«Publicamos un estudio falso en una revista científica»
Los amigos de enGrama prepararon una infografía para Instagram que aborda un tema que aparece con mucha frecuencia en la clínica: el uso indiscriminado del término “narcisista” para describir a personas con las que mis pacientes han tenido conflictos o han sufrido daño emocional.
Este fenómeno no es raro. En medio del dolor, es comprensible que las personas busquen explicaciones que les ayuden a entender lo que les ocurrió. Etiquetar al otro como “narcisista” puede ofrecer una sensación momentánea de claridad o control. Parece una forma de cerrar el capítulo: “esto pasó porque esa persona es así”.
Pero este tipo de etiquetado tiene un costo. En lugar de promover el autocuidado o el establecimiento de límites saludables, muchas veces termina anclando a la persona en una narrativa que gira alrededor del otro. Los pacientes se quedan atrapados en analizar, interpretar o justificar el comportamiento ajeno, cuando lo que más necesitan es enfocar su energía en sí mismos: en reconocer el daño, validar su experiencia, y tomar decisiones que los alejen de vínculos dañinos.
Etiquetar no es lo mismo que comprender. Y comprender no siempre es necesario para protegerse. A veces, basta con notar que una relación no es segura o saludable, sin necesidad de definir clínicamente a la otra persona.
Derek Bolz hizo un video sobre el impacto del ciclismo en su salud mental. Aquí tienes una versión traducida de la transcripción parcial:
Últimamente la vida ha sido difícil. No quiero ventilar mis problemas personales en internet, así que no entraré en detalles. Pero por muchas razones, estoy bastante estresado, tal vez más que nunca. En pocas palabras: no estoy bien.
Pero entonces, de repente, todo está bien. Mis manos están en el manubrio, mis pies en los pedales, el viento en la cara, la mente en calma. Solo tengo que superar ese salto, tomar bien esa curva, aterrizar ese truco, mantener el equilibrio, pedalear más fuerte y no soltarme.
Esa es la magia del ciclismo: exige tanta atención que no te deja otra opción que habitar el presente. No hay espacio para preocuparse. Es como meditación en movimiento. Y al final, siempre te sientes un poco mejor.
Esa es una de las razones por las que me enamoré del ciclismo de montaña en los últimos años: cuando estoy montando, todo lo demás se desvanece. No hay lugar para el pasado ni para el futuro. Solo pienso uