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  • Ciencia

¿Qué nos dice la evidencia sobre la psicología detrás del extremismo y la radicalización?

  • 10/02/2026
  • David Aparicio

El ascenso de movimientos extremistas en Europa, América y otras regiones del mundo no es solo un fenómeno político: es también un desafío profundamente psicológico. ¿Qué lleva a una persona a adoptar posiciones cada vez más radicales, incluso hasta el punto de justificar la violencia? Una revisión sistemática publicada en Papeles del Psicólogo se propuso responder esta pregunta reuniendo la evidencia empírica disponible sobre cuatro variables psicológicas clave: rasgos de personalidad, búsqueda de significación personal, espiritualidad/religiosidad e intolerancia a la incertidumbre.

Primero, aclaremos los términos

Antes de entrar en los hallazgos, vale la pena distinguir dos conceptos que suelen usarse como sinónimos pero que no lo son.

Radicalización se refiere a un proceso gradual mediante el cual una persona va adoptando ideologías cada vez más extremas, que rechazan el statu quo y pueden conducir a la violencia. Es un camino con etapas identificables, como una escalera o pirámide que va de sentimientos radicales a comportamientos radicales (Trimbur et al., 2021).

Extremismo, en cambio, es más bien un estado. Según Klein y Kruglanski (2013), implica dos elementos: una desviación de las normas centrales aceptadas en una sociedad, y un nivel de intensidad o celo tal que una necesidad particular (por ejemplo, la búsqueda de significación) eclipsa cualquier otra preocupación básica, incluyendo en casos extremos el instinto de autopreservación.

Con este marco, veamos qué encontró la revisión.

Lo que analizó la revisión

Altungy y colaboradores realizaron una búsqueda sistemática en Web of Science, Scopus, ProQuest y PubMed, siguiendo las directrices PRISMA 2020. Incluyeron estudios empíricos publicados entre 2019 y 2024, escritos en inglés, que abordaran la relación entre extremismo/radicalización y al menos una de las cuatro variables de interés. El resultado final: 16 estudios que examinaron muestras diversas, desde estudiantes universitarios en Indonesia hasta mujeres musulmanas encarceladas en España por cargos de yihadismo, pasando por muestras de población general en Estados Unidos, Croacia, Francia y el Reino Unido.

Los rasgos de personalidad: un panorama complejo

De los 16 estudios, 10 incluyeron rasgos de personalidad como variable independiente. Aquí surge un primer desafío: no todos los estudios usaron el mismo modelo teórico. Algunos utilizaron el modelo de los Cinco Grandes (Big Five), mientras que otros se basaron en la Tríada o Tétrada Oscura (Dark Triad/Tetrad).

Desde la Tétrada Oscura, los hallazgos son relativamente consistentes. El maquiavelismo, el sadismo y el narcisismo se asociaron directamente con cogniciones radicalizadas en mujeres francesas (Morgades-Bamba et al., 2020). El narcisismo, además, fue el único rasgo asociado directamente con comportamientos radicalizados. En muestras croatas, quienes puntuaban alto en la Tétrada Oscura mostraban mayor disposición a la acción radical, tanto violenta como pacífica (Pavlović & Franc, 2021). Esto sugiere que estos rasgos impulsan la acción en general, pero no necesariamente determinan si esa acción será violenta o no.

Desde los Cinco Grandes, los resultados son menos concluyentes pero apuntan en una dirección. Dos estudios encontraron que niveles bajos de apertura a la experiencia y amabilidad (agreeableness) se asociaban con mayor susceptibilidad a la radicalización (Gøtzsche-Astrup, 2019; Furnham et al., 2020). Trip et al. (2019), trabajando con adolescentes rumanos, encontraron que una combinación de baja apertura, baja extraversión y alta amabilidad se asociaba con actitudes extremistas. Sin embargo, Meiza (2023), en una muestra de estudiantes indonesios, no encontró una relación significativa entre personalidad y radicalización.

La conclusión provisional: la personalidad parece jugar un papel, pero probablemente como factor de vulnerabilidad que interactúa con otras variables, no como causa directa.

Intolerancia a la incertidumbre: pocos estudios, hallazgos relevantes

A pesar de que múltiples modelos teóricos señalan la intolerancia a la incertidumbre como factor clave en la radicalización, la revisión solo encontró dos estudios empíricos que cumplieran los criterios, ambos del mismo autor.

Gøtzsche-Astrup (2019) encontró que las personas con mayor intolerancia a la incertidumbre eran más susceptibles a ideologías extremistas. La explicación es intuitiva: la incertidumbre empuja a las personas a buscar refugio en grupos que ofrecen certezas absolutas. Los grupos radicales, con sus jerarquías rígidas y sus narrativas en blanco y negro, proporcionan exactamente eso: un mapa claro de comportamientos y creencias que reduce la incomodidad de lo ambiguo.

Pero aquí viene un matiz importante: el efecto de la intolerancia a la incertidumbre sobre el extremismo depende de la personalidad. Específicamente, la incertidumbre interactuaba positivamente con el neuroticismo y negativamente con la extraversión y la apertura para predecir intenciones de violencia política. Es decir, las personas emocionalmente estables, extrovertidas y abiertas a nuevas experiencias eran menos propensas a adoptar posiciones extremistas frente a situaciones inciertas.

En su estudio de 2020, Gøtzsche-Astrup confirmó estos hallazgos, mostrando que la intolerancia a la incertidumbre exacerba la rigidez cognitiva, haciendo a las personas menos receptivas a perspectivas diversas ante situaciones ambiguas y potencialmente amenazantes.

La búsqueda de significación: cuando sentirse insignificante empuja hacia el extremo

La búsqueda de significación (significance quest) —el deseo de importar, de sentirse valioso y apreciado— ha emergido en la última década como una de las variables más prometedoras para explicar la radicalización. El modelo 3N de Kruglanski y colaboradores (2022a) propone que todo respaldo al extremismo requiere tres elementos: una necesidad activada (restaurar o aumentar la significación), una narrativa que justifique comportamientos extremos como medio adecuado, y una red social que cree y valide esa narrativa.

Los hallazgos de la revisión son consistentes con esta propuesta. Gómez et al. (2022), en su estudio con mujeres musulmanas encarceladas en España, encontraron que las participantes se habían radicalizado tras experimentar momentos que vivieron como profundamente humillantes. Un dato revelador: también se desvincularon del yihadismo cuando percibieron decepción y desencanto por expectativas no cumplidas.

Jasko et al. (2019), en seis estudios con diferentes tipos de activistas, concluyeron que las personas que buscan significación y sentido personal son más propensas a ser atraídas por la radicalización, ya que esta ofrece un propósito claro y un sentido de pertenencia. Jasko et al. (2020b) ampliaron estos hallazgos mostrando que los contextos sociales radicales fortalecían la asociación entre búsqueda de significación colectiva y apoyo a la violencia política.

