Hace poco me encontré con un post de Jorge Lahoz en Substack donde compartía algo que le había parecido maravilloso: el verbo recordar viene del latín recordārī. Se arma con dos piezas: re-, de nuevo, y cor, cordis, corazón.

Literalmente significaba algo como «volver a pasar por el corazón». Para los romanos, el corazón —no el cerebro— era la sede de la memoria y el pensamiento. Recordar era, en su origen, un acto afectivo: traer algo de vuelta al lugar donde se siente. La misma raíz cor vive en palabras que usamos todos los días: concordar es estar con el mismo corazón, discordia es tener los corazones separados, misericordia es el corazón que se inclina hacia el que sufre. Incluso el inglés courage viene del francés coeur —tener corazón, tener valor.
Lo leí justo cuando estaba trabajando con un paciente en duelo.
Había perdido a un familiar muy importante en su vida, alguien que lo había protegido, querido y cuidado. Sufría mucho. Se desesperaba al sentir esa tristeza, ya no quería sentirla, incluso fantaseaba con no vivir para no tener que seguir sintiéndola. Su entorno no ayudaba: le decían que ya era suficiente, que lo dejara ir. Y en ese cruce de dolor y desesperación, lo esperable: el rechazo a la sensación. Querer que pare. Que se vaya. Que deje de doler.
Pero como bien sabemos: cuando rechazamos una emoción no la eliminamos, la amplificamos. El rechazo al dolor se convierte en una segunda capa de sufrimiento: ya no solo duele la pérdida, sino que duele el hecho de que duela. Y eso estrecha el repertorio conductual: la persona deja de hacer cosas que la conectan con lo que importa porque cualquier cosa puede activar el recuerdo y con él la tristeza que está tratando de evitar.
Eso era lo que pasaba con mi paciente. La palabra recordar se había convertido en algo amenazante. Recordar significaba dolor, y dolor significaba huir. Cada vez que aparecía un recuerdo de esa persona — una foto, una fecha, una canción — la respuesta era la misma: evitar. Irse. Cerrarse. En términos conductuales, recordar había adquirido una función aversiva tan fuerte que cualquier estímulo asociado al recuerdo evocaba escape.
En terapia estuve trabajando cómo ayudarlo a generar compasión y aceptación hacia esas emociones. A encontrarle un sentido a ese sufrimiento. Intenté trabajar el dolor desde los valores: si esto duele tanto es porque esa persona fue importante, porque lo cuidó, porque lo quiso. Ese dolor no es un error, es la huella de alguien que importó profundamente. Sentir esa tristeza es una forma de mantener presente a esa persona que ya no está.
Pero lo más útil fue algo más simple: darle otro sentido a la palabra recordar. No se trataba de eliminar el dolor, eso no iba a pasar y tampoco era el objetivo. Se trataba de cambiar el contexto en el que esa palabra operaba. Que recordar dejara de vivir solo en la red de dolor-pérdida-huir y empezara a participar también en otra: corazón-amor-honrar. No cambié el estímulo, la palabra seguía siendo la misma. Lo que cambió fue lo que esa palabra significaba para él, lo que evocaba, lo que lo movía a hacer.1
Ahí es donde entra la etimología. Le compartí la idea: recordar no es quedarse atrapado en el pasado. Es volver a pasar algo por el corazón. Y si duele, es porque el corazón reconoce lo que hubo. No se puede sentir la tristeza de una pérdida sin que haya habido antes alguien que te cuidó, que te quiso, que estuvo ahí. Recordar, en este caso, es un acto de amor.
Para él fue un punto de inflexión. No es que el dolor desapareció, no se trataba de eso. Pero la relación con el dolor cambió. Recordar dejó de ser algo contra lo que luchar y se convirtió en una forma de honrar a quien lo cuidó. Lo que antes evocaba escape ahora podía evocar acercamiento. Literalmente, re-cordar: volver a pasar por el corazón a esa persona.
Nota al pie de página:
1 En términos de la teoría del marco relacional, la palabra recordar sigue siendo la misma, pero ahora participa en una red relacional diferente: ya no está enmarcada solo con dolor-pérdida-huir, sino con corazón-amor-honrar. Y al cambiar el marco, cambia la función: lo que antes evocaba escape ahora puede evocar acercamiento.