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  • Artículos de opinión (Op-ed)
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Lo esencial es invisible a los ojos: una mirada al análisis funcional de la conducta

  • 11/06/2026
  • David Aparicio

Sé que no es nada nuevo lo que voy a decir. Pero aun así quiero decirlo porque es mi manera de apropiarme del conocimiento.

Hace poco leí por primera vez El Principito y desde entonces le he estado dando vueltas a varias frases, pero en especial a esta: «Solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos». Y tiene razón. Pero no es solo sobre admirar. Es sobre aprender a mirar. A observar con atención. A detectar lo que no está en la superficie. Lo esencial.

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  • Análisis

Una sesión con Freud costaría hoy casi 2,000 dólares

  • 10/06/2026
  • David Aparicio

Fernando Bisceglia encontró un dato curioso en Los pacientes de Freud (Mikkel Borch-Jacobsen, 2021), un trabajo historiográfico que reconstruye las vidas de 38 personas que pasaron por el diván del padre del psicoanálisis: Freud cobraba, en los años veinte, entre 20 y 25 dólares por sesión. Ajustado por inflación, eso equivaldría a unos 500 dólares la hora. Pero si la comparación se hace con el crecimiento de los salarios hasta la actualidad, el costo de una sesión rondaría los 2,000 dólares.

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Cuando vi el dato, me pareció exagerado o mejor dicho quería entender el análisis. Así que lo verifiqué con Claude —específicamente con Fable 5, su modelo más potente—: le pedí que contrastara las cifras con calculadoras de inflación y con MeasuringWorth, la referencia académica para conversiones históricas de valor. Y resulta que los números son correctos o, al menos, bastante parecidos.

Te comparto la lógica del análisis.

Por qué Freud cobraba en dólares

Después de la Primera Guerra Mundial, la hiperinflación pulverizó la corona austríaca. Freud, que vivía de su consulta, hizo lo que haría cualquier profesional con clientela internacional: empezó a cobrar a sus pacientes extranjeros —sobre todo estadounidenses y británicos— en moneda dura. La cifra de 25 dólares por hora aparece en su correspondencia con Ernest Jones, así que el dato del libro es consistente con lo que ya sabíamos.

¿Cuánto es eso hoy?

Ajustado por inflación (índice de precios al consumidor): el factor de conversión de 1925 a hoy es de unas 19 veces. Eso convierte los 20-25 dólares de Freud en entre 380 y 480 dólares por sesión. La cifra de 500 es un redondeo generoso, pero del orden correcto.

Ajustado por salarios: este es el cálculo que realmente dimensiona el dato. La inflación mide cuánto subieron los precios; pero si quieres saber qué representaba ese honorario para una persona de la época, lo correcto es compararlo con la evolución de los ingresos. MeasuringWorth tiene una medida específica para esto —el valor de una compensación recibida en el pasado— y su factor de conversión para 1925 es de unas 77 veces. Aplicado a la tarifa de Freud:

  • 20 dólares de 1925 → unos 1,550 dólares de hoy
  • 25 dólares de 1925 → unos 1,930 dólares de hoy

El «casi 2,000» no era una exageración: es prácticamente exacto. Dicho de otra forma: una hora con Freud costaba el equivalente a varios días completos de salario de un trabajador promedio. Y considerando que el tratamiento psicoanalítico clásico implicaba cinco o seis sesiones por semana durante meses (o años), el psicoanálisis era, en términos prácticos, un tratamiento reservado para la élite económica.

La próxima vez que alguien se queje del costo de la psicoterapia, puedes contarle que, en términos relativos, nunca fue tan accesible como ahora. Aunque eso, claro, no significa que sea suficientemente accesible.

Gracias a Fernando Bisceglia por el dato.
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¿Los celulares son los responsables de la disminución de la natalidad?

  • 10/06/2026
  • David Aparicio

Sabrina Tavernise:

El artículo, publicado en la Oficina Nacional de Investigación Económica, reveló que el iPhone fue responsable de hasta la mitad del descenso de la fertilidad entre 2007 y 2011. Los efectos más pronunciados se observaron entre los jóvenes de 15 a 24 años.

¿Qué pasó en los condados con iPhones? Una teoría, dijo Myers, es que los jóvenes comenzaron a socializar más a través de sus teléfonos y menos en persona, en consecuencia, eran menos propensos a tener relaciones sexuales y a tener un embarazo.

Myers señaló que los iPhones también podrían haber facilitado el acceso a la pornografía, lo que llevó a los jóvenes a sustituir el sexo por esta, o bien los jóvenes podrían haberlos utilizado para obtener mejor información sobre cómo evitar el embarazo, incluyendo métodos anticonceptivos y el aborto.

Investigadores que no participaron en el estudio dijeron que los resultados eran convincentes.

Y no fue solo en Estados Unidos o en los condados más ricos:

Analizaron datos del Banco Mundial que miden la introducción de los teléfonos inteligentes y las tasas de fertilidad adolescente en 128 países. En países tan diversos como Irán, Costa Rica, Guatemala, Chile, México y Turquía, descubrieron que la disminución de la fertilidad adolescente se aceleró una vez que los teléfonos inteligentes se convirtieron en un fenómeno masivo.

Pero claro, es una hipótesis que suena plausible, pero todavía es una hipótesis.

Artículo completo en The New York Times.

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Aceptación y desesperanza creativa (hojas de trabajo)

  • 10/06/2026
  • David Aparicio

Hay pacientes que tratan su malestar como un problema de ingeniería: si lo piensan lo suficiente, si dan con la estrategia correcta, lo van a resolver. Muchos aprendieron temprano que valían por lo que eran capaces de arreglar, y esa herramienta —buenísima para los problemas de afuera— se vuelve una trampa cuando la aplican a lo que sienten. Mientras más cavan, más hondo el pozo.

Preparé este cuaderno de práctica para trabajar justo eso: desesperanza creativa y aceptación desde ACT. No busca que el paciente se sienta mejor de inmediato, sino que revise con honestidad qué ha hecho hasta ahora con su tristeza y su malestar, y que pruebe una forma distinta de relacionarse con ellos.

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  • Recomendados

Un texto que conmueve: sobre el arte de la lectura lenta

  • 10/06/2026
  • David Aparicio
Un texto precioso de Marcela Duque:
La imagen clásica de la lectura como un paseo por un viñedo nos servirá para apreciar los placeres de una lectura reposada, tan diferente a la lectura en diagonal, apresurada, a la que nos estamos acostumbrando. Pagina, en latín, además de ser una cara de texto, significaba también un viñedo, de modo que era fácil imaginar los renglones de texto como las líneas que forman las viñas y la lectura como un paseo entre las vides. Para Hugo de San Víctor, por ejemplo, la lectura tenía las connotaciones físicas de un paseo en el que se van recogiendo los frutos —las palabras— y se los va saboreando, como una uva.
Esta invitación a saborear la lectura se profundiza en el modelo medieval de Guigo II (abad cartujano medieval, autor de La escalera de los monjes, quien sistematizó estos grados de lectura contemplativa) para estructurar la lectura en cuatro etapas. La lectio es el encuentro inicial con el texto, donde lo acogemos con la devoción que dedicamos a escuchar a quien amamos. La meditatio implica sumergirse en una reflexión pausada para extraer el sentido profundo de la obra y su valor, interrogándonos sobre nuestras reacciones ante ella. La oratio constituye nuestro diálogo con lo leído, permitiéndonos integrar una comunidad de lectores que comparten esa obra y reconocer en ella los textos que inspiraron al propio autor. Finalmente, la contemplatio es un momento de pura gratuidad: no se trata de un esfuerzo deliberado, sino de una gracia que nos sobreviene, en la que experimentamos la satisfacción simple de haber comprendido y asimilado lo que hemos leído. Me ha encantado y conmovido este texto. Y me tomaré el atrevimiento de hacer una versión moderna de la oratio y será compartir el enlace del artículo para que ustedes también puedan disfrutarlo. Artículo completo en Nuestro Tiempo.  

Otras voces

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  • Ciencia

Sobreestimamos la deshonestidad ajena y eso tiene un costo real

  • 09/06/2026
  • Equipo de Redacción

Piensa en tus compañeros de trabajo, en tus vecinos, en la persona que tienes al lado en el bus. ¿Qué porcentaje haría trampa si pudiera ganar algo de dinero sin que nadie se entere y sin riesgo de castigo?