Milla et al. (2022), trabajando con presos condenados por terrorismo en Indonesia, encontraron algo importante: la búsqueda de significación no predecía directamente el extremismo violento, sino a través de variables mediadoras como la identidad grupal (fusión de grupo) y la ideología. Esto es consistente con el modelo 3N: la necesidad sola no basta; se necesita también una narrativa y una red.

Mahfud y Adam-Troian (2021), estudiando el movimiento de los Chalecos Amarillos en Francia, encontraron que la pérdida de significación personal predecía el apoyo a acciones violentas radicales a través de la percepción de anomia—la sensación de que las normas y valores sociales se han desmoronado.

Religiosidad: no es lo que parece

Quizás el hallazgo más contraintuitivo de la revisión tiene que ver con la religiosidad. A pesar de la asociación frecuente en medios de comunicación entre religión y extremismo, la evidencia empírica no respalda esta conexión directa.

Gómez et al. (2022) encontraron que las mujeres yihadistas encarceladas se percibían a sí mismas y a sus familias como menos religiosas que el grupo control de mujeres musulmanas. Chabrol et al. (2019) llegaron a una conclusión similar: la religiosidad en sí misma no jugaba un papel importante en el riesgo de radicalización; lo que importaba eran los rasgos de personalidad (Tétrada Oscura) y la percepción de discriminación. Furnham et al. (2020) encontraron que la religiosidad solo se relacionaba con el extremismo cuando se incluían rasgos de personalidad como mediadores.

La conclusión de los autores: con solo cuatro estudios en los últimos cinco años, la religiosidad por sí sola no parece ser una variable clave para explicar el extremismo. Puede interactuar con otros factores personales y contextuales para influir en los resultados extremistas, pero no es causa suficiente ni necesaria.

¿Quién está en mayor riesgo? Un perfil provisional

Integrando todos los hallazgos, los autores trazan un perfil provisional de vulnerabilidad. Las personas con mayor riesgo de ser susceptibles a procesos de radicalización serían aquellas que:

  • Tienen mayor dificultad para manejar la incertidumbre (tanto situacional como personal).
  • Han experimentado o están experimentando una pérdida importante de significación vital (sentirse infravalorados, socialmente rechazados o humillados).
  • A nivel de personalidad, tienen más dificultades para gestionar sus emociones y son menos abiertas a experiencias nuevas o intensas.

Los autores enfatizan algo crucial: cumplir con estos criterios amplios no condena a nadie a convertirse en radical o extremista. Estos resultados deben leerse como factores de vulnerabilidad, no como determinismo.

Implicaciones para la práctica clínica y comunitaria

¿Qué puede hacer un profesional de la salud mental con esta información?

En primer lugar, estos hallazgos sugieren que las intervenciones preventivas deberían enfocarse en fortalecer la tolerancia a la incertidumbre y la ambigüedad, lo cual tiene conexiones directas con enfoques terapéuticos que ya utilizamos. La terapia cognitivo-conductual para la intolerancia a la incertidumbre, por ejemplo, podría tener aplicaciones en contextos de prevención de la radicalización.

En segundo lugar, la centralidad de la búsqueda de significación sugiere que intervenciones que ayuden a las personas a encontrar sentido, propósito y valor personal a través de vías prosociales podrían ser protectoras. Esto conecta con enfoques como la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), que trabaja directamente con valores y sentido vital.

En tercer lugar, el hallazgo de que la religiosidad no es en sí misma un factor de riesgo debería informar políticas públicas y programas de prevención que a veces asumen lo contrario, estigmatizando comunidades religiosas sin base empírica.

Finalmente, la interacción entre personalidad, incertidumbre y búsqueda de significación sugiere que los programas más efectivos serán aquellos que aborden múltiples factores simultáneamente, no intervenciones aisladas sobre una sola variable.

Limitaciones a tener en cuenta

La revisión tiene limitaciones importantes que los propios autores reconocen. La base empírica sigue siendo escasa: solo 16 estudios en seis años, con apenas dos estudios sobre intolerancia a la incertidumbre (del mismo autor). La falta de un marco teórico consistente para abordar la personalidad dificulta la comparación entre estudios. Y la confusión conceptual entre religiosidad y espiritualidad limita las conclusiones sobre esta variable. Además, los autores señalan que sería necesario investigar si extremismo y radicalización son realmente constructos distintos o comparten tanta varianza que podrían ser dos facetas de un constructo de orden superior.

Conclusión

La psicología del extremismo y la radicalización es un campo que está dando sus primeros pasos empíricos sólidos. Lo que emerge de esta revisión es una imagen compleja en la que no hay una causa única, sino una confluencia de factores individuales y contextuales. La buena noticia es que muchos de estos factores —la intolerancia a la incertidumbre, la pérdida de significación, ciertos patrones de personalidad— son abordables desde intervenciones psicológicas. El desafío ahora es traducir estos hallazgos en programas de prevención e intervención efectivos.

Referencia: Altungy, P., González-Luque, A., Liébana, S., Navarro-McCarthy, A., Jaume, L. C., Roca, M. A. y Lana, R. (2025). Extremism and radicalisation. A systematic review of empirical evidence for personality, quest for significance, spirituality and intolerance of uncertainty. Papeles del Psicólogo/Psychologist Papers, 46(3), 167-180. https://doi.org/10.70478/pap.psicol.2025.46.19

  • Ciencia

Prima: IA que diagnostica condiciones neurológicas a partir de resonancias magnéticas en segundos

  • 09/02/2026
  • David Aparicio

Un modelo de inteligencia artificial desarrollado en la Universidad de Michigan puede leer una resonancia magnética cerebral y diagnosticar condiciones neurológicas con hasta 97.5% de precisión, según un estudio recién publicado en Nature Biomedical Engineering.

El sistema, llamado Prima, no solo identifica patologías, sino que también determina qué tan urgente es la atención que requiere cada paciente y a qué especialista debería derivarse el caso.

Más allá de la detección puntual

A diferencia de modelos anteriores que se enfocaban en tareas específicas —como detectar lesiones o predecir riesgo de demencia—, Prima fue entrenado con el archivo completo de neuroimágenes de un sistema de salud: más de 200,000 estudios y 5.6 millones de secuencias acumuladas desde que comenzó la digitalización en Michigan Health.

El modelo también integra historiales clínicos y las razones por las que se solicitó cada estudio, emulando el proceso de razonamiento diagnóstico de un radiólogo.

«Prima funciona como un radiólogo, integrando información sobre la historia médica del paciente y los datos de imagen para producir una comprensión integral de su salud», explica Samir Harake, coautor del estudio.

En las pruebas, Prima superó a otros modelos de IA en más de 50 diagnósticos radiológicos de trastornos neurológicos mayores.

Potencial en contextos con recursos limitados

El neurocirujano Todd Hollon, autor principal del trabajo, señala que la demanda global de resonancias magnéticas está generando una presión significativa sobre médicos y sistemas de salud.

