Hoy amanecí dichosamente herido de muerte natural.

Efraín Huerta

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Tratar el tema de la familia ante la muerte en la actualidad es complejo debido a los cambios de paradigmas sociales que estamos viviendo (Gergen 2011).

Todavía para la generación Baby boomer (1940 – 1960) la familia era considerada como el núcleo de la sociedad y la estructura que aseguraba la estabilidad afectiva y económica de los hijos engendrados.

Por ejemplo, las actas de nacimiento hacían referencia a si el hijo registrado era natural (hijo nacido fuera del matrimonio, pero reconocido por el padre), legítimo (hijo nacido de un matrimonio establecido) e ilegítimo (hijo nacido fuera del matrimonio y no reconocido por el padre).

Para la generación “X” (1960 – 1980), el descubrir que un matrimonio ya no es para toda la vida y que muchas veces permanecen juntos exclusivamente mientras compartan cosas en común, hizo que la cantidad de divorcios se incrementara potencialmente en comparación a la generación anterior.

el matrimonio como institución social está en peligro de extinción

Sin embargo, los efectos que surgieron en la sociedad fueron impactantes, por citar algunos ejemplos, hubo algunas instituciones educativas particulares que negaban la inscripción o reinscripción de los hijos de padres divorciados o, por otro lado, las complicaciones que pasaban las mujeres divorciadas para rehacer su vida en pareja, debido a que la mayoría de los varones las percibían exclusivamente como un objeto sexual.

Como psicólogos y profesionales de la salud, no podemos negar o ignorar esta realidad. Es necesario comprender y aceptar que el matrimonio como institución social está en peligro de extinción (Gergen 2011).

Cabe aclarar que cuando realizo esta afirmación tan contundente, no me refiero a que las personas dejen de contraer nupcias, sino a que los conceptos de familia y matrimonio tradicional han perdido su valor y utilidad social establecida por varios siglos.

Hoy en día un matrimonio no asegura la estabilidad afectiva ni económica de los hijos, ni mucho menos de la pareja.

En la actualidad dos personas pueden vivir en concubinato y asumir libremente o no las responsabilidades inherentes a un matrimonio.

Es relevante resaltar que estoy dejando de lado el contexto legal, no por restarle importancia, sino por la estadística tan baja de mujeres que están dispuestas a denunciar a sus exmaridos por no cumplir con los acuerdos establecidos ante la ley; después de todo, ¿quién metería a la cárcel al padre de sus hijos asumiendo los reproches y reclamos de la familia y la sociedad?

Y si nos cuestionáramos cuál es la utilidad del matrimonio en la actualidad, llegaríamos exclusivamente a tres conclusiones:

  1. Motivos legales, por ejemplo, recibir una herencia.
  2. Motivos políticos, por ejemplo, obtener una nacionalidad.
  3. Motivos sociales, por ejemplo, mantener viva una tradición de la cultura.

Cualquier otro motivo, a pesar de su interés subjetivo, se puede satisfacer sin la necesidad de casarse.

Para la generación “Y” (1980 – 2000), los estigmas, valores y ritos sociales se han transformado. Con el fin de ilustrarlo contemplaremos las siguientes situaciones comparando las tres generaciones antes mencionadas.

Hoy en día un matrimonio no asegura la estabilidad afectiva ni económica de los hijos, ni mucho menos de la pareja

Para la generación Baby Boomer y anteriores, la pareja era considerada como lo más significativo, incluso sobre los hijos.

Debido a la falta de educación sexual, la escasa planificación familiar y el poco uso de métodos anticonceptivos, las parejas engendraban un considerable número de descendientes, no obstante la actitud ante la muerte o la partida del hogar de uno o varios hijos no era algo trascendental como en la actualidad. Los padres admitían ser los dueños de sus vástagos, al grado de llegar a regalarlos o echarles en cara toda la vida las obligaciones y deuda de haberles dado la existencia.

Podemos, el día de hoy, ver sobrevivientes de esta generación mantener una relación de pareja enfadosa, sin hablarse o descalificándose, durmiendo en el mismo cuarto pero en camas separadas, sin embargo considerando el divorcio como un disparate y deciden permanecer juntos hasta que la muerte los separe.

De nuevo cabe recalcar al lector que las situaciones referidas, ilustran un contexto histórico, pasando por alto escasas excepciones y sin el afán de generalizar a todos los individuos.

