Linda Baker presenta en The New York Times un análisis sobre el daño que causamos a las mascotas al tratarlas como humanos, especialmente a través del excesivo confinamiento y protección:
Ahora, algunos especialistas en ética del bienestar animal y científicos veterinarios se preguntan si, en nuestros esfuerzos por humanizar a nuestras mascotas, hemos ido demasiado lejos. Cuanto más tratamos a las mascotas como personas, alegan, más limitadas y dependientes de nosotros se vuelven las vidas de nuestras mascotas, y más problemas de salud y de comportamiento desarrollan.
“Ahora vemos a las mascotas no solo como miembros de la familia sino como equivalentes a niños”, aseveró James Serpell, profesor emérito de ética y bienestar animal en la Facultad de Medicina Veterinaria de la Universidad de Pensilvania. “El problema es que los perros y los gatos no son niños y los dueños se han vuelto cada vez más protectores y restrictivos. Por ende, los animales no son capaces de expresar su propia naturaleza perruna y gatuna tan libremente como lo harían”.
Horowitz estableció un contraste con los perros callejeros, una categoría a la que pertenecen la mayoría de los 900 millones de perros que se calcula hay en el mundo. Los canes que deambulan libremente tienen vidas más cortas y no tienen garantía de alimento, señaló Horowitz, pero pueden tomar sus propias decisiones. “Ese es un modelo interesante que debemos considerar: pensar en cómo hacer que la vida de un perro sea más rica con opciones para que no sea cautivo de nuestros caprichos todo el tiempo, sin poner en peligro a la sociedad en general”, dijo.
La antropomorfización de nuestras mascotas puede tener beneficios para los humanos, como aumentar la empatía, reducir la soledad y mejorar el bienestar emocional. Sin embargo, esta práctica puede tener efectos muy dañinos para las mascotas. Impone expectativas humanas inapropiadas y puede llevar a la negligencia de sus necesidades reales, como la falta de estructura, disciplina, libertad y una sobreprotección excesiva. Y el artículo expone muy bien estos riesgos. Puedes leerlo completo en The New York Times.
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