En muchos lugares, especialmente hospitales rurales o sistemas con recursos limitados, obtener un resultado puede tomar días o más tiempo.

Prima podría funcionar como un «copiloto» en la interpretación de estudios de imagen, ofreciendo diagnósticos inmediatos que ayuden a priorizar casos urgentes como hemorragias cerebrales o accidentes cerebrovasculares.

Limitaciones y siguientes pasos

Los investigadores aclaran que el estudio está en su fase inicial de evaluación.

El trabajo futuro explorará la integración de datos más detallados de registros médicos electrónicos para mejorar la precisión diagnóstica, estrategia que se aproxima más a cómo trabajan radiológos y médicos en la práctica real.

Prima es un modelo de visión-lenguaje (VLM) que procesa simultáneamente video, imágenes y texto. Hollon lo describe como un «ChatGPT para imagen médica» y sugiere que podría adaptarse eventualmente a otras modalidades como mamografías, radiografías de tórax y ultrasonidos.

Los sistemas de salud, formuladores de políticas y profesionales todavía están determinando cómo integrar apropiadamente la inteligencia artificial en la práctica clínica. La mayoría de los sistemas actuales están diseñados para tareas médicas específicas y acotadas.

Referencia: Chowdury, A., et al. (2025). Learning neuroimaging models from health system-scale data. Nature Biomedical Engineering. DOI: 10.1038/s41551-025-01608-0

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Es un escrito muy bello que te conmoverá y romperá el corazón, pero al final te dejará con una sensación de esperanza:

Hubo un tiempo en que no podíamos imaginar la vida sin estar en pareja. Y ahora, somos más felices cada quien por su lado. Es curioso, ¿no? Tuve que perder a la persona que más me amaba para empezar por fin a amarme a mí misma.

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Los psicoterapeutas, aunque rara vez lo admitimos en público, necesitamos algo similar.

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Artículo en The New York Times.

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¿La proteína realmente sacia el hambre?

  • 07/02/2026
  • David Aparicio

Los estudios:

Pero cuando se observan los resultados de los estudios en conjunto, sugieren un patrón constante. Por ejemplo, en una revisión de 49 estudios de este tipo publicada en 2020, los investigadores descubrieron que los participantes tendían a sentirse más satisfechos y menos hambrientos después de comer comidas y tentempiés ricos en proteínas que después de comer versiones menos proteicas.

Muchos de los mismos estudios también han analizado qué hormonas se liberan desde el intestino después de comer. Las comidas ricas en proteínas suelen provocar niveles sanguíneos más bajos de grelina (una hormona que te hace sentir hambre) y niveles sanguíneos más altos de hormonas como la GLP-1 (que te ayudan a sentirte saciado).

Aunque no es un tema rigurosamente “psi”, si es un tema que se ve mucho en consulta y sale a menudo en las conversaciones de las personas con problemas gastrointestinales, con alergias o que quieren perder peso.

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Artículo en El País.

  • Clínica

Las tasas de trastornos psicóticos aumentan en las generaciones más jóvenes: ¿qué está ocurriendo?

  • 05/02/2026
  • David Aparicio

Un estudio poblacional de gran escala publicado en el Canadian Medical Association Journal (CMAJ) revela una tendencia preocupante: las personas nacidas más recientemente están siendo diagnosticadas con trastornos psicóticos con mayor frecuencia y a edades más tempranas que las generaciones anteriores.

La investigación, liderada por el Dr. Daniel Myran del North York General y científico de ICES y el Bruyère Health Research Institute, analizó datos de más de 12 millones de personas nacidas en Ontario entre 1960 y 2009. De ellas, 152,587 recibieron diagnóstico de un trastorno psicótico, como esquizofrenia.

Aumentos significativos en población joven

Los hallazgos son contundentes: entre 1997 y 2023, las tasas de nuevos casos en personas de 14 a 20 años aumentaron un 60%, pasando de 62.5 a 99.7 casos por cada 100,000 habitantes.

El incremento se concentra particularmente en las cohortes de nacimiento más recientes. Las personas nacidas entre 2000 y 2004 tienen una tasa de nuevos diagnósticos 70% mayor comparadas con quienes nacieron entre 1975 y 1979. Para quienes alcanzaron los 30 años, el número total de diagnósticos aumentó 37.5% en la cohorte de 1990-1994 respecto a la de 1975-1979.

Patrones demográficos consistentes

Los aumentos fueron consistentes tanto en hombres como en mujeres, aunque los hombres mantuvieron un riesgo mayor durante todo el período estudiado. Las personas diagnosticadas con trastornos psicóticos no afectivos —aquellos no vinculados a trastornos del estado de ánimo, como la esquizofrenia— presentaron mayor probabilidad de ser hombres, vivir en vecindarios de bajos ingresos, ser residentes de larga data en Canadá y haber recibido atención previa por salud mental o consumo de sustancias.

Hipótesis sobre las causas

«No sabemos aún qué está impulsando estos cambios, y es probable que no haya una única explicación», señala el Dr. Myran. «Comprender qué hay detrás de esta tendencia será crítico para la prevención y el apoyo temprano».

Los autores proponen varias hipótesis. La edad parental avanzada, el estrés asociado a factores socioeconómicos y migratorios, y ciertas experiencias adversas en la infancia han aumentado en las cohortes de nacimiento más jóvenes. Sin embargo, el consumo de sustancias emerge como una explicación especialmente plausible.

«Una posibilidad destacada es el uso de sustancias, incluyendo cannabis, estimulantes, alucinógenos y drogas sintéticas», explica Myran. «El consumo de sustancias, especialmente en etapas tempranas de la vida, está asociado con el desarrollo y el empeoramiento de los trastornos psicóticos, y el uso de sustancias en Canadá ha aumentado en las últimas dos décadas».

Contexto internacional

La evidencia sobre cambios en las cohortes de nacimiento respecto a trastornos psicóticos es limitada, pero dos estudios recientes de Dinamarca y Australia también encontraron incrementos temporales en los diagnósticos de esquizofrenia en individuos más jóvenes, lo que refuerza la relevancia de estos hallazgos.

Implicaciones clínicas y de salud pública

Los autores enfatizan que las personas con trastornos psicóticos enfrentan una morbilidad sustancial y riesgo de muerte prematura, requiriendo frecuentemente servicios de salud considerables y apoyo social. Las tendencias observadas plantean preguntas importantes sobre las posibles causas y consecuencias del aumento en el número de diagnósticos.

El estudio subraya la necesidad urgente de investigación adicional para comprender qué subyace a estas tasas incrementadas de psicosis y la variabilidad entre cohortes de edad, información fundamental para desarrollar estrategias efectivas de prevención e intervención temprana.

