a Anna Gilmore, una científica británica que investiga las estrategias del sector comercial para influir en la opinión pública y muestra cómo esas tácticas afectan directamente nuestra salud:
Pregunta. ¿Los ciudadanos somos conscientes de todas esas prácticas?
Respuesta. Hay muchas cosas que suceden entre bastidores. En los productos alimenticios no vemos cómo los manipulan para hacerlos cada vez más deseables, casi adictivos. Todo el mundo conoce la historia de la industria tabacalera, que ocultó los daños de sus productos; o la de los combustibles fósiles, que ocultó los problemas del cambio climático; lo que no saben es que otras industrias se involucran en las mismas prácticas científicas para ocultar los daños de sus productos o exagerar los beneficios. Tal vez lo que más desconocemos es la manera en que dan forma a lo que yo llamaría normas, nuestras creencias y nuestro pensamiento. Un ejecutivo de Pepsi Cola dijo una vez que “si todos los consumidores hicieran ejercicio, si hicieran lo que tienen que hacer, el problema de la obesidad no existiría”. Eso es sencillamente falso y hace creer a la gente que la obesidad es simplemente culpa suya, cuando en realidad es mucho más compleja.
P. Es como si todo fuese nuestra responsabilidad.
R. Las grandes corporaciones moldean las normas para culpar al individuo. La huella de carbono es un término desarrollado por British Petroleum para tratar de culpar al individuo, para decir que el problema aquí no tiene que ver con las grandes compañías de combustibles fósiles, sino con las personas, que tienen que cambiar la forma en que usan su coche y el transporte, por ejemplo. Y cuando el público y los responsables políticos no entienden que las empresas están moldeando su forma de pensar, cuando se pregunta qué hacemos con la obesidad, sus mentes están llenas de estas ideas que las empresas les han inculcado de que las personas solo necesitan hacer ejercicio. Pero eso nunca va a resolver la obesidad.
Gilmore presenta un dato demoledor: solo cuatro productos —tabaco, combustibles fósiles, alcohol y alimentos ultraprocesados— están detrás de entre un tercio y dos tercios de todas las muertes en el mundo. Sus investigaciones revelan la magnitud del daño provocado por lo que, paradójicamente, consideramos pilares normales de la vida moderna.
El foco no está solo en el consumo, sino en el sistema que lo perpetúa. Las corporaciones manipulan la ciencia, influyen en las políticas públicas y reescriben la narrativa cultural. Crean organizaciones fachada, compran credibilidad y reorientan la responsabilidad hacia el individuo. La lógica es siempre la misma: si tú cambias, el problema se soluciona. Pero el problema es estructural, no individual.
Esta entrevista deja claro que la salud pública no es solo una cuestión de decisiones personales, como quieren hacernos creer algunos intereses económicos. Y ofrece argumentos sólidos para impulsar cambios reales en las políticas públicas, con valentía y sin concesiones a las industrias que lucran con el daño.
No sabía esto:
Inhala y exhala: esa es tu huella respiratoria. Cada ser humano tiene un patrón único y consistente de respiración nasal. Tan consistente que es posible identificar a una persona únicamente por cómo respira. Esto es lo que determinó un nuevo estudio publicado este jueves en Current Biology que siguió a 100 participantes —algunos de ellos hasta por dos años— para conocer cómo la respiración es única en cada individuo. Y cómo, a través de ella, se puede obtener información sobre la salud física y mental, desde el índice de masa corporal hasta los niveles de ansiedad o depresión.
Y agregan:
La huella respiratoria no es algo pasajero y tiene un potencial enorme para que la ciencia intente aproximarse al misterio del funcionamiento cerebral en mamíferos. Noam Sobel, investigadora del Instituto de Ciencias Weizmann de Israel y coautora del estudio, dice que “uno pensaría que la respiración ya se ha medido en todos los sentidos”. Sin embargo, su equipo ha descubierto una forma completamente nueva de analizarla. “La consideramos un indicador cerebral”, explica.
El País entrevistó al investigador Robert Zatorre, quien ha dedicado su carrera al estudio de cómo la música impacta el cerebro y he disfrutado mucho de su lectura:
Pregunta. ¿Qué hace la música en el cerebro?
Respuesta. Muchas cosas. Al principio, yo me dediqué a la parte directa, de percepción auditiva: dedicamos 10 años a comprender el procesamiento, el estímulo y su representación en las zonas cerebrales. Pero hay muchísimas cosas más que ocurren. La música toca todas las funciones cognitivas que hay. Por ejemplo, tuve una alumna que estudió la relación entre el sonido y el movimiento y descubrió que al escuchar ciertos patrones de música con un cierto ritmo, también se ve actividad en las áreas motoras. Y de ahí surgieron teorías acerca de los vínculos entre el sistema motor y el sistema auditivo, que también explican, por ejemplo, por qué frecuentemente la música nos hace bailar.
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