El número que se te vino a la cabeza casi seguro es demasiado alto. Eso es lo que muestra un estudio publicado en el Journal of Experimental Social Psychology: damos por hecho que la gente es bastante más deshonesta de lo que es en realidad. Y esa creencia equivocada tiene consecuencias.

De dónde salió la pregunta

El estudio nació casi de casualidad. Jareef Martuza, profesor de la Escuela de Economía de Noruega, escribió su tesis doctoral sobre decisiones morales. En sus experimentos les daba a cientos de participantes la oportunidad de mentir para ganar un bono, y de paso les preguntaba qué porcentaje de los demás creían que iba a hacer trampa.

«Pensé que, en promedio, la gente acertaría», contó Martuza. «Pero sobreestimaban de forma consistente. Irónicamente, mis creencias sobre las creencias de los demás también estaban equivocadas.»

Así que decidió estudiarlo en serio.

El número

El equipo empezó revisando sus propios datos sin publicar: 31 comparaciones en 11 experimentos, con más de 8,000 respuestas. En la mayoría usaron un juego de dados. El participante pensaba un número, veía el resultado y reportaba si había acertado. Como la probabilidad real de acertar se conoce con exactitud, los investigadores podían calcular cuánta gente mentía para llevarse el dinero.

El resultado fue claro. En promedio, los participantes sobreestimaron la tasa de deshonestidad por 13.6 puntos porcentuales. El 63.5% se pasó por cinco puntos o más. Solo una cuarta parte subestimó la trampa.

«Sobreestimaron en unos 14 puntos, lo cual es un efecto sustancial», dijo Martuza. Lo que más los sorprendió fue lo estable que era el patrón. Aparecía en distintos contextos y daba igual si la persona había hecho trampa o no antes de dar su estimación.

El sesgo era más fuerte cuando había dinero real de por medio que en escenarios hipotéticos. La hipótesis de los autores: el dinero hace más visible la tentación de mentir, y proyectamos esa tentación sobre los demás. Si yo siento las ganas de hacer trampa, asumo que el resto también las siente y cede.

Lo que pasa cuando corriges la creencia

Acá viene la parte interesante. ¿Sirve de algo decirle a la gente cuál es el número real?

En un segundo estudio con 981 adultos, a la mitad le dieron un texto con los datos: que cerca del 70% de las personas actúa con honestidad en estas pruebas, y que la gente tiende a sobreestimar la trampa por 14 puntos. La otra mitad recibió una descripción general sin cifras.

Quienes leyeron los datos reales reportaron una visión más positiva de los demás. Más confianza general, más convicción de que la gente intenta ser justa, y menos cinismo. Corregir una sola creencia negativa mejoró la mirada sobre las personas en general.

Los jefes y las cámaras de vigilancia

Después el equipo fue por un grupo que diseña reglas para otros: los gerentes.

En un tercer estudio, 285 directivos estimaron cuánta gente haría trampa. Igual que el resto, exageraron: predijeron que el 55% mentiría en el juego de dados, 25 puntos por encima de la tasa real. Y ese pesimismo moral predijo algo concreto: cuanto más sobreestimaban la deshonestidad, más apoyaban la vigilancia y el monitoreo estricto en el trabajo.

El cuarto estudio, con 741 gerentes, probó si esto se podía mover. A la mitad le dieron los datos reales sobre honestidad. Los que recibieron la información mostraron bastante menos apoyo a las medidas de control en cinco de seis escenarios. Saber el número verdadero les bajó la necesidad de vigilar.

Martuza lo dice con cautela: corregir la percepción cambió las actitudes declaradas hacia la vigilancia, pero todavía no han probado si cambia las decisiones reales dentro de una organización.

Por qué esto me parece relevante en lo clínico

Mucha gente llega a terapia convencida de que el mundo está lleno de personas dispuestas a aprovecharse. A veces es producto de experiencias reales. Pero a veces es un sesgo, una lectura del mundo que se sostiene sola y se confirma sola: si asumo que los demás van a fallarme, me protejo, me cierro, y nunca llego a comprobar lo contrario.

Este estudio le pone un número a esa intuición. No es que la gente sea perfecta. Es que solemos calcular mal, hacia el lado oscuro, y ese error nos cuesta confianza, vínculos y tranquilidad. Saberlo no te obliga a confiar en cualquiera. Pero sí abre la puerta a preguntarte si tu pesimismo sobre los demás está tan justificado como sientes que lo está.

Lo que el estudio no dice

Conviene no estirar las conclusiones.

Los autores son claros: cerca del 30% de los participantes sí hizo trampa cuando tuvo la oportunidad. Nadie está diciendo que la gente sea impecable. El hallazgo es que creemos que ese número es mucho más alto de lo que es.

Además, toda la muestra era de Estados Unidos y reclutada en línea, así que no se sabe si el patrón se repite en otras culturas. Tampoco está claro el mecanismo exacto: puede que los eventos negativos se nos peguen más en la memoria, o que escuchar una buena noticia mejore el ánimo y tiña todo de positivo. Y leer un texto corto en una encuesta no es lo mismo que tomar decisiones reales en una empresa.

En corto

Tendemos a creer que los demás hacen más trampa de la que realmente hacen, y por un margen amplio. Esa creencia alimenta el cinismo y empuja hacia más control y vigilancia. Cuando a la gente le muestras el dato real, confía más y vigila menos. Vale la pena revisar de vez en cuando si la imagen que tenemos del resto coincide con la evidencia, o si solo coincide con nuestro miedo.

Referencia: Martuza, J., Thorbjørnsen, H., & Sjåstad, H. (2026). Beliefs versus reality: People overestimate the actual dishonesty of others. Journal of Experimental Social Psychology.

  • Ciencia

16 años siguiendo a niños mentirosos: esto encontraron

  • 09/06/2026
  • Equipo de Redacción

Si tu hijo te miente, probablemente no estás criando a un futuro delincuente. Eso es básicamente lo que muestra un estudio nuevo publicado en Development and Psychopathology. La mayoría de los niños mienten poco y mienten cada vez menos a medida que crecen. La mentira es común en la infancia, pero para casi todos no es señal de nada grave.

El detalle está en ese «casi». Hay un grupo pequeño de niños que mienten de forma frecuente o que mienten cada vez más con el tiempo. Y ese grupo sí tiene más riesgo de desarrollar síntomas de personalidad antisocial y de acumular antecedentes penales en la adultez.

Por qué este estudio es distinto

La mayor parte de lo que sabemos sobre las mentiras infantiles viene de experimentos de laboratorio. Le pones a un niño una situación artificial —no mires este juguete, no comas este dulce— y observas si miente para conseguir un premio o para esconder una travesura. Esos estudios sirven para entender cómo se desarrollan las habilidades mentales necesarias para mentir. Pero no te dicen nada sobre cómo se comporta la mentira en la vida real, a lo largo de los años.

Este trabajo va por otro lado. Los investigadores siguieron a las mismas personas durante 16 años para ver qué trayectoria seguían sus mentiras desde la infancia hasta la adultez temprana.

La pregunta de fondo era simple: ¿todos los niños siguen el mismo camino, o hay grupos distintos?

«Sabíamos que la capacidad de mentir aparece en los niños pequeños por su desarrollo cognitivo», explicó Victoria Talwar, directora del centro de desarrollo infantil de la Universidad McGill y autora principal. «Pero no sabíamos cómo se desarrollaban estas trayectorias. No teníamos la conexión entre la niñez temprana y la adultez.»

Qué hicieron

Analizaron datos del Estudio Longitudinal de Quebec, con 3,017 niños francófonos que tenían alrededor de seis años cuando empezó la investigación. Madres, padres y maestros reportaron las mentiras de los niños en varios momentos entre los 6 y los 19 años, usando una escala simple de tres puntos: no aplica, ocasional, frecuente.

Además midieron agresividad a los 6 años, impulsividad a los 12, y cuando los participantes llegaron a los 22, entrevistadores entrenados evaluaron síntomas de trastorno de personalidad antisocial. También revisaron registros judiciales oficiales de condenas entre los 13 y los 25 años.