Referencia: Myran, D.T., et al. (2025). Birth cohort trends in psychotic disorders among 12 million people in Ontario, Canada. Canadian Medical Association Journal. https://www.cmaj.ca/lookup/doi/10.1503/cmaj.250926

  • Ciencia

¿Por qué las personas con trastornos psiquiátricos tienden a formar pareja entre sí?

  • 04/02/2026
  • David Aparicio

Un nuevo estudio masivo confirma algo que los clínicos venimos observando desde hace tiempo: las personas con un trastorno psiquiátrico tienen mayor probabilidad de emparejarse con alguien que comparte la misma condición. Y este patrón no es exclusivo de una cultura o época específica.

La investigación, publicada en Nature Human Behaviour, analizó datos de más de 14.8 millones de personas en Taiwán, Dinamarca y Suecia. Los hallazgos muestran que cuando uno de los miembros de la pareja tiene un diagnóstico psiquiátrico, el otro presenta probabilidades significativamente mayores de compartir el mismo trastorno o desarrollar otra condición mental.

Lo que sabemos sobre este fenómeno

El equipo de investigación examinó nueve condiciones: esquizofrenia, trastorno bipolar, depresión, ansiedad, TDAH, autismo, TOC, trastornos por uso de sustancias y anorexia nerviosa. En todos los casos, el patrón se mantuvo consistente a través de países, culturas y generaciones.

«El resultado principal es que el patrón se sostiene independientemente del contexto cultural y generacional», explica Chun Chieh Fan, investigador del Laureate Institute for Brain Research y coautor del estudio. Incluso los cambios en los sistemas de atención psiquiátrica durante los últimos 50 años no han modificado esta tendencia.

Los datos abarcaron cohortes de nacimiento desde 1930 hasta 1990, y revelan algo interesante: para la mayoría de los trastornos, la probabilidad de que ambos miembros compartan un diagnóstico aumentó ligeramente con cada década. Este incremento fue particularmente notable en trastornos relacionados con el uso de sustancias.

Tres explicaciones posibles

Aunque el estudio no investigó las causas directas del fenómeno, los investigadores proponen tres hipótesis que vale la pena considerar:

Selección por similitud: Las personas podrían sentirse naturalmente atraídas hacia quienes comparten experiencias similares de sufrimiento psicológico. Esta comprensión mutua puede facilitar la conexión emocional y reducir la sensación de aislamiento que muchas veces acompaña a los trastornos mentales.

Convergencia ambiental: Compartir un entorno puede hacer que las parejas se vuelvan más parecidas con el tiempo. Jan Fullerton, genetista psiquiátrica de la Universidad de Nueva Gales del Sur, señala que los estresores compartidos podrían precipitar diagnósticos en parejas que ya presentaban vulnerabilidades o síntomas subclínicos.

Estigma y reducción de opciones: El estigma social todavía asociado a los trastornos mentales puede limitar las opciones de pareja para quienes viven con estas condiciones, creando redes sociales más restringidas.

Genes, ambiente, o ambos

Los hallazgos tienen una implicación importante: los hijos de dos padres con el mismo trastorno tienen el doble de probabilidad de desarrollar la condición comparados con hijos que tienen solo un padre afectado.

A primera vista, esto parece confirmar el papel de la genética en los trastornos psiquiátricos. Pero vale la pena detenerse un momento: cuando dos personas con historias de ansiedad o depresión forman pareja, sus hijos no solo heredan genes—crecen también en un ambiente relacional específico, con modelos particulares de regulación emocional y formas específicas de manejar el estrés que se aprenden día a día.

La investigación en psicopatología del desarrollo muestra consistentemente que la expresión de vulnerabilidades genéticas depende del contexto. El «doble riesgo» que menciona el estudio probablemente refleja tanto genes compartidos como ambientes compartidos. Y a diferencia de los genes, los contextos son modificables.

William Reay, genetista estadístico del Menzies Institute for Medical Research, advierte con cautela que necesitamos más investigación antes de modificar cómo comunicamos los riesgos genéticos a nuestros pacientes. Sin embargo, Moinak Bannerjee, del Rajiv Gandhi Centre for Biotechnology, considera que la mayoría de las personas no son conscientes de estos riesgos, por lo que los resultados pueden ser útiles para el asesoramiento de parejas.

Más allá del paciente individual

Estos hallazgos nos invitan a ampliar la mirada. Cuando trabajamos con alguien que tiene un trastorno psiquiátrico, puede ser relevante explorar no solo su historia familiar, sino también la salud mental de su pareja actual o potencial.

Esto no implica desalentar las relaciones entre personas con diagnósticos similares—que pueden ofrecer comprensión y apoyo únicos—sino facilitar conversaciones informadas sobre riesgos, especialmente cuando se consideran tener hijos.

El estudio nos recuerda algo fundamental: los trastornos mentales no ocurren en el vacío. Se desarrollan, se expresan y se perpetúan dentro de contextos relacionales y sociales específicos. Entender estos patrones nos ayuda a ofrecer un cuidado más completo.

Referencia: Fan, C.C., Dehkordi, S.R., Border, R. et al. Spousal correlations for nine psychiatric disorders are consistent across cultures and persistent over generations. Nat Hum Behav 9, 2539–2547 (2025). https://doi.org/10.1038/s41562-025-02298-z

Fuente: Scientific American

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Lo que esta entrevista a Anthony Hopkins nos enseña sobre la conversación terapéutica

  • 04/02/2026
  • David Aparicio

El año pasado Anthony Hopkins publicó su autobiografía revelando aspectos íntimos de su vida: sus luchas con el alcoholismo en los años 70 y la relación rota con su hija, con quien no habla desde hace décadas.

En una entrevista con el New York Times, el periodista propone hablar sobre ese distanciamiento. Hopkins se pone a la defensiva: no quiere hablar de eso.

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Lo que el técnico de la refrigeradora me enseñó sobre mi trabajo clínico

  • 03/02/2026
  • David Aparicio

Hace unas semanas se dañó mi refrigeradora. Llamé a los técnicos certificados de la marca y después de revisar el equipo me dieron su diagnóstico: había que cambiar el compresor y la tarjeta de control. El costo de la reparación superaba el precio de comprar una nevera nueva. Según ellos, un caso perdido.

Decidí buscar una segunda opinión. El segundo técnico no sabía que la refrigeradora ya había sido revisada. La examinó metódicamente, se tomó el tiempo de hacer un diagnóstico detallado y se dedicó a encontrar qué estaba fallando realmente. Lo encontró. Era cierto que el compresor tenía un problema, pero se podía arreglar. Había que hacer ciertos cambios, mantenimientos, y el compresor volvió a funcionar. Algo que el primer equipo había descartado sin intentarlo.

