Durante mucho tiempo se ha asumido que la testosterona explica por qué los hombres tienden a tomar más riesgos que las mujeres. Es una de esas ideas que circula con tanta naturalidad que casi nadie la cuestiona. Un nuevo meta-análisis publicado en Neuroscience and Biobehavioral Reviews sugiere que esa explicación es, en el mejor de los casos, incompleta.
Lo que hicieron los investigadores
El equipo de Irene Sánchez Rodríguez analizó 52 estudios con un total de 17.340 participantes para sintetizar la evidencia existente sobre la relación entre los niveles de testosterona y la propensión a tomar riesgos. Incluyeron estudios que medían testosterona de distintas formas: análisis de sangre o saliva, administración experimental de la hormona, e incluso proxies morfológicos como la ratio entre el índice y el anular —un indicador indirecto de la exposición prenatal a testosterona que se usa bastante en investigación, aunque con resultados inconsistentes.
El riesgo también se midió de múltiples maneras: juegos de apuestas, tareas de globos que hay que inflar sin que exploten, cuestionarios de autoreporte, entre otras.
El resultado principal
La asociación global entre testosterona y toma de riesgos fue prácticamente cero. No importó si los participantes tenían niveles altos o bajos de la hormona: eso no predijo de manera confiable si tomarían o no un riesgo.
Lo interesante es que los estudios individuales eran muy heterogéneos entre sí —algunos reportaban una asociación positiva, otros negativa— y el meta-análisis ayudó a entender por qué: la diferencia estaba en el método de medición. Los únicos estudios que mostraron una asociación modesta y positiva fueron los que usaron tareas económicas basadas en loterías. Los demás métodos —juegos impulsivos, autoreporte— no replicaron ese patrón.
Otro hallazgo relevante: la falta de asociación no dependió del sexo de los participantes. La relación —o más bien la ausencia de ella— fue igual en hombres que en mujeres.
¿Qué significa esto?
Los autores son directos en su conclusión: la evidencia desafía la idea de que la testosterona sea una base hormonal general para las preferencias de riesgo en humanos. En cambio, proponen un marco biopsicosocial en el que tomar riesgos refleja la interacción entre las demandas de la tarea, los procesos cognitivos y afectivos, y el contexto situacional. Los efectos hormonales, si existen, son estrechos, dependientes del contexto y específicos al método de medición.
Dicho de otro modo: no es que la testosterona no haga nada, sino que su papel en la toma de riesgos probablemente es mucho más limitado y condicionado de lo que se creía.
Una limitación importante que los propios autores señalan: no encontraron suficientes estudios para examinar con fiabilidad la hipótesis dual-hormonal, que propone que los efectos de la testosterona dependen de los niveles simultáneos de cortisol. Esa pregunta queda abierta.
Por qué importa
Porque las explicaciones biológicas simples sobre diferencias de género en conducta tienen una vida muy larga en la cultura popular —y en algunos contextos clínicos y educativos—, aunque la evidencia no las sostenga. Este meta-análisis es un recordatorio de que los factores sociales y psicológicos probablemente tienen mucho más peso en la toma de riesgos que una sola hormona.
Referencia: Sánchez Rodríguez, I., Bailo, L., Panizza, F., Ricciardi, E., & Bossi, F. (2026). No relationship between testosterone and risk aversion: A meta-analytic review. Neuroscience and Biobehavioral Reviews.