Como los padres y los maestros ven a los niños en contextos muy distintos, analizaron los reportes por separado. Eso es importante, porque cada grupo de observadores encontró trayectorias diferentes.

Las trayectorias

Según los maestros, hubo tres caminos:

  • Mentira baja (73%). La gran mayoría. Mentían poquísimo a los 7 y eso bajaba casi a cero a los 15.
  • Mentira creciente (22%). Empezaban un poco más alto y subían lentamente hasta un nivel ocasional en la adolescencia media.
  • Mentira decreciente (5%). Empezaban con las tasas más altas y caían a casi cero a los 15.

Según los padres, también tres caminos, pero distintos:

  • Mentira ocasional (58%). Un nivel moderado y estable desde los 6 hasta los 19.
  • Mentira baja (30%). Empezaban bajo y bajaban más hasta casi desaparecer.
  • Mentira curvilínea (12%). Moderada a los 6, pico entre los 8 y los 10, y después una caída fuerte hacia la adolescencia tardía.

La lectura general es tranquilizadora. «La mayoría de los niños no mienten demasiado y tienden a mentir menos a medida que crecen», dijo Talwar. La mentira frecuente no es la norma. Solo una minoría muestra niveles crecientes o persistentemente altos.

Qué predice los caminos problemáticos

Acá está lo clínicamente interesante. Las mentiras no aparecían solas.

Los niños con más agresividad a los 6 años tenían más probabilidad de terminar en los grupos de mentira alta o creciente. Lo mismo con los niños que los maestros calificaron como muy impulsivos a los 12. La mentira problemática venía acompañada de otras dificultades de conducta.

«Así que la mentira problemática suele ser parte de un patrón más amplio de dificultades conductuales, no un problema aislado», resumió Talwar.

Esto encaja con lo que vemos en consulta. Un niño que miente mucho rara vez es «solo un niño que miente». Suele ser un niño que también pega, que actúa sin pensar, que tiene problemas para regularse. La mentira es una pieza, no el cuadro completo.

Los desenlaces en la adultez

Cuando miraron qué pasó después, las trayectorias importaron.

Según los reportes de los maestros, los niños del grupo de mentira creciente mostraron más síntomas de personalidad antisocial en la adultez temprana y acumularon más condenas, violentas y no violentas, que los del grupo de mentira baja.

Según los reportes de los padres, fueron los niños del grupo de mentira ocasional pero estable los que terminaron con las tasas más altas de agresividad adulta, síntomas antisociales y condenas. En cambio, los niños de los grupos de mentira baja o decreciente tuvieron los menores índices de problemas.

Vale la aclaración: incluso en los grupos de riesgo, las tasas de conducta criminal eran bajas en términos absolutos. No estamos hablando de un destino sellado.

Qué te llevas de todo esto

Si eres madre o padre, el mensaje es directo: que tu hijo mienta de vez en cuando es normal y casi siempre se le pasa. No necesitas convertir cada mentira en una crisis moral.

Lo que sí vale la pena observar es la mentira persistente y en aumento, sobre todo cuando aparece junto a otros problemas de conducta como agresividad o impulsividad. Esa combinación puede ser una señal temprana de riesgo y justifica buscar apoyo a tiempo.

«La mentira persistente y notoria puede ser una señal de alarma temprana de problemas de ajuste posteriores», dijo Talwar.

Desde lo clínico, me parece que ese es el punto útil. No patologizar la mentira, que es parte del desarrollo, pero tampoco ignorarla cuando viene en paquete con otras dificultades. El patrón importa más que el episodio.

Lo que el estudio no puede decirte

Conviene leer estos resultados con cuidado.

La escala de tres puntos es muy gruesa. No distingue entre una mentira egoísta para sacar provecho y una mentira prosocial para no herir a alguien. Y no mide todas las mentiras: mide las que los adultos lograron detectar. Los adultos somos malísimos atrapando mentiras infantiles, así que en realidad el estudio captura la deshonestidad socialmente visible, no la cantidad real de mentiras.

«Pueden existir mentiras que los padres o maestros no atraparon ni reportaron», reconoció Talwar.

Además, la muestra incluyó a propósito a muchos niños con conducta disruptiva en el kínder, lo que pudo facilitar encontrar la relación entre problemas tempranos y desenlaces criminales. Y no se controlaron variables como el nivel socioeconómico de la familia o problemas internalizantes no tratados, como la ansiedad, que podrían influir tanto en la conducta infantil como en los líos legales de adulto.

En resumen

No todas las mentiras son iguales, y esa es quizás la conclusión más importante. La mayoría de los niños mienten un poco y lo superan. Un grupo pequeño no, y en ese grupo la mentira suele ser la parte visible de algo más amplio. Distinguir entre una cosa y la otra —en lugar de asustarnos con cada mentira— es lo que nos permite intervenir donde de verdad hace falta.

Referencia: Talwar V, Crossman AM, Robinson K, et al. The long view: Lie-telling trajectories, ages 6 to 19 years. Development and Psychopathology. Published online 2026:1-14. doi:10.1017/S0954579426101515

  • Artículos de opinión (Op-ed)
  • Clínica

A veces el terapeuta es el obstáculo

  • 08/06/2026
  • David Aparicio

A veces los terapeutas somos el obstáculo para que el paciente practique habilidades. Podemos fusionarnos con pensamientos como «este ejercicio no le gustará» o «no servirá», y sin darnos cuenta terminamos por no proponerlos. Hoy me di cuenta de esto mientras pensaba en proponer un ejercicio de aceptación: el de aguantar la respiración.

El pensamiento no es el problema. El problema es no notar que me fusioné con él, ese instante en que deja de ser un pensamiento y lo trato como un hecho. Ahí decide la sesión por mí.

Aparece sobre todo con dos tipos de pacientes. Con los que llevo mucho tiempo viendo, donde ya creo saber cómo van a reaccionar a cada cosa que propongo. Y con los que, por sus características, no parecen el candidato ideal para un ejercicio experiencial o de atención plena: personas rígidas, poco dadas a «sentir», escépticas de cualquier cosa que suene a meditación.

En esos casos mi mente trabaja rápido y en automático: «no le va a gustar», «le va a parecer raro», «para qué proponerlo si ya tenemos tiempo en esto y nunca hemos hecho algo así» o “ya hemos abordado el proceso de aceptación, está aburrido”. Y me los creo, como si ya supiera el resultado del ejercicio antes de proponerlo.

Y aquí lo irónico: mi trabajo consiste en ayudar a mis pacientes a notar sus reglas verbales, a no creerse pensamientos como «no puedo», «no sirve» o «ya sé cómo termina esto», y a moverse igual hacia lo que les importa. Pero del otro lado del consultorio, en mi silla de terapeuta, también puedo terminar comprándome mis propias reglas. No me pasa todo el tiempo, pero pasa. Hoy pasó, y alcancé a darme cuenta.

Pero me di cuenta de mi fusión. Y pude hacer las dos cosas a la vez: darme cuenta del pensamiento —»esto no le va a servir»— y proponer el ejercicio de todos modos. No necesité discutirle ni convencerme de lo contrario; las dos cosas cabían al mismo tiempo. Esa es la dialéctica de la terapia: no la de un modelo en particular (no me refiero a DBT), sino la de la situación misma. Que mi mente me diga que no va a funcionar y que yo lo proponga igual, con curiosidad, para observar qué sucede.

Para mi sorpresa, funcionó muy bien. El paciente lo hizo con curiosidad y disposición. Mi mente me había dicho que se negaría, que no iba a querer, y fue todo lo contrario: me describió sus sensaciones y su tendencia a controlar el malestar, y pudo practicar un poco eso de soltar y sostener la incomodidad de aguantar la respiración. Incluso aguantó más tiempo que en el primer intento.

Lo escribo porque creo que es algo de lo que hablamos poco. Pensamos la inflexibilidad como algo del paciente —su evitación, su fusión, sus reglas. Pero el terapeuta también se fusiona. Y cuando lo hace, el resultado no es dramático ni visible: simplemente deja de proponer cosas. Deja de traer un ejercicio, deja de sugerir una práctica, deja de explorar un recurso nuevo. No porque el paciente se haya negado, sino porque nosotros ya decidimos por él que no valía la pena.