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  • Ciencia

¿Puede el cáncer «proteger» del alzhéimer? Un estudio revela un mecanismo inesperado

  • 03/02/2026
  • Equipo de Redacción

El cáncer y la enfermedad de Alzheimer son dos de los diagnósticos más temidos en medicina, pero rara vez afectan a la misma persona. Durante años, los epidemiólogos han observado que las personas con cáncer parecen tener menos probabilidades de desarrollar alzhéimer, y quienes tienen alzhéimer tienen menos probabilidades de padecer cáncer, pero nadie podía explicar por qué.

Un nuevo estudio en ratones sugiere una posibilidad sorprendente: ciertos cánceres pueden en realidad enviar una señal protectora al cerebro que ayuda a eliminar los grupos de proteínas tóxicas vinculados con la enfermedad de Alzheimer.

El alzhéimer se caracteriza por depósitos pegajosos de una proteína llamada beta amiloide que se acumulan entre las células nerviosas del cerebro. Estos grupos, o placas, interfieren con la comunicación entre las células nerviosas y desencadenan inflamación y daño que erosiona lentamente la memoria y el pensamiento.

En el nuevo estudio, los científicos implantaron tumores humanos de pulmón, próstata y colon bajo la piel de ratones modificados genéticamente para desarrollar placas amiloides similares a las del alzhéimer. Si se dejan solos, estos animales desarrollan de manera confiable grupos densos de beta amiloide en sus cerebros a medida que envejecen, reflejando una característica clave de la enfermedad humana.

Pero cuando los ratones portaban tumores, sus cerebros dejaron de acumular las placas habituales. En algunos experimentos, la memoria de los animales también mejoró en comparación con los ratones modelo de alzhéimer sin tumores, lo que sugiere que el cambio no solo era visible bajo el microscopio.

El equipo rastreó este efecto a una proteína llamada cistatina C que estaba siendo bombeada por los tumores hacia el torrente sanguíneo. El nuevo estudio sugiere que, al menos en ratones, la cistatina C liberada por los tumores puede cruzar la barrera hematoencefálica, la frontera normalmente hermética que protege al cerebro de muchas sustancias en la circulación.

Una vez dentro del cerebro, la cistatina C parece adherirse a pequeños grupos de beta amiloide y marcarlos para su destrucción por las células inmunitarias residentes del cerebro, llamadas microglía. Estas células actúan como el equipo de limpieza del cerebro, patrullando constantemente en busca de desechos y proteínas mal plegadas.

En el alzhéimer, la microglía parece quedarse atrás, permitiendo que el beta amiloide se acumule y endurezca en placas. En los ratones portadores de tumores, la cistatina C activó un sensor en la microglía conocido como Trem2, cambiándolas efectivamente a un estado más agresivo de eliminación de placas.

Intercambios sorprendentes

A primera vista, la idea de que un cáncer pueda «ayudar» a proteger el cerebro de la demencia suena casi perversa. Sin embargo, la biología a menudo funciona a través de intercambios, donde un proceso que es dañino en un contexto puede ser beneficioso en otro.

En este caso, la secreción de cistatina C por parte del tumor puede ser un efecto secundario de su propia biología que resulta tener una consecuencia útil para la capacidad del cerebro de manejar proteínas mal plegadas. No significa que tener cáncer sea bueno, pero sí revela una vía que los científicos podrían aprovechar de manera más segura.

El estudio encaja en un creciente cuerpo de investigación que sugiere que la relación entre el cáncer y las enfermedades neurodegenerativas es más que una peculiaridad estadística. Grandes estudios poblacionales han reportado que las personas con alzhéimer tienen significativamente menos probabilidades de ser diagnosticadas con cáncer, y viceversa, incluso después de tener en cuenta la edad y otros factores de salud.

Esto ha llevado a la idea de un balancín biológico, donde los mecanismos que impulsan a las células hacia la supervivencia y el crecimiento, como en el cáncer, pueden alejarlas de las vías que conducen a la degeneración cerebral. La historia de la cistatina C agrega un mecanismo físico a ese panorama.

Sin embargo, la investigación es en ratones, no en humanos, y esa distinción importa. Los modelos de alzhéimer en ratones capturan algunas características de la enfermedad, particularmente las placas amiloides, pero no reproducen completamente la complejidad de la demencia humana.

Tampoco sabemos todavía si los cánceres humanos en pacientes reales producen suficiente cistatina C, o la envían al cerebro de la misma manera, como para tener efectos significativos en el riesgo de enfermedad de Alzheimer. Aun así, el descubrimiento abre posibilidades intrigantes para futuras estrategias de tratamiento.

Una idea es desarrollar fármacos o terapias que imiten las acciones beneficiosas de la cistatina C sin involucrar un tumor en absoluto. Eso podría significar versiones modificadas de la proteína diseñadas para unirse al beta amiloide de manera más efectiva, o moléculas que activen la misma vía en la microglía para aumentar su capacidad de limpieza.

La investigación también resalta cuán interconectadas pueden estar las enfermedades, incluso cuando afectan órganos muy diferentes. Un tumor que crece en el pulmón o el colon puede parecer muy alejado de la lenta acumulación de depósitos de proteínas en el cerebro, sin embargo, las moléculas liberadas por ese tumor pueden viajar a través del torrente sanguíneo, cruzar barreras protectoras y cambiar el comportamiento de las células cerebrales.

Para las personas que viven con cáncer o cuidan a alguien con alzhéimer hoy, este trabajo no cambiará el tratamiento de inmediato. Pero el estudio sí ofrece un mensaje más esperanzador: al estudiar en profundidad incluso enfermedades graves como el cáncer, los científicos pueden tropezar con hallazgos inesperados que apuntan hacia nuevas formas de mantener el cerebro sano en la vejez.

Quizás la lección más sorprendente es que las defensas y fallas del cuerpo rara vez son simples. Una proteína que contribuye a la enfermedad en un órgano puede ser utilizada como una herramienta de limpieza en otro, y al comprender estos trucos, los investigadores pueden ser capaces de usarlos de manera segura para ayudar a proteger el cerebro humano envejecido.

Artículo publicado en The Conversation y cedido para su republicación en Psyciencia.

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«Esto es una tortura»: TDAH, Arquitectura y trabajo en valores (incluye recurso clínico)

  • 30/01/2026
  • David Aparicio

Hace poco, un paciente universitario me dijo algo que escucho seguido en consulta: para él, ser dedicado era un valor importante. No era una idea vaga. Era algo central en cómo se veía a sí mismo como estudiante. El problema no estaba en el valor, sino en cómo lo entendía y, sobre todo, en cómo intentaba vivirlo.

Tiene TDAH y estudia arquitectura. Una carrera que pide organización, trabajo sostenido y aguantar procesos largos y desordenados. Para él, ser dedicado significaba concentrarse bien, avanzar constante, rendir como «debería». Cuando eso no pasaba —que era lo común— aparecían la frustración, la autocrítica, la evitación. No solo sentía que le iba mal en la universidad. Sentía que estaba fallando como persona.

