Trastorno esquizoafectivo: entre la psicosis y el trastorno del estado de ánimo
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Dana G. Smith para The New York Times:
Las investigaciones sugieren que llegar a los 80 o incluso a los 90 años está en gran medida bajo nuestro control. “Hay pruebas muy claras de que, para la población general, llevar un estilo de vida saludable” alarga la vida, dijo Sofiya Milman, profesora de medicina y genética de la Escuela de Medicina Albert Einstein.
Un estudio publicado el año pasado, en el que se analizaron los estilos de vida de más de 276.000 hombres y mujeres veteranos estadounidenses, descubrió que adoptar ocho comportamientos saludables podía añadir hasta 24 años a la vida de las personas. Entre ellos estaban seguir una dieta sana, realizar actividad física con regularidad, dormir bien, controlar el estrés, tener relaciones sólidas y no fumar, abusar de opiáceos ni beber en exceso.
Básicamente el artículo dice que la longevidad depende tanto de los hábitos de vida como de la genética. Aunque algunas personas centenarias parecen desafiar las recomendaciones de salud, investigaciones muestran que seguir un estilo de vida saludable puede alargar significativamente la vida hasta los 80 o 90 años. Sin embargo, alcanzar los 100 años requiere una contribución genética significativa, como variantes en genes relacionados con el envejecimiento y la resistencia a enfermedades. Estos genes son extremadamente raros, lo que hace que la mayoría de las personas deban centrarse en hábitos saludables para mejorar su calidad de vida y longevidad.
Sin embargo, los beneficios para el cerebro empiezan a notarse realmente cuando se practica ejercicio de forma constante a lo largo del tiempo. Los estudios demuestran que las personas que hacen ejercicio varias veces a la semana obtienen, en promedio, mejores resultados en las pruebas cognitivas que las personas más sedentarias. Otras investigaciones han descubierto que la cognición de una persona tiende a mejorar tras participar en un nuevo programa de ejercicio aeróbico durante varios meses.
Roig añadió la advertencia de que los efectos sobre la cognición no son enormes, y no todo el mundo mejora en el mismo grado. “No se puede adquirir una supermemoria solo por haber hecho ejercicio”, dijo.
La actividad física también mejora el estado de ánimo. Las personas que hacen ejercicio con regularidad afirman tener mejor salud mental que las sedentarias. Y los programas de ejercicio pueden ser eficaces en el tratamiento de la depresión, lo que lleva a algunos psiquiatras y terapeutas a prescribir actividad física. La recomendación de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de 150 minutos de actividad aeróbica moderada o 75 minutos de actividad aeróbica vigorosa a la semana es un buen punto de referencia.
Estupendo artículo en The New York Times:
“No creo que la gente esté consciente de lo mucho que se distrae y de lo mucho que cambia su conciencia del entorno mientras camina y usa el teléfono”, mencionó Wayne Giang, profesor adjunto de Ingeniería de la Universidad de Florida, quien ha estudiado la relación entre el uso del teléfono y las lesiones al caminar.
De hecho, nuestros dispositivos pueden ocasionar lo que algunos expertos llaman “ceguera por falta de atención”. Un estudio reveló que los participantes tenían la mitad de probabilidades de fijarse en un payaso en monociclo, una provocación atrevida, mientras caminaban y hablaban por teléfono.
Pero tener esa pantalla en la mano no solo desvía tu atención, también cambia tu estado de ánimo, tu manera de caminar y tu postura, además de que dificulta tu capacidad para llegar a tu destino sin meterte en problemas.
Estos cambios entorpecen el tráfico en las aceras y, si caminar constituye una gran parte de tu actividad física diaria, pasear con un teléfono puede tener repercusiones en tu aptitud física, señaló Elroy Aguiar, profesor adjunto de Ciencias del Ejercicio en la Universidad de Alabama.
Mirar hacia abajo a un teléfono inteligente mientras caminas, en vez de mantenerte erguido, también puede aumentar la carga, o fuerza, que ejerces sobre los músculos del cuello y la parte superior de la espalda, lo que contribuye a los síntomas del “síndrome de cuello de texto”. Por otro lado, una investigación publicada en la revista Gait & Posture indica que todo esto podría reducir el equilibrio y aumentar el riesgo de tropiezos o caídas.
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