El problema es que esa decisión casi nunca se siente como una decisión. Se siente como criterio clínico. Como experiencia. «Ya sé que con este perfil no funciona.» Y a veces sí, a veces es criterio. Pero muchas otras es pura fusión disfrazada de criterio.

Esos pensamientos van a seguir viniendo no importa cuantos años de terapia tenga. Tengo que aceptarlo, detectarlos, reconocerlos, hacerles espacio y, aun así, moverme con mayor apertura hacia lo que cada paciente y este trabajo requiere. Proponer el ejercicio. Buscar el recurso. Probar la práctica. Pedir que llenen el formulario. Y dejar que sea la experiencia —y no mi predicción— la que diga si sirve o no.

  • Recomendados

Somos los primates que menos duermen y esto no es malo

  • 08/06/2026
  • David Aparicio

El País entrevistó a David Samson, antropólogo evolutivo de la Universidad de Toronto, Canadá, y autor de The Sleepless Ape, un provocador libro que plantea una hipótesis bastante interesante y contraintuitiva sobre el sueño: quizás dormir menos no es consecuencia de la ajetreada vida moderna, sino una ventaja evolutiva. Somos los primates que menos dormimos, pero los que más años vivimos, más sanos y con mayor capacidad cognitiva.

Pregunta. El sueño es esencial para la salud y la cognición, y sin embargo los humanos dormimos menos que cualquier otro primate, vivimos más y somos más inteligentes. ¿Cómo es esto posible?

Respuesta
. Es una paradoja. Cuando empecé a investigar el sueño en grandes simios salvajes, en orangutanes en entornos de cautividad y después con lémures en el laboratorio, fuimos los primeros en acumular datos sobre más de 30 especies de primates, un número que permite hacer análisis filogenéticos muy sofisticados. Eso significa que puedes tomar los patrones de sueño de todo el orden de los primates y modelarlos controlando la historia evolutiva: el tamaño del cerebro, el tamaño corporal, la dieta, la sociología… Vimos que los grandes simios duermen en torno a las nueve horas y media o 10. El mono búho puede llegar a 17 horas de sueño al día. Los tarseros duermen 15 horas, los lemur, entre 13 y 14. Pero los humanos… lo que descubrimos fue extraordinario: dado nuestro tamaño corporal, tamaño cerebral, sociología y el hecho de que nuestra vida se desarrolla en la tierra, el modelo predice que deberíamos dormir 11 horas y media por cada período de 24 horas.

Pero los humanos, si haces la media a escala mundial, tanto en sociedades a pequeña escala como en grandes sociedades industrializadas, dormimos unas siete horas. Esto significa que pasamos por un experimento evolutivo radical para convertirnos en los primates que menos duermen de todo el orden. Y no es porque seamos una especie salvaje propensa a malos hábitos, sino por nuestra evolución.

Y tiene datos muy interesantes que refutan la idea de que somos la generación que peor duerme en la historia de la humanidad:

R. Exacto. Si escuchas las noticias, pensarías que somos la generación de humanos que peor ha dormido en toda la historia, a causa de la tecnología, los móviles y la luz artificial por la noche. Pero resulta que no es así. En un artículo que publicamos el año pasado en  Proceedings B, analizamos culturas de todo el mundo y vimos que las culturas de pequeña escala, como los hadza en Tanzania o los baka del Congo, duermen significativamente menos, una media de 6,4 horas, y su sueño es mucho más fragmentado que el nuestro. Así que ese argumento no tiene peso empírico. En realidad hemos mejorado en términos de sueño.

Samson no niega que el exceso de luz pueda afectar nuestro sueño. Al mismo tiempo asegura que contamos con entorno más seguros y cómodos que aseguran un sueño profundo y de mejor calidad. Lo que si le preocupa es la desconexión que tenemos con el entorno lo que puede afectar la calidad del sueño. Me gusta mucho que él no propone una reducción y mayor control de nuestros hábitos de sueño, porque siendo honestos, eso rara vez funciona. En cambio propone algo más práctico y efectivo:

R. La Ilustración del Sueño consiste en aprovechar lo que ya hacemos bien y añadir lo que nos falta. Recibimos muchas críticas por nuestra mala higiene del sueño, los móviles y todo eso. Pero lo cierto es que tenemos entornos de sueño físicamente seguros y cómodos, lo que permite un sueño profundo y de alta calidad. Lo que hemos perdido es la conexión con el mundo exterior. Si consolidamos los avances en tecnología del sueño que ya hemos logrado, y a la vez recuperamos la sintonía con nuestros ritmos circadianos, estaremos en el umbral de esa Ilustración. ¿Cómo? Ancla tu día con la luz de la mañana. Pasa más del 15% de tu tiempo diario al aire libre, con luz solar de espectro completo en distintos momentos del día. Si puedes, camina por entornos verdes: las hojas absorben la luz infrarroja, que alimenta nuestras mitocondrias. Existe un cromátoforo en las mitocondrias, la citocromo C oxidasa, la enzima terminal que permite a las mitocondrias respirar, convertir oxígeno en agua y generar ATP. Sin suficiente luz infrarroja, no podemos alimentar nuestro cuerpo. Y cuando estés en interiores, elige luz cálida de unos 2.000 Kelvin, luz de fuego. Si hacemos todo eso y mantenemos los beneficios de la tecnología que hemos desarrollado en torno al sueño, creo que estamos al borde de una Ilustración del Sueño como especie.

La entrevista completa está en el diario El País.

  • Análisis

La psicología de las personas a las que no les importa su cumpleaños

  • 07/06/2026
  • David Aparicio

Buen video, aunque mezcla referencias legítimas con algo de lenguaje neurocentrista típico de la divulgación pop en YouTube, ese de «el cerebro prefiere» o «el cerebro archiva», que dramatiza más de lo necesario. La teoría de Deci y Ryan, la cinta edónica de Brickman y el trabajo de Crocker sobre contingencias de la autoestima están bien usados. Lo que no convence es «ceguera temporal», que no es un término establecido en psicología.

Lo más valioso es que no asume que hay algo dañado en la persona por no querer celebrar su cumpleaños, y creo que ahí está el punto central. El problema no es no celebrar, sino la expectativa social de que hay que tener una gran celebración, porque cuando eso no se cumple las personas sufren innecesariamente.

Yo soy uno de ellos. Le agregaría una capa más conductual: no celebrar también puede ser el resultado de una historia de reforzamiento muy diferente a la del promedio. Si creciste en un ambiente donde las celebraciones eran escasas, inconsistentes o decepcionantes, el comportamiento de anticipar y emocionarse simplemente no se reforzó y con el tiempo se extinguió. No es solo indefensión aprendida en el sentido cognitivo, sino que el festejo nunca se convirtió en una conducta funcionalmente relevante.

En mi caso me identifico más con la autodeterminación, aunque explicada en términos conductuales: mis reforzadores están principalmente bajo control interno, no dependen de eventos sociales externos para mantener mi bienestar. El cumpleaños simplemente no está en mi jerarquía de reforzadores relevantes. Y algo de historia de extinción también hay: cuando una conducta, en este caso anticipar y celebrar, se asocia repetidamente con ausencia de reforzamiento o con resultados decepcionantes, deja de emitirse.

  • Artículos de opinión (Op-ed)

No todo es psicología: No esperes a que escampe

  • 07/06/2026
  • David Aparicio

Un pensamiento

Escribo esto desde mi auto, un domingo lluvioso, en medio de la ciudad tropical de Panamá. Vine a comprar un café antes de ir al gimnasio y, mientras la lluvia cae sobre el parabrisas, aprovecho para escribir. Aquí, en mi país, llueve ocho meses al año. La humedad supera el 80% y la temperatura es cálida todo el año. El clima es un poco impredecible: en la mañana puede hacer mucho sol y, en cuestión de minutos, caer una tormenta tropical que inunda las calles, para luego volver a salir el sol. Panamá es un país con desregulación climática…

Y mientras miraba caer el aguacero, pensé en lo mucho que el clima se parece a las emociones. En DBT lo decimos seguido: las emociones son como el clima. Llegan sin pedir permiso, a veces con una intensidad que parece que va a durar para siempre, y aun así pasan.