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El arte perdido del desacuerdo

  • 30/01/2026
  • David Aparicio

Hoy me encontré este Substack de Francisco Alcoba que tiene muchas cosas para reflexionar:

Antes, discrepar abría una conversación. Hoy, suele cerrarla. No porque falten datos o razones, sino porque el desacuerdo ha dejado de ser un proceso y se ha convertido en un punto de llegada.

Formular una hipótesis, corregirla, matizarla, retirarla cuando era desmontada: esos pasos formaban parte natural del debate. Permitían avanzar, incluso cuando no había acuerdo. Hoy, en cambio, discrepar suele fijar una posición. Se enroca la idea, se clausura la alternativa y se elimina la posibilidad del error.

El problema no es discrepar.
Es que, una vez hecho, ya no hay marcha atrás.

Cuando el desacuerdo deja de ser reversible, deja de ser útil. Sin capas, sin matiz, sin posibilidad de corrección, no hay debate funcional: solo afirmaciones enfrentadas.

Léelo en Lumen.

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Leer en papel, escribir a mano y tomar apuntes educa la atención y construye pensamiento

  • 28/01/2026
  • David Aparicio

Rafael Pampillón:

Leer en papel, en cambio, exige presencia. El texto no se mueve solo, no parpadea ni promete recompensas inmediatas. Pide tiempo. Y ese tiempo, hoy, parece casi un lujo. Luego nos sorprende que los alumnos no lean, o que lean sin comprender, o que leer les genere ansiedad.

También escriben peor. Porque escribir bien exige pensar bien. Y pensar bien requiere lentitud. La escritura a mano obliga a ordenar ideas, jerarquizar y decidir qué es importante.

(…)

La inteligencia artificial no es el enemigo. El problema es introducirla en un sistema educativo que ya estaba debilitado en términos de atención, esfuerzo y exigencia. Pensar que la tecnología va a arreglar lo que no hemos sabido resolver pedagógicamente es una huida hacia adelante.

Aquí hay algo incómodo que conviene decir: hemos confundido medios con fines. Hemos renunciado a exigir porque exigir incomoda. Y sin exigencia no hay aprendizaje profundo, solo cumplimiento superficial.

Me encanta la tecnología. De hecho, escribo esto justo después de lanzar una red social privada para los miembros de Psyciencia. Pero al mismo tiempo estoy cansado, saturado de pantallas. Puedo notar el efecto que tiene en mi atención y concentración. Por eso elijo cada día más el papel, y a mis estudiantes de maestría les pido que no usen computadora ni tablet en el aula. Al final, nada de eso los ayudará a aprender mejor. Con lápiz, papel y atención es suficiente.

Artículo completo en El Debate.

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Café: la red social para miembros de Psyciencia Pro

  • 28/01/2026
  • David Aparicio

Desde hace tiempo he querido crear un espacio donde los miembros de Psyciencia Pro pudieran conectar de manera más cercana: un lugar para compartir nuestro día a día, intercambiar recursos, hacer consultas profesionales o simplemente comentar algo interesante que hayamos descubierto.

El desafío siempre fue encontrar la plataforma adecuada. Probamos Discord, pero resultó demasiado complicado para muchos. También intenté con Telegram, pero la gestión del acceso de miembros era un dolor de cabeza constante.

Entonces decidí tomar otro camino: crear nuestra propia red social privada.

Con la ayuda de Claude Code y Lovable, desarrollé Café, una aplicación web exclusiva para miembros activos de Psyciencia Pro. El nombre nace de esa imagen de sentarnos a tomar un café con amigos y colegas, compartiendo ideas en un ambiente relajado y profesional.

¿Qué hace a Café diferente?

Café es un espacio diseñado para compartir, no para competir:

  • Publicaciones limitadas: 2 posts por día (para fomentar contenido con intención)
  • Conversaciones activas: Hasta 20 respuestas por día
  • Nada es permanente: Todo desaparece en 7 días
  • Sin métricas de vanidad: No hay followers, ni likes, ni números que perseguir
  • Solo conversación: Un espacio puro para el intercambio entre profesionales

Además, incluye un Directorio de profesionales donde podrás encontrar psicólogos y terapeutas para derivar casos cuando lo necesites.

¿Cómo funciona?

  • Es 100% online, accedes desde cualquier navegador
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Nada queda para siempre en Café, y esa es justamente la idea. Como en una conversación real tomando café, lo que importa es el momento, la conexión, el aprendizaje mutuo.

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  • Clínica
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¿Necesitamos un nuevo sistema para clasificar la psicopatología? Análisis crítico de las alternativas al DSM y la CIE

  • 24/01/2026
  • David Aparicio

La clasificación de los trastornos mentales atraviesa una crisis existencial. Desde múltiples frentes académicos se cuestiona la validez misma de los sistemas diagnósticos que usamos a diario. En 2022, Clinical Psychology in Europe publicó un artículo de discusión que reunió a siete expertos internacionales —Rief, Hofmann, Berg, Forbes, Pizzagalli, Zimmermann, Fried y Reed— para abordar una pregunta fundamental: ¿debemos abandonar el DSM y la CIE, o las nuevas propuestas pueden coexistir productivamente con estos sistemas tradicionales?

El debate no es trivial ni puramente académico. Estamos hablando de sistemas que determinan quién recibe tratamiento, cómo se asignan presupuestos de salud mental, qué tipo de investigación se financia, y hasta decisiones legales con consecuencias vitales. La CIE-11 y el DSM-5 no son meros manuales diagnósticos; para bien o para mal son infraestructuras que estructuran todo el campo de la salud mental global.

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  • Clínica

Terapia de Aceptación y Compromiso en el TOC: Evidencia desde un caso clínico

  • 23/01/2026
  • David Aparicio

El trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) representa uno de los desafíos más significativos en la práctica clínica contemporánea. Con una prevalencia del 1-3% en la población general, este trastorno se caracteriza por pensamientos intrusivos recurrentes que generan malestar y conductas repetitivas destinadas a neutralizar la ansiedad asociada. Si bien la exposición con prevención de respuesta (EPR) constituye el tratamiento psicológico de primera línea, sus limitaciones en términos de aceptabilidad y tasas de abandono han impulsado la búsqueda de aproximaciones que mantengan su eficacia mientras resulten más tolerables para los pacientes.

En este contexto, las terapias de tercera generación, particularmente la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), emergen como opciones prometedoras. Es importante aclarar que ACT no abandona la exposición—componente fundamental en el tratamiento del TOC—sino que la reenmarca conceptualmente. Mientras la EPR tradicional busca reducir la ansiedad mediante habituación y demostrar que los miedos son infundados, ACT utiliza la exposición como contexto para practicar aceptación psicológica y defusión cognitiva. La diferencia crucial no radica en si se usa exposición, sino en para qué se usa y cómo se presenta al paciente.