Cuando la pareja deja de ser vista como un sentido de vida y se convierte, meramente, en un socio económico para la generación “X”, los hijos empezaron a tener mayores consideraciones, aun sobre los consortes.

El pretender darles lo mejor a los niños, evitar que experimenten lo que los padres pasaron, brindarles lo que los progenitores no tuvieron en su infancia, etcétera, promueve un engrandecimiento de las expectativas depositadas sobre los hijos y simultáneamente los critican y devalúan por no cubrir esas ilusiones y no corresponder a la confianza brindada (Sartre, 2008).

Para la generación “Y” (1980 – 2000), los estigmas, valores y ritos sociales se han transformado

Dicho lo anterior, no es de asombrarse que el fallecimiento de un hijo para esta generación sea visto como algo “sin nombre” o una pérdida imposible de superar (Frankl, 2004).

Mayormente comprensible la angustia que genera el nido vacío, que producirá que los padres volteen a verse después de, por lo menos, veinte años y toparse completamente con un desconocido. No es gratuito el número de divorcios y separaciones que se dan en la actualidad, cuando los hijos se van del hogar.

Entendiendo este fenómeno, hasta parecen justificables los mensajes de doble vínculo hacia los hijos (Watzlawick, 1995), por un lado los incitan a crecer, madurar y ser independientes y posteriormente los anulan, impidiéndoles trabajar; juzgan su sustentabilidad económica de poder rentar un lugar, invitándoles a seguir en casa ahorrando lo poco que ganan; critican a su pareja inquiriendo si es capaz de darle lo que ellos ahora le dan; o simplemente desaprueban la poca atención e interés que tienen hacia el padre, la madre o a toda su familia.

Con todo lo dicho, es evidente la razón que tiene una madre de esta generación, después de malcriar a sus hijos, concebirlos como inútiles e ineptos, “buenos para nada”, para continuar manteniéndolos toda la vida, por la culpa de haberlos hecho así y de esta forma seguir dándole un sentido a su vida, ya que sin esos vástagos mediocres no habría motivo para subsistir, a menos que nazca un nieto.

La aparición de un recién heredero, hijo de padres incompetentes, según la percepción de los nuevos abuelos, les brindará la posibilidad a estos últimos, de tratar de corregir los errores que creen que cometieron con sus propios hijos, a través del nieto, causándole mayor perjuicio que beneficio, concediéndoles todo sin unos límites claros (Kierkegaard, 2010).

Concretando, los tanatólogos del Siglo XXI, no pueden tratar de explicar los procesos de muerte, duelo o melancolía de una generación “Y”, por medio de creencias y teorías psicológicas del siglo pasado.

A muchos de los individuos de la generación “Y” no les importa los procesos degenerativos de sus progenitores, ya que fueron formados para ser libres, no para hacerse cargo de sus padres. No les interesa su familia ni sus hermanos, debido a que saben que los lazos de sangre no existen y sólo es una creencia que servía para mantener esas relaciones por si algún día se necesitaban. No les afecta tanto la pérdida de una pareja, porque desde el inicio de la relación no establecen tantos vínculos afectivos ni compromiso, “total, si no funciona, nos separamos”.  

No les atrae la idea de tener hijos y si los tienen no se responsabilizan porque ya hay alguien más que los cuida y atiende, mientras ellos estudian, trabajan o se divierten. Saben que los hijos no unen, ni quedar embarazada sirve para atar a su pareja o mejorar un matrimonio. Satisfacen sus necesidades de brindar cuidado y protección, e incluso de compañía, por medio de las mascotas.

A muchos de los individuos de la generación “Y” no les importa los procesos degenerativos de sus progenitores, ya que fueron formados para ser libres, no para hacerse cargo de sus padres

No están dispuestos a sacrificar su estilo y calidad de vida por invertir en un hijo, por esa razón no les alcanza el dinero ni el tiempo. No les incumbe asistir a ritos funerarios y cada vez se pretende que el proceso sea más rápido, por las actividades sociales y laborales con las que deben cumplir, sin embargo aunque no asisten a panteones o criptas, utilizan las redes sociales para hacer un homenaje al fallecido.

Cualquier psicólogo, terapeuta o tanatólogo, por más que actúe de buena voluntad, implementando teorías y técnicas del siglo pasado, cometerá las peores iatrogenias, debido a que será incapaz de comprender a la persona doliente.

