Hablando con adolescentes y preadolescentes sobre el coronavirus
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María García escribe para Redacción Médica:
El colectivo sanitario siempre ha tenido unas tasas más elevadas que la población general en problemas de salud mental como ansiedad o depresión. También cuentan con índices más altos de suicidio porque, tal y como señala Manuel Martín, vicepresidente de la Sociedad Española de Psiquiatría (SEP), en ellos influye la presencia de estos trastornos y el acceso a los medios y los conocimientos que, como profesionales de la salud, tienen.
Es, además, un colectivo con «una tasa muy importante de adicciones», como al consumo de sustancias. Sin embargo, sus conocimientos en salud mental no les inmuniza del estigma que aún hoy rodea a todas estas patologías.
«El personal médico tiende a ocultar estos problemas. A automedicarse o manejarlos de manera no formal. Siempre conoce a un amigo que le da un consejo, etc. Todo eso hace que en la profesión médica haya un colectivo importante de personas con problemas psiquiátricos que no están bien manejados», asegura el psiquiatra.
En Psyciencia también hemos reportado el alto riesgo de suicidio que tienen los profesionales de la salud y también son menos proclives a buscar ayuda por miedo a que “manche” su imagen de médicos.
Con excesiva frecuencia hemos escuchado que los celulares están dañando el cerebro de los adolescentes y que esta tecnología “casi diabólica” es la responsables de los trastornos mentales de la juventud. Bueno, en Psyciencia hemos advertido la falta de evidencia que tiene esa idea, y en el día de hoy Jordí Pérez Colomé publicó en el diario El País, un reporte de dos estudios que explican por qué no tenemos datos para culpar a la tecnología digital:
(…) Hay un miedo sustancialmente exagerado de las tecnologías digitales», dice por email Amy Orben, investigadora en psicología experimental de la Universidad de Cambridge. «Pero apenas tenemos evidencia por ahora de que el tiempo pasado ante una pantalla –en total– impacte negativamente a la mayoría de la población infantil», añade.
El pánico se ha convertido en un modo de ganar dinero para algunos. «La teoría del miedo sobre la tecnología se ha convertido en una industria casera para vender libros, charlas y consultoría», dice Andrew Przybylski, director de investigación del Oxford Internet Institute y uno de los grandes expertos en jóvenes y móviles. Pero eso no es sensato para nadie, sobre todo para las preocupaciones de los padres, añade: «Lo mejor es no tratar la tecnología como una ‘caja negra’. Intentemos tratar esta actividad como ir en bicicleta, con sus riesgos y recompensas: implícate y elabora una idea realista sobre lo que está bien y cuándo para tus chicos».
La razón por la que la tecnología digital ha sido erróneamente identificada como la causa de todos los males:
Orben ve un motivo casi evolutivo para esta asignación de culpas al primer sospechoso. Es una razón repetida en la historia, donde lo nuevo es malo porque los viejos de esta generación no lo vivieron de jóvenes: «La preocupación por tecnologías nuevas que cambian nuestra sociedad es normal, una podría decir que tienen un beneficio evolutivo al hacernos más cautos a cambios bruscos. No tiene que sorprendernos que ahora estemos preocupados por las pantallas porque antes lo estuvimos por la adicción a la radio, las novelas románticas y la imprenta», dice.
Como todas las narrativas, la corrección del pánico inicial suele llevar más tiempo y evidencia, que aún no ha llegado. No es extraño: el iPhone es de 2007. Apenas ha pasado una década. Incluso a la velocidad que ocurren ahora los cambios, es poco tiempo para entender las consecuencias de su llegada.
El tiempo de pantalla no es una medida precisa:
(…) el tiempo de pantalla significa poco. La obsesión de los mayores es que el tiempo ante una pantalla es perdido ante la aparente belleza del mundo real. Puede ser. Pero lo que es seguro es que no todo el tiempo de pantalla es igual. Las apps que miden el tiempo de pantalla fustigan igual a sus usuarios por ver vídeos, jugar a videojuegos (ya sea Fortnite o para aprender a programar), responder a vídeos de amor en TikTok, leer la Divina Comedia o hacer un Skype con el abuelo.
Pero eso es injusto y poco científico. «Cuando hablamos de tiempo de pantalla hacemos la media de una uso muy amplio de tecnologías distintas, y eso puede ser uno de los problema que limita nuestro conocimiento», dice Orben. «Ahora mucha de nuestra conversación social sobre tiempo de pantalla lo junta todo, lo que debe tener un efecto consistente. No debe sorprendernos si no encontramos resultados notables», añade.
Todo vuelve a demostrar la necesidad que tenemos en en psicología de revisar la evidencia con precisión antes de salir a prevenir. Es cierto que hay estudios que hallaron una relación entre el tiempo del uso del celular y la salud mental de los adolescentes, pero hay que recordar — como se resaltó en el artículo de El País – que esas investigaciones tenían grandes limitaciones que no permiten tomarlas como pruebas.
Lee el artículo completo en El País.
Los artículos científicos mencionados en el reporte:
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