El perfeccionismo, una epidemia oculta entre los jóvenes
Laura Camacho explica cómo funciona esta ilusión óptica:
La imagen superior no se mueve. El agujero no se hace más grande, no se expande, ni hay mayor oscuridad de repente. Se trata de una ilusión óptica, y es una de las protagonistas de una investigación publicada recientemente en la revista Fronteirs in human neuroscience. El experimento ha consistido en mostrar esta imagen y otras del mismo estilo, pero con colores diferentes, y las reacciones ante estos estímulos muestran que, aunque no son imágenes reales, sino que se tratan de imágenes ilusorias, el cuerpo del ser humano reacciona ante ellas. En este caso, y a través de un rastreador ocular, los científicos han demostrado cómo las pupilas cambian al observar estas imágenes ilusorias. Cuando el agujero es negro, lo que evoca una mayor oscuridad, las pupilas se dilatan, al igual que al entrar en una habitación a oscuras. En cambio, cuando el agujero central es de color, incluyendo el blanco, que sugieren una expansión de la luz, las pupilas de las personas se contraían. En el primer caso, la dilatación se dio de manera monótona, mientras que con los agujeros de colores las pupilas se contrajeron inicialmente con el contacto con la imagen, pero luego mostraron menos cambios. Además, las expansiones subjetivas eran más débiles en comparación con los agujeros negros.
Guillermo Lahera para El País:
El trastorno bipolar es, probablemente, el trastorno mental grave más banalizado. En contraste con los términos esquizofrenia o anorexia nerviosa, que evocan algo sórdido y oscuro, la llamada “bipolaridad” sugiere una divertida alternancia entre lo expansivo o genialoide y lo triste, entre lo amable y lo colérico. “Mi jefa debe ser bipolar” o “yo es que soy un poco bipolar” ―seguido de una carcajada cómplice― son ya clásicos de las conversaciones triviales contemporáneas. Este malentendido es especialmente injusto con los pacientes y familias que sufren este grave trastorno, que supone la séptima causa de discapacidad mundial.
Y agrega:
El trastorno bipolar es otra cosa. Afecta en torno al 1,5% de la población y es la alternancia de fases de depresión (de verdad, enfermedad depresiva, no “bajones” ni frustraciones) con episodios de manía, en los que el sujeto está anormalmente expansivo o irritable, con verborrea, pensamiento acelerado, ideas megalómanas de omnipotencia, reducción en las horas de sueño (no hay insomnio: al paciente no le hace falta dormir), impulsividad, conductas de riesgo, gastos desorbitados y, casi en la mitad de los casos, delirios y alucinaciones (pueden creer tener poderes o escuchar voces). Es cosa seria: el paciente en absoluto cree tener ningún problema ―es habitual que se niegue a ingresar o tomar medicación― y el cuadro puede acabar de cualquier manera. Afortunadamente, existen fármacos útiles para “bajar” estos cuadros y otros ―las benditas sales de litio, a las que responde totalmente al menos un tercio de los pacientes― que previenen recaídas. Tenemos más problemas para tratar la depresión bipolar, hay menos herramientas y son menos eficaces, y a ella se asocia gran parte de la discapacidad del trastorno.
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