Lo juzgará y tachará de insensible por no cuidar o atender a sus padres, ni interesarse o vincularse estrechamente con su familia. Los enjuiciarán de irresponsables, egoístas y poco comprometidos por no querer pasar el rito del matrimonio.

Los calificarán como malos padres por no quitarse el pan de la boca para dárselos a sus hijos y por querer solucionar todo con regalos y dinero.

Jamás entenderán como un perro es igual de importante que un niño, o hasta más.

Por todo esto los diagnosticarán como límites, narcisistas o antisociales y en algunos casos con despersonalización y brotes psicóticos. Los censurarán y tildarán de poseer mecanismos de defensa como la negación, proyección, desplazamiento, intelectualización, racionalización o formación reactiva (Freud, 2001); dirán que padecen algún bloqueo como desensibilización, retroflexión, deflexión, fijación o postergación (Salama, 2002).

aunque no asisten a panteones o criptas, utilizan las redes sociales para hacer un homenaje al fallecido

Les dejarán técnicas conductuales como tirar, desprenderse y hasta quemar recuerdos y pertenencias del difunto. Pensarán que están estancados en alguna fase del duelo, que por supuesto ya es patológico, según las viejas teorías (Kubler – Ross, 2010). Pondrán técnicas catárticas y psicodramáticas para simular el ritual de despedida que según los que saben, no lo hubo.

Bienvenidos a la posmodernidad, una época caracterizada por:

  • Personas pansexuales, que sienten atracción estética, romántica o sexual, independientemente a su sexo o género, que conforman sociedades de convivencia con o sin adopciones homoparentales y que argumentan una paternidad responsable y no toman en cuenta el desarrollo psicológico del niño, que cohabita en una sociedad aún con múltiples prejuicios morales y religiosos.
  • Individuos con escasas o nulas habilidades sociales, que se ocultan tras el anonimato, teniendo una o varias vidas virtuales.
  • Sujetos que desvirtúan los preceptos de pareja, hijos y familia, para valorar a la tecnología.
  • Seres con poca tolerancia a la frustración, demandantes y adoradores del dios del consumismo, viviendo en una sociedad líquida.

¿Cuál será el concepto de la muerte para esta generación “Z”? He aquí el reto que los tanatólogos contemporáneos tendrían que enfrentar (Castro, 2007).

Acaso habrá alguna técnica para trabajar el duelo por la disminución de visitas a mi perfil de la red social; o para la pérdida de información de mi celular o laptop; inclusive para trabajar los celos o abandono de mi pareja virtual, la cual por cierto jamás conocí.

Finalmente, como las personas pueden experimentar una muerte social (Becker, 1973), habría que admitir que las instituciones sociales también mueren, como la familia, la cual ahora, está agonizando y muchos no saben qué hacer.

Y como analogía, así como el desahuciado, después de aceptar su situación, desea hablar sobre su partida con sus seres queridos, pero ellos lo ignoran y minimizan por la angustia que se genera al reconocer sus propios sentimientos de tristeza, enojo o miedo. Puesto que si me abro ante el aquejado, tendría que confesar que una parte de mí se va con él.

Bibliografía

Artículo relacionado:
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Castro, M. (2007). “La familia ante la enfermedad y la muerte”. México: Trillas.

Becker, E. (1973). “El eclipse de la muerte”. México: FCE.

Frankl, V. (2004). “El hombre en busca del sentido”. España: Herder.

Freud, A. (2001). “El yo y los mecanismos de defensa”. México: Paidós.

Gergen, K. (2011). “Reflexiones sobre la construcción social. España: Paidós.

Kierkegaard, S. (2010). “El concepto de la angustia”. España: Alianza.

Kubler – Ross, E. (2010). “Sobre la muerte y los moribundos”. México: De bolsillo.

Salama, H. (2002). “Psicoterapia Gestalt”. México: Alfaomega.

Sartre. J. (2008). “El ser y la nada”. Argentina: Losada.

Watzlawick, P. (1995). “El sinsentido del sentido”. España: Herder.

Carlos Esteve Gutiérrez
Doctor en filosofía Gestalt y Maestro en Psicoterapia Gestalt por parte de la Universidad Gestalt, Maestro en Tanatología por el Instituto Mexicano de Psicooncología, Psicólogo clínico egresado de la Universidad Marista.Es miembro activo de la Asociación Mexicana de Psicoterapia Gestalt, ha impartido cátedra en diversas instituciones educativas en México y es asesor de tesis doctorales.