Pero aquí está lo que me importa: no se trata de esperar a que escampe para empezar a vivir1. Hoy, bajo la lluvia, vi gente corriendo, restaurantes llenos de personas desayunando, familias entrando y saliendo con el paraguas a medio cerrar. No ignoraban la tormenta, simplemente seguían haciendo lo que importaba.

Eso es lo que intento recordarme cuando las emociones difíciles aparecen. No tengo que sentirme bien para ir al gimnasio, salir o sentarme a comer con la gente que quiero. Puedo sentir la tormenta completa y aun así moverme hacia lo que le da sentido a mi vida. De hecho, igual pienso ir al gimnasio aunque siga lloviendo. La lluvia no me lo impide. Y, como toda tormenta, también va a pasar.

Personal

Estoy leyendo más en la caminadora, entre las rutinas de pesas. Leer en el celular mientras camino es una delicia: puedo avanzar en las páginas de Kafka en la orilla, la novela de Murakami que tengo entre manos. Antes ni usaba la caminadora porque me aburría demasiado; me iba directo a las pesas. Pero ahora la configuro en la máxima inclinación y a 5 km/h, y me pongo a leer. El tiempo pasa volando, y cuando levanto la mirada me doy cuenta de que ya llevo 30 minutos caminando.

No soy sedentario (intento ir al gimnasio tres o cuatro veces por semana), pero caminar de esta forma me permite disfrutar de la lectura y hacer ejercicio al mismo tiempo. Antes leía mientras comía, y aunque está bien, hay algo distinto en caminar mientras lees o piensas. No sé explicarlo del todo, pero me deja con una sensación de claridad que no encuentro estando quieto. Por eso quería recomendártelo.

Película recomendada

Me ha conmovido muchísimo la película colombiana de la que todo el mundo está hablando: Un Poeta. Es una historia profunda, apasionada, sobre la transformación y la reivindicación, y profundamente latinoamericana en su forma de cuestionar cómo se instrumentaliza el arte, la distancia entre el talento verdadero y el talento comercial, y lo fácil que es caer en el camino.

Óscar Restrepo, el protagonista, alguna vez fue joven, poeta y premiado. Ahora, con más de 50 años, es un alcohólico sin dirección, atrapado en la rutina y arrastrando el peso de lo que pudo ser y no fue. Pero encuentra un propósito inesperado cuando conoce a Yurlady, una joven promesa de la escritura a la que decide tomar bajo su mentoría. Después de leer sus poemas queda impresionado y le propone presentarse a un concurso para salir adelante. Ese acto de generosidad parece encerrar dos anhelos del protagonista: redimir sus propios fracasos profesionales y repensar su rol como padre.

Y ahí, creo, está lo que más me removió. La película no idealiza la redención: Óscar no se salva enseñando, ni Yurlady es simplemente el vehículo de su segunda oportunidad. Hay algo incómodo y honesto en ver a un hombre intentando dar lo que él mismo no supo aprovechar, proyectando en otra persona los sueños que dejó marchitar. Es una historia sobre el fracaso y la dignidad, sobre qué significa dedicar la vida a algo que el mundo no siempre premia, y sobre el precio de mantenerse fiel a uno mismo cuando todo empuja en la dirección contraria. No es una película cómoda, y en eso está su mayor virtud.

Pero, sobre todo, es una historia sobre volver a encontrar el camino. Sobre esa idea —tan difícil de creer cuando uno carga años de fracasos— de que nunca es demasiado tarde para reconciliarse con lo que amamos, ni para darle un sentido distinto a lo que queda por delante. Te deja pensando mucho después de que terminan los créditos.

Un Poeta, está disponible en HBO Max.

Video Recomendado

Casey Neistat llegó a 730 días seguidos de su rutina de correr, sin una sola excepción. Su compromiso era correr al menos 2 millas diarias, y no falló ni un solo día. Pero el mensaje más importante no es que haya alcanzado su objetivo, sino el valor de la consistencia en cualquier tarea que hagamos. Al final, es esa constancia —y no los días aislados de inspiración— la que genera el verdadero efecto positivo. Incluso es una forma de demostrarte a ti mismo que puedes hacer algo difícil.

Otro punto que me gustó de su video es que, en el fondo, es más fácil comprometerse a cumplir el objetivo pase lo que pase que dejar la puerta abierta al «hoy no». Porque cada vez que te planteas saltarte un día, la mente tiene que ponerse a fabricar argumentos para justificar por qué no puedes hacerlo hoy y a buscar alternativas. Cuando la decisión ya está tomada, te ahorras esa negociación interna.

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Cita recomendada

El emperador y filósofo romano Marco Aurelio sobre la venganza:

«La mejor venganza es no parecerse a quien te hizo el mal.»

Cierre

Es es todo por hoy. Disfruta tu domingo.

Un saludo,

David.

Nota al pie de página

  1. Vale una aclaración para quienes conocen DBT: una cosa es esperar a que baje la intensidad antes de actuar sobre un impulso (no mandar el mensaje en caliente, no tomar decisiones importantes en plena tormenta emocional), y otra muy distinta es postergar lo que importa esperando «sentirse bien» para empezar. Lo primero es regulación; lo segundo, evitación. Aquí hablo de lo segundo: moverse hacia lo valioso aunque la emoción siga presente. En otras palabras “acción opuesta”. ↩
  • Artículos de opinión (Op-ed)

Trauma y apego: ¿la vuelta del psicoanálisis?

  • 06/06/2026
  • David Aparicio

El País publicó esta semana un artículo que entrevistó a diversos especialistas en psicología, incluidos varios conocidos en las terapias contextuales, para desmontar el uso del trauma y el apego como explicación de los problemas psicológicos:

Son dos ideas al alza en las consultas de los psicólogos. Un filón para captar lectores en los libros de autoayuda. La fuente de la que beben cientos de investigaciones. Y un ámbito manoseado hasta el delirio en redes sociales, donde brotan miles de entradas en las que ambas nociones se estiran a discreción y con absoluto descaro (incluso osadía diagnóstica), según estime el youtuber o tiktoker de turno.

Trauma y apego. Apego y trauma. Estilos de apego que derivan en traumas. Vivencias traumáticas difíciles de procesar por un apego no seguro. El huevo y la gallina. Círculos viciosos operando desde los rincones de la psique. Bucles que, se nos insiste, hay que desentrañar si queremos sentirnos mejor. Juntos o por separado, con sus fieles y detractores, ambos conceptos simbolizan una tendencia que se consolida en salud mental: mirar hacia atrás para sanar el ahora.

En principio estaría de acuerdo con este artículo, porque ayuda a desmontar las explicaciones pseudocientíficas que circulan sobre la salud mental. Pero en este caso creo que tiene algunos problemas importantes.

El problema no es lo que dicen, es cómo lo dicen

El primero es que estos artículos pueden dejar al lector más desconcertado de lo que estaba. Muchas de las respuestas de los especialistas tienen un tono académico que no le permite a la persona entender por qué la teoría del apego o del trauma no le sirve para hacer los cambios que necesita en su vida. Se acumula jerga técnica en un diario que, como El País, está dirigido a la población general y no a clínicos especializados. El lector que llegó preguntándose si su problema viene de la relación con su madre se va con la sensación difusa de que «eso está mal», pero sin nada claro con qué reemplazarlo.

De todas las respuestas, solo una me parece realmente clara:

«Uno sufre en el presente. Empeñarnos en explicar ese dolor en lo remoto nos hace perder de vista las causas que mantienen el sufrimiento y sobre las que podríamos trabajar de manera mucho más eficaz».

Ahí está, en una sola frase, lo que el resto del artículo intenta transmitir. Y vale la pena desarrollarlo, porque es justamente el punto que se pierde entre tanta erudición.

Por qué el apego y el trauma se volvieron explicaciones tan populares

La teoría del apego y el trauma se han convertido en explicaciones fáciles de comprender para la gente que no es psicóloga. Es cómodo decir que tu comportamiento se debe al estilo de apego que tuviste con tu madre o tus cuidadores. Y, dentro de todo, no están del todo equivocados: eso es parte de tu historia de aprendizaje, es uno de los factores que dieron forma a los repertorios que hoy tienes.