A diferencia de la terapia cognitivo-conductual tradicional, que se enfoca en modificar el contenido de los pensamientos obsesivos o en extinguir la ansiedad asociada, ACT propone cambio más sutil pero profundo: alterar la relación que la persona establece con estos pensamientos y emociones. El objetivo no es eliminar obsesiones ni reducir ansiedad, sino cultivar capacidad de experimentar estos eventos internos sin dejarse dominar por ellos, mientras se persiguen acciones orientadas a valores personales. La exposición ocurre, pero su función terapéutica es diferente: no habituación sino práctica de contacto pleno con experiencia aversiva mientras se mantiene compromiso conductual con lo que importa.

El caso de G: cuando la pandemia exacerba el TOC

Philip y Cherian presentan el primer caso documentado en India sobre el tratamiento exitoso de TOC mediante ACT, ofreciendo una ventana privilegiada para comprender los mecanismos terapéuticos de este enfoque. El paciente, un profesional de 33 años con historia de TOC desde la infancia, experimentó un deterioro significativo durante la pandemia de COVID-19. Sus obsesiones de contaminación y rituales de lavado se intensificaron hasta interferir gravemente con su funcionamiento laboral y familiar.

El cuadro clínico inicial mostraba una puntuación de 24 en la Yale-Brown Obsessive-Compulsive Scale (Y-BOCS), indicando sintomatología de intensidad moderada a severa. Particularmente revelador resultó el puntaje de 20 en el Acceptance and Action Questionnaire-II (AAQ-II), reflejando baja flexibilidad psicológica, ese constructo central que ACT busca incrementar y que representa la capacidad de mantener contacto pleno con el momento presente mientras se persiguen acciones orientadas a valores personales, incluso en presencia de experiencias internas aversivas.

Arquitectura terapéutica: los ocho pilares de la intervención

El protocolo implementado siguió el manual original de Hayes, estructurando ocho sesiones semanales que abordaron sistemáticamente los seis procesos nucleares de ACT. Esta progresión no fue arbitraria sino estratégicamente diseñada para construir, sesión tras sesión, un repertorio de habilidades psicológicas cada vez más sofisticado.

Las sesiones iniciales se dedicaron a desmontar el patrón evitativo que había dominado la experiencia del paciente. Mediante la metáfora de las arenas movedizas, se ilustró cómo los esfuerzos por suprimir o controlar los pensamientos obsesivos paradójicamente los intensificaban. Esta conceptualización resonó poderosamente: la lucha contra los síntomas no era la solución sino parte del problema.

La introducción del ejercicio «el camello en el desierto» resultó particularmente iluminadora. Al pedirle al paciente que evitara visualizar esa imagen específica, se demostró empíricamente cómo el control deliberado del contenido mental resulta contraproducente. Esta experiencia directa desafió décadas de estrategias evitativas, abriendo espacio para un enfoque radicalmente diferente.

Defusión cognitiva: desarticulando el poder del lenguaje

El cuarto encuentro marcó un punto de inflexión al introducir la defusión cognitiva. Esta técnica, central en ACT, busca alterar las funciones verbales que confieren a los pensamientos su poder para provocar malestar y guiar la conducta. El ejercicio propuesto fue elegante en su simplicidad: repetir la palabra «leche» continuamente hasta que perdiera su significado y se convirtiera en mero sonido.

Esta experiencia concreta permitió a G comprender visceralmente que los pensamientos obsesivos, despojados de su fusión con el referente amenazante, pierden su capacidad de instigar ansiedad. La distancia entre el símbolo lingüístico y su significado literal se tornó palpable, ofreciendo una vía de escape del círculo vicioso obsesivo-compulsivo.

Mindfulness: observar sin reaccionar

La quinta sesión incorporó el ejercicio «hojas en el arroyo», una práctica contemplativa que invita a observar los pensamientos como objetos externos que flotan en la corriente de la conciencia. Esta metáfora espacial resultó transformadora para el paciente, quien reportó que el ejercicio «puso distancia entre él mismo y sus pensamientos», liberándolo del impulso compulsivo de responder a cada intrusión mental.

Este desarrollo de la perspectiva observadora constituye un hito terapéutico crucial. Al aprender a posicionarse como testigo de su experiencia interna en lugar de identificarse con ella, G comenzó a experimentar sus obsesiones con menor reactividad emocional, debilitando el vínculo entre pensamiento y compulsión.

Yo-como-contexto: más allá del contenido mental

La sexta sesión exploró el concepto de yo-como-contexto mediante la metáfora del tablero de ajedrez. Esta analogía propone que la persona (el tablero) permanece esencialmente inalterada por los eventos mentales (las piezas) que se desarrollan sobre ella. Pensamientos placenteros y displacenteros, como piezas blancas y negras, pueden coexistir sin que el tablero mismo sea amenazado o modificado.

Esta conceptualización ofreció a G una perspectiva radicalmente nueva sobre su identidad. Los pensamientos obsesivos, por perturbadores que fueran, no definían su esencia ni comprometían su integridad fundamental. Esta distinción entre el yo-observador y el contenido observado representó un salto cualitativo en su proceso de recuperación.

Valores y acción comprometida: recuperando el sentido vital

Las sesiones finales se orientaron hacia la identificación de valores personales y el compromiso con acciones coherentes con estos. Para G, quien encontraba significado profundo en ayudar a otros a superar sus dificultades, se estableció una conexión clara entre sus valores vocacionales y su rol como mentor en su campo profesional.

Este reencuadre fue crucial: las obsesiones se redefinieron como simplemente una parte más del complejo mosaico de experiencias vitales, no como obstáculos insalvables para una vida plena y significativa. El objetivo no era eliminar el TOC sino aprender a vivir plenamente a pesar de él, persiguiendo valores importantes incluso cuando la ansiedad estuviera presente.

Navegando las resistencias terapéuticas

El caso ilustra obstáculos frecuentes en la implementación de ACT que merecen atención. Inicialmente, G esperaba que la terapia eliminara o modificara sus pensamientos obsesivos, una expectativa comprensible pero incompatible con la filosofía de ACT. El terapeuta tuvo que trabajar cuidadosamente para reformular estas expectativas, explicando cómo la aceptación paradójicamente puede reducir el sufrimiento más efectivamente que el control.

La práctica de mindfulness presentó desafíos particulares. Como ocurre frecuentemente, la aparición de pensamientos intrusivos durante los ejercicios meditativos se interpretó inicialmente como evidencia de fracaso terapéutico. Fue necesario clarificar que la presencia de estos pensamientos no contradice los principios de ACT; lo relevante es la relación que se establece con ellos.

Finalmente, algunas metáforas utilizadas fueron percibidas como excesivamente simplistas. Esta resistencia subraya la importancia de explicar que precisamente su aparente simplicidad es lo que las hace efectivas para traducir principios psicológicos complejos en experiencias accesibles y memorizables.

Resultados: evidencia del cambio terapéutico

Los indicadores objetivos confirmaron la efectividad de la intervención. Al concluir las ocho sesiones, el Y-BOCS descendió a 14 puntos, representando una reducción aproximada del 40% en la sintomatología. Ambas subescalas (obsesiones y compulsiones) mostraron disminuciones significativas de cinco puntos cada una.

El AAQ-II aumentó a 36 puntos, reflejando el incremento sustancial en flexibilidad psicológica que constituye el mecanismo de cambio central propuesto por ACT. Crucialmente, estos logros se mantuvieron en el seguimiento al mes, sugiriendo que el paciente había internalizado las habilidades aprendidas.

Evolución de los indicadores clínicos

La siguiente figura ilustra la trayectoria del cambio terapéutico a lo largo de las mediciones realizadas en tres momentos temporales: pretratamiento, postratamiento y seguimiento al mes. Se observa una divergencia notable entre ambas medidas: mientras la severidad sintomática (Y-BOCS) desciende progresivamente, la flexibilidad psicológica (AAQ-II) muestra un incremento sostenido.

Tabla 1. Medidas de resultado en pretratamiento, postratamiento y seguimiento al mes

MedidaPretratamientoPostratamientoSeguimiento (1 mes)
Y-BOCS241411
AAQ-II203642

Nota: Y-BOCS = Yale-Brown Obsessive-Compulsive Scale (puntuaciones más altas indican mayor severidad sintomática); AAQ-II = Acceptance and Action Questionnaire-II (puntuaciones más altas indican mayor flexibilidad psicológica)

Figura 1. Evolución de las medidas de resultado a lo largo del tratamiento

El gráfico revela un patrón particularmente interesante: la mejora no solo se mantiene sino que continúa durante el periodo de seguimiento. El Y-BOCS desciende de 14 a 11 puntos entre el postratamiento y el mes de seguimiento, mientras que el AAQ-II aumenta de 36 a 42 puntos. Este patrón sugiere que el paciente no solo consolidó las habilidades aprendidas sino que continuó desarrollándolas después de finalizar las sesiones formales, un hallazgo consistente con el modelo de ACT que enfatiza la práctica continua de la flexibilidad psicológica como habilidad vital.

Los cambios cualitativos resultaron igualmente impresionantes. G retomó responsabilidades laborales, restableció su rol como mentor, y mantuvo conversaciones honestas sobre su TOC con su esposa, quien emergió como elemento fundamental en su recuperación. En sus propias palabras: «ACT me ha permitido aceptar mis pensamientos obsesivos en lugar de luchar contra ellos, y me ha capacitado para vivir mi vida plenamente a pesar de su existencia.»

Implicaciones para la práctica clínica

Este caso documenta que ACT, cuando se combina con farmacoterapia adecuada, puede generar mejorías clínicamente significativas en TOC. Los hallazgos son consistentes con revisiones sistemáticas recientes que sitúan a ACT como igualmente efectiva que CBT tradicional cuando se usa conjuntamente con inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina.

Particularmente relevante resulta la evidencia de que ACT muestra mayor aceptabilidad y menores tasas de abandono comparada con EPR, probablemente porque no requiere la exposición deliberada a situaciones temidas, procedimiento que muchos pacientes encuentran aversivo. Para clínicos que trabajan con pacientes que rechazan o no toleran EPR, ACT representa una alternativa viable y fundamentada empíricamente.

La intervención resulta especialmente apropiada para pacientes con niveles moderados de flexibilidad psicológica basal y cuando coexisten trastornos del estado de ánimo, circunstancias en las cuales ACT ha demostrado ventajas sobre EPR. Estos criterios pueden orientar la toma de decisiones clínicas sobre qué enfoque priorizar.

Limitaciones y direcciones futuras

A pesar de sus aportaciones, el estudio presenta limitaciones inherentes al diseño de caso único. La generalización de resultados requiere cautela, especialmente considerando las características específicas del paciente: adulto educado, con insight preservado, en tratamiento farmacológico estable, y con apoyo familiar. Poblaciones con perfiles diferentes podrían responder de manera distinta.

El seguimiento de un mes, aunque alentador, resulta insuficiente para establecer la durabilidad a largo plazo de las mejorías. La literatura sobre ACT en TOC adolece generalmente de seguimientos limitados a tres meses, destacando la necesidad de estudios que evalúen el mantenimiento de los logros terapéuticos en plazos más extensos.

Se requieren investigaciones controladas que comparen directamente ACT con EPR y CBT tradicional, empleando diseños rigurosos que permitan identificar para qué pacientes, en qué circunstancias, y bajo qué mecanismos cada enfoque resulta más efectivo. La investigación de moderadores y mediadores del cambio terapéutico resulta particularmente prioritaria.

Reflexiones finales

Este caso clínico ilustra cómo las terapias de tercera generación están expandiendo nuestro arsenal terapéutico para el TOC. Más allá de la reducción sintomática, ACT ofrece algo cualitativamente diferente: una reconceptualización de la relación entre síntomas y bienestar que puede resultar profundamente liberadora.

La propuesta de aceptar los síntomas mientras se vive según valores personales representa un cambio paradigmático respecto al modelo tradicional centrado en la eliminación del malestar. Para pacientes crónicamente atrapados en la lucha infructuosa contra sus obsesiones, este reencuadre puede abrir posibilidades existenciales previamente inimaginables.

Los profesionales de la salud mental haríamos bien en familiarizarnos con estos enfoques emergentes. No se trata de abandonar las intervenciones establecidas sino de ampliar nuestro repertorio terapéutico, permitiéndonos responder con mayor flexibilidad a las necesidades singulares de cada paciente. Al final, la verdadera pericia clínica no reside en aplicar rígidamente protocolos estandarizados, sino en seleccionar creativamente, entre múltiples opciones fundamentadas, aquellas que mejor resuenan con la situación única de quien solicita nuestra ayuda.

Referencia: Philip, J., & Cherian, V. (2022). Acceptance and Commitment Therapy in Obsessive-Compulsive Disorder: A Case Study. Indian Journal of Psychological Medicine, 44(1), 78-82. https://doi.org/10.1177/0253717621996734

  • Análisis
  • Clínica
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Cuando la vida pierde sentido: del vacío existencial a la intervención clínica basada en evidencia

  • 22/01/2026
  • David Aparicio

¿Alguna vez has recibido en consulta a un paciente que describe sus días como un ciclo monótono, carente de propósito aparente? Esta presentación es más que una queja subjetiva; es un fenómeno clínico recurrente que, lejos de ser una debilidad del consultante, es una experiencia humana que demanda nuestra mayor sofisticación analítica.

La etiología de esta pérdida de sentido es multicausal. En cuadros de depresión mayor, observamos cómo la anhedonia y el aplanamiento afectivo erosionan el contacto con los reforzadores naturales. En otros casos, el malestar deriva de variables contextuales: precarización laboral, atomización de las redes de apoyo o crisis de identidad en transiciones vitales.

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