Pero una cosa es reconocer que esos eventos participaron en cómo aprendiste a comportarte, y otra muy distinta es afirmar que esos eventos son los que están manteniendo tu comportamiento en el presente. Esa diferencia, que parece sutil, lo cambia todo. Tu infancia te enseñó muchas cosas; no te las está enseñando ahora mismo, cada mañana, cuando evitas una conversación difícil o cuando respondes con ansiedad ante algo que podrías manejar de otro modo. Lo que mantiene esas conductas hoy son las contingencias actuales: lo que ocurre antes y después de que aparezcan, en tu vida real y presente.

Lo mismo ocurre con el trauma. El trauma es un término psicológico que designa algo real y serio: las respuestas de un organismo ante un evento que desbordó sus recursos para afrontarlo, con consecuencias que pueden ser profundas y duraderas. Existe el trastorno de estrés postraumático, existen las secuelas de la violencia, del abuso, de la guerra. No se trata de negar nada de eso. El problema aparece cuando el término se estira tanto que termina nombrando cualquier experiencia incómoda del pasado, y cuando se usa no para describir lo que pasó, sino para explicar —de forma automática y definitiva— todo lo que la persona hace hoy.

El giro que cambia el trabajo terapéutico

Y aquí es donde quiero ser claro, porque no quiero caer en el mismo error que critico. Que un paciente llegue a consulta convencido de que tiene un trauma o un estilo de apego inseguro no es, en sí mismo, un gran problema. El profesional puede trabajar con eso. De hecho, sí podemos explorar el pasado: la historia de aprendizaje de una persona es información valiosa, nos ayuda a entender cómo se formaron ciertos patrones, qué situaciones los activan, qué función cumplen.

La diferencia está en para qué exploramos ese pasado. No lo hacemos para encontrar la causa oculta que, una vez descubierta, lo resolverá todo. Lo hacemos para entender el aprendizaje y luego volver al presente, que es donde efectivamente podemos intervenir. Porque el pasado no se puede cambiar; las condiciones que mantienen el sufrimiento hoy, sí.

Cuando la explicación se vuelve la jaula

Hay todavía un matiz que conviene no perder: las explicaciones que damos sobre nuestro pasado pueden condicionarnos e incluso impedirnos cambiar. Pero el mecanismo no es el que la versión popular imagina. No es que el evento de la infancia siga actuando como una causa subterránea que tira de nosotros desde las profundidades. Es que la explicación que construimos: soy así por mi apego», «no puedo por mi trauma”, se convierte ella misma en una variable que gobierna lo que hacemos después.

Como ha señalado Fabián Maero, una explicación no es un reporte neutral de lo que pasó, sino una construcción que mira hacia el futuro: señala por dónde seguir y, al mismo tiempo, clausura las acciones alternativas posibles. «Evito las reuniones sociales porque soy tímido» no describe simplemente un hecho; instala un contexto que, tomado en serio, bloquea otras formas de responder ante esa clase de situaciones. Lo mismo ocurre con «no me puedo comprometer por mi estilo de apego» o «no puedo confiar por mi trauma». La frase no es la causa de la conducta, pero, una vez que la persona la cree, empieza a funcionar como si lo fuera.

Por eso desmontar esas explicaciones en consulta no es un capricho academicista ni una manera de quitarle importancia a lo que la persona vivió. Es justamente lo que vuelve a abrir el horizonte que la explicación había cerrado. El problema nunca fue que el paciente llegara hablando de trauma o de apego; el problema sería dejar intacta una narrativa que, sin que nadie se dé cuenta, le está cerrando la puerta al cambio.

Lo que faltó decir

Creo que el artículo perdió una oportunidad para ayudar a los lectores a entender por qué el las explicaciones basadas en trauma y apego están sobrevaloradas o confunden correlación con causalidad. Hay que explicarle algo mucho más útil y más esperanzador: que entender de dónde viene tu malestar no es lo mismo que resolverlo, y que el lugar donde puedes hacer cambios reales no está en una infancia que ya no existe, sino en la vida que estás viviendo ahora.

Las ideas sobre las explicaciones como contexto para el futuro están desarrolladas con mucha más profundidad en el artículo «Las razones no son causas«, de Fabián Maero, publicado en Grupo ACT y republicado en Psyciencia.

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El duelo no mata por intenso, sino por rígido

  • 06/06/2026
  • David Aparicio

Jessica Mouzo recopila la evidencia sobre el riesgo de morir tras un duelo prolongado. Los datos muestran un aumento en la probabilidad de morir, aunque su magnitud varía según las características de cada persona. Esto no significa que el duelo ‘cause’ la muerte, sino que predispone a otras enfermedades:

Juan Carlos Pascual Mateo, psiquiatra y miembro del comité ejecutivo de la Sociedad Española de Psiquiatría y Salud Mental, desdeña la épica que acompaña a eso de morir de pena o de amor, y señala una interpretación biológica del fenómeno: “Los estados emocionales repercuten a nivel físico. Hay una afectación a nivel del eje hipotalámico-hipofisario-adrenal un sistema neuroendocrino que regula la respuesta del cuerpo al estrés, aumenta el cortisol y puede tener repercusión en el sistema inmune, que esté más deprimido y vulnerable. Todo eso te predispone más a fallecer por alguna enfermedad. No te mueres de tristeza, sino de otra causa médica”.

La evidencia sugiere que la probabilidad de morir será más alta en los primeros seis meses después del fallecimiento del ser querido y después va disminuyendo. Aunque hay casos, especialmente cuando los padres pierden a un hijo, esta tendencia puede mantenerse. Por otro lado, cuando la pérdida es de la pareja, el riesgo de mortalidad es mayor en las personas jóvenes y en los hombres viudos. Las causas más frecuentes son: accidentes, motivos violentos y enfermedades relacionadas con el alcohol, hasta problemas cardiovasculares o suicidio.

La angustia y la soledad asociadas a la pérdida modifican los vínculos sociales, reducen los comportamientos saludables y afectan la economía y la estabilidad de quienes no saben o no pueden manejar esta avalancha de cambios. Todo ello deteriora la salud y ayuda a explicar por qué el duelo prolongado se asocia a un mayor riesgo de morir.

Con esta información en mente, ¿qué tenemos que evaluar? ¿La intensidad del duelo o su duración? Ni una ni la otra. Ni la intensidad ni la duración del duelo es un problema clínico, sino la inflexibilidad psicológica: la tendencia a quedar atrapado en los propios contenidos —pensamientos, recuerdos, emociones— de un modo tan inamovible que la conducta deja de responder a lo que la vida pide en el presente.

El dolor de la pérdida no es el problema. El dolor es esperable, legítimo, incluso una medida del vínculo que se tenía. El problema aparece cuando la persona organiza toda su vida alrededor de no sentir ese dolor, o alrededor de no traicionar al que ya no está. Ahí es donde el repertorio se estrecha: se evita todo lo que recuerde la pérdida (o, al contrario, no se puede hacer otra cosa que rumiar sobre ella), se abandonan los vínculos, se sueltan los hábitos que sostienen la salud, se renuncia a cualquier acción valiosa que implique seguir viviendo. No es la magnitud de la emoción lo que enferma, sino la rigidez del patrón con que se la intenta controlar.

El artículo completo está en El País.

  • Artículos de opinión (Op-ed)

Las razones no son causas

  • 05/06/2026
  • Fabián Maero

Las razones no son causas.

Encontré esa expresión por primera vez en el libro seminal de Terapia de Aceptación y Compromiso y luego también en varios lugares de la obra de Skinner (le dedicó un capítulo entero en Sobre el Conductismo), y siempre me ha parecido una feliz intuición, a la cual vale la pena dedicarle unas líneas.

Creo que la frase resulta más fácilmente comprensible con una pequeña reformulación: las explicaciones que damos sobre nuestras acciones no son lo mismo que sus causas.

Por un lado, en la bibliografía de Sobre el Conductismo, Skinner atribuye a Sellars lo siguiente: “con el lenguaje, las acciones del hombre vinieron a tener tanto causas como razones”, y creo que la cita da en el clavo. Las explicaciones traducen nuestras acciones y su posible contexto para la circulación social. Explicar es una manera de relacionarse, de anticipar futuras acciones, de actuar en y por medio de otros. Pero, como cualquier traducción, no son neutras sino que están teñidas por las diversas motivaciones del traductor (incluyendo las que no le son transparentes), y configuradas por las prácticas socioverbales vigentes. El ambiente sociocultural establece qué cuenta como explicación legítima, cuáles formas de encadenar causas y efectos son lícitas y cuáles no. Explicar tiene funciones: puede ser un mapa o una disculpa.

Por otra parte, cualquiera de nuestras acciones es un evento cuya emisión y forma particular dependen de una multitud de variables. Estar escribiendo en este momento de esta manera es el efecto de las palabras que leí y escuché, las que pronuncié y escribí. Es toda mi historia y organización psicofísica en esta situación particular que incluye la habitación y la página en blanco, una situación compleja e histórica en la cual confluyen factores que ni siquiera sospecho. Quizá favorezco un sustantivo gracias a la distante influencia de una página de Cortázar que leí hace veinte años; quizá en el ritmo y longitud de mis oraciones hay un dejo de la forma de hablar de mi pueblo; quizá algún giro o expresión es un homenaje a una antigua amistad; quizá mi dolor de espalda inspira un verbo.

Pero cuando se me pide explicar por qué estoy escribiendo mi respuesta es otro evento, que está controlado por otras variables. Lo que se me pide explicar es sólo una parte del contexto para la explicación. También lo es mi historia entera de aprendizaje con esas situaciones y las particularidades de las circunstancias actuales en las que se me dirige la pregunta. Entonces, no sólo la explicación de mis acciones puede ser engañosa porque nunca conozco del todo sus causas, sino también porque explicar es una nueva acción que está influenciada por variables diferentes a la primera. Las explicaciones son el proverbial dedo que señala a la luna (y que sólo el necio confunde con ella).

Durante la segunda mitad del siglo XX, Sperry y Gazzaniga llevaron a cabo investigaciones, hoy ya clásicas, con personas a las que se les había seccionado el cuerpo calloso, el puente que une las mitades del cerebro. Dicha operación, que se empleaba como tratamiento para la epilepsia, deja a los hemisferios cerebrales intactos pero desconectados entre sí, de manera que una mitad del cuerpo responde de manera más o menos independiente de la otra. En una de las investigaciones más conocidas se le presentaron a estos sujetos imágenes distintas en la zona del campo visual correspondiente a cada hemisferio: una escena con nieve para el campo visual del hemisferio derecho y una pata de gallina para el izquierdo. A continuación se les pidió que seleccionaran de entre cuatro tarjetas con imágenes la que mejor se correspondiera con lo que habían visto. La mano izquierda (controlada por el hemisferio derecho, por el cruce de las vías nerviosas), eligió la tarjeta que mostraba una pala (para quitar nieve), mientras que la mano derecha (controlada por el hemisferio izquierdo), eligió una tarjeta que mostraba una gallina.

Lo interesante sucedió cuando se les pidió que explicaran las elecciones de cada mano. El lenguaje reside en el hemisferio izquierdo, que no tuvo acceso a la escena nevada, de manera que pudieron explicar correctamente la elección de la gallina, pero cuando se les preguntó por la elección de la pala por parte de la mano izquierda lo que hicieron fue inventar una explicación plausible, una racionalización, diciendo, por ejemplo, que eligieron la pala porque es lo que se usa para limpiar un gallinero. El propio Gazzaniga, en Tales from Both Sides of the Brain (2015), brinda otro buen ejemplo:

En ocasiones el hemisferio izquierdo explica las emociones causadas por las experiencias del hemisferio derecho. Como ya mencioné, los estados emocionales parecen transferirse entre los hemisferios a nivel subcortical, y esta transferencia no se ve afectada por la sección del cuerpo calloso. Por lo tanto, aunque todas las percepciones y experiencias que conducen a ese estado emocional se localicen en el hemisferio derecho, ambos hemisferios sentirán la emoción. Si bien el hemisferio izquierdo no tendrá ni idea de por qué o de dónde proviene la emoción, siempre intentará explicarla. Por ejemplo, le mostré al hemisferio derecho de V.P. un video aterrador sobre seguridad contra incendios en el que un hombre era empujado al fuego. Cuando le pregunté qué había visto, dijo: ‘No sé muy bien qué vi. Creo que solo un destello blanco’. Pero cuando le pregunté si le había provocado alguna emoción, dijo: ‘No sé muy bien por qué, pero tengo un poco de miedo. Me siento nerviosa, creo que tal vez no me gusta esta habitación, o tal vez seas tú, me estás poniendo nerviosa’. Luego se dirigió a uno de los asistentes de investigación y dijo: ‘Sé que me cae bien el Dr. Gazzaniga, pero ahora mismo le tengo miedo por alguna razón’. El hemisferio izquierdo percibió la valencia negativa de la emoción, pero desconocía la causa. Lo interesante es que esa falta de conocimiento no le impide encontrar una explicación lógica que se ajuste a las circunstancias: Yo estaba allí y ella estaba alterada. Su intérprete relacionó ambas cosas y llegó a una conclusión de causa y efecto. Debía de haberla asustado.

No hubo engaño ni deshonestidad. La persona tuvo una respuesta afectiva global frente a algo presentado sólo a su hemisferio derecho, pero la explicación que brindó estuvo controlada por los estímulos para una respuesta verbal que estaban disponibles para el hemisferio izquierdo: había sensaciones de temor y una persona en la habitación, entonces el miedo debía deberse a algo de esa persona o de la habitación. Su explicación fue un intento erróneo pero honesto de darle sentido a sus acciones y reacciones.

Esto no es en absoluto un hecho excepcional, ni es necesario partirle a alguien el cerebro a la mitad para que suceda. Usualmente ignoramos una buena parte de las causas de lo que hacemos, pese a lo cual conjuramos razones que nos creemos sin reparos. Las explicaciones suceden, justificadas o no. Es fácil convencernos de que hemos elegido la pala a causa de la gallina, de que nos asustamos a causa del investigador. Es fácil engañarse a uno mismo.

El problema con todo esto es que aunque las razones no son ni reflejan neutralmente las causas de la acción que explican, sí forman parte de los factores que controlan las acciones posteriores. Una vez que contamos con una explicación –sea “correcta” o no– ésta se convierte en contexto para futuras acciones. “Evito las reuniones sociales porquesoy tímido” es una construcción que si es tomada en serio puede en lo sucesivo bloquear otras formas de responder ante esa clase de contextos.

Y es que en última instancia una explicación no mira al pasado sino al futuro. Explicar por qué pasó algo es antes que nada una forma de señalar por dónde seguir. La explicación señala cómo actuar, pero al mismo tiempo clausura el horizonte de las acciones alternativas posibles. Por esto también a veces puede ser preferible mantener una cierta indeterminación, un agnosticismo de las causas: habitar la incertidumbre puede abrir las alternativas que las explicaciones cierran.

Creo que la lección que puede derivarse de esto es que siempre deberíamos tomar a las explicaciones con un grano de sal, con un poco de desconfianza. Tendemos a darle sentido a lo que hacemos y vivimos a cualquier costo, pero explicar no es un mero reporte, sino una construcción que sigue ciertas pautas, que está afectada por una miríada de variables externas, y que tiene efectos sobre la conducta. Nuestra búsqueda de sentido puede conducirnos por pasadizos engañosos.

Quizás decirlo así: las explicaciones no son causas sino contextos para el futuro.

Nota al pie de página:

Acceptance and Commitment Therapy, Hayes, Strosahl y Wilson, 1999. Inexplicablemente, para la segunda edición de ese libro que se publicó en el año 2011 removieron la sección dedicada a ese tema, entre otras varias. Es uno de los pocos casos que conozco de una nueva edición que reduce y menoscaba el texto original.

Artículo publicado en Grupo ACT y cedido para su republicación en Psyciencia.

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Cara a cara con Carl Jung

  • 04/06/2026
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Me encontré con esta joya y quiero compartirla contigo. Es una entrevista filmada para la serie Face to Face de la BBC en 1959, en la que Carl Jung, a sus 84 años y apenas dos años antes de su muerte, repasa su vida y su carrera de enorme influencia.

Conversa con el presentador británico John Freeman en su casa cerca de Zúrich, y responde de todo: sus humildes orígenes, su conflictiva relación con Freud, sus firmes creencias en Dios y en el inconsciente colectivo, y sus reflexiones sobre la muerte y el futuro de la humanidad.

Por más que no esté de acuerdo con sus teorías, creo que Jung tiene una sabiduría que vale la pena reconocer y escuchar. El tono de la entrevista ayuda mucho: es muy franco y por momentos hasta poético, sin pose. Un encuentro íntimo con uno de los pensadores más importantes de la historia de la psicología, que se siente como sentarse a escucharlo sin intermediarios.

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Aguanta la respiración: el ejercicio de ACT que enseña aceptación mejor que cualquier explicación

  • 03/06/2026
  • David Aparicio

Hay cosas que no se enseñan, se experimentan.

Puedo pasarme media sesión explicándole a un paciente qué es la aceptación en ACT. Puedo dibujar el hexaflex, hablarle de las metáforas, citar a Hayes. Y al final va a salir de consulta haciendo exactamente lo mismo que antes: peleando con lo que siente. El paciente entendió todo, pero comprender no mueve la aguja de la aceptación.

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¿Orar por tu pareja mejora la satisfacción en la relación? Depende de qué tan religiosa seas

  • 02/06/2026
  • David Aparicio

Un nuevo estudio publicado en Psychology of Religion and Spirituality encontró que la religiosidad modera la relación entre rezar por la pareja y la satisfacción en la relación de pareja. Dicho de otro modo: rezar por tu pareja se asocia con mayor satisfacción, pero ese vínculo es significativamente más fuerte en personas más religiosas.

Lo que ya sabíamos

Investigaciones previas habían documentado que las personas que rezan tienden a reportar mayor satisfacción con sus relaciones, son más propensas a perdonar a sus parejas y menos propensas a serles infieles. Una explicación es que la oración puede modificar cómo se interpretan los estresores, reforzar el sentido de propósito y funcionar como mecanismo de afrontamiento ante emociones negativas.

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Eres más infeliz cuando buscas la mejor vida posible

  • 31/05/2026
  • David Aparicio
La trampa de la felicidad está en buscar obsesivamente la mejor opción, la mejor casa, la mejor pareja, el mejor puesto de trabajo. Creemos que somos mediocres si no estamos persiguiendo la mejor vida posible, cuando en realidad es todo lo contrario:
Los maximizadores tienden a estar menos satisfechos con sus decisiones y sus vidas. Suelen ser menos felices, más propensos a arrepentirse y a compararse sin cesar con los demás. Los que se satisfacen con lo suficiente no tienen necesariamente un nivel de exigencia bajo. Su nivel de exigencia es “lo suficientemente bueno para mí” en lugar de “lo mejor que pueda haber”, y eso les permite sentirse satisfechos con sus decisiones, en lugar de atormentados por las que no tomaron.
Artículo completo en The New York Times.
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Lo que aprendí de Rick Rubin, el productor musical más influyente del mundo

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  • David Aparicio

Rick Rubin es uno de los productores musicales más conocidos del mundo. Ha trabajado con referentes de la música como Beastie Boys, Lady Gaga, System of a Down, Metallica, Linkin Park y Jay-Z, entre muchos otros. En definitiva, es alguien que sabe mucho sobre el proceso creativo y el arte. Hoy vi una entrevista de 20 minutos que quiero compartir contigo porque, aunque habla principalmente del proceso creativo en el arte, tiene muchas ideas llenas de sabiduría que aplican a nuestra profesión. Compartiré el video y comentaré algunos de los puntos más importantes.

Rubin propone que la creación auténtica nace de la honestidad personal y no del deseo de complacer a otros. Esta es una pregunta que podemos hacernos cuando abordamos situaciones complicadas en nuestra vida y en nuestro trabajo: ¿cuál es nuestra intención?, ¿cuáles son los valores que guían nuestra labor día a día? Lo pregunto porque somos susceptibles de complacer a los pacientes cuando estamos más vulnerables, cuando nos preocupa no llegar a fin de mes o no tener suficientes consultas.

También argumenta que el arte debe tratarse como un diario íntimo donde las imperfecciones humanas son las que aportan valor y belleza real a la obra, no la perfección. Creo que esto tiene mucho valor para nosotros. A menudo estamos muy preocupados por hacer todo perfecto y en esa búsqueda de la perfección no ejecutamos. Solo analizamos y nos quedamos pensando. Tenemos que enfocarnos más en el proceso y no tanto en el resultado.

Rubin también observa que el éxito externo rara vez llena el vacío emocional. Con frecuencia veo pacientes que persiguen logros y reconocimiento, pero ninguno de los dos los satisface. El problema de fondo es que no tienen clara su identidad ni sus valores, y cuando eso falta, el reconocimiento externo se convierte en un sustituto efímero que nunca alcanza.

Finalmente, Rubin destaca la importancia de la meditación para separar quiénes somos del ruido constante de los pensamientos negativos. También sugiere que debemos ser curadores conscientes de lo que consumimos para nutrir nuestra capacidad de crear. Esto aplica directamente a nuestro trabajo. Tus intervenciones no tendrán la misma calidad si te la pasas consumiendo contenido rápido y vacío en las redes sociales. Atrévete a aburrirte y tómate el tiempo de profundizar en tus intereses. Y para eso hay que aprender a no fusionarse con los pensamientos que sabotean: «eres un fracaso», «no te va a salir bien», «se van a reír de ti». Esos pensamientos aparecerán, siempre lo hacen, pero no son hechos ni son tu identidad. Son ruido.

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Usar IA para lluvia de ideas no es una buena idea

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  • David Aparicio

Rebeca Winthrop, especialista en educación e inteligencia artificial, analiza el efecto de escribir con IA y cómo esto afecta la creatividad de los estudiantes. Con frecuencia, estudiantes y profesores argumentan que no usan la IA para que escriba sus artículos, sino para ayudarlos a generar ideas. Sin embargo, Winthrop sostiene en este artículo del New York Times que incluso ese uso está matando la creatividad, porque es precisamente ahí —en la búsqueda de ideas— donde surgen los pensamientos verdaderamente innovadores. Cuando la IA te dice de qué escribir, ese proceso desaparece. Y esto tiene una explicación técnica: la IA es un modelo de lenguaje que predice la siguiente palabra con mayor probabilidad de formar una «buena» frase. Al usarla para generar ideas, estamos homogeneizando el pensamiento. Estamos matando la creatividad individual:

Pero esto malinterpreta algo crítico: la lluvia de ideas es el trabajo fundamental de la escritura. Como investigadora que estudia los efectos de la IA en la educación, he llegado a la conclusión de que estas herramientas solo mejoran la escritura de manera superficial. Su impacto más significativo y alarmante radica en que constriñen nuestra gama completa de pensamientos y nuestra capacidad de generar ideas originales y útiles, lo que llamamos pensamiento creativo. Esto parece ser especialmente cierto para los estudiantes. Las frases fluidas, las transiciones elegantes y el rico vocabulario de la IA dan la ilusión de una creatividad e individualidad expansivas. Sin embargo, las ideas subyacentes a menudo convergen en unas pocas categorías homogeneizadas.

La erosión del pensamiento creativo significa que los jóvenes tendrán dificultades para navegar por la incertidumbre. Los trabajadores se esforzarán por adaptarse a un mercado laboral cambiante. Y la sociedad se perderá las nuevas ideas que pueden resolver problemas complejos y mejorar la vida.

Y no solo es un critica personal. Hay datos que apoyan su argumento:

Otro experimento realizado por otro equipo de investigación comparó relatos cortos escritos por humanos con otros escritos con ayuda de la IA. Como en el caso de los ensayos de estudiantes del estudio de Green, las obras asistidas por IA tenían un vocabulario más interesante y su lectura resultaba más agradable, pero las líneas argumentales subyacentes eran más homogéneas. Las ideas distintivas y extravagantes —con personajes sorprendentes o escenarios inusuales— suelen dejarse de lado cuando interviene la IA.

Lo mismo está ocurriendo en el arte y el diseño. Basta con observar los banners y flyers publicitarios en redes sociales: todo se ve igual. Y lo mismo pasa con los correos que recibes.

Artículo completo en The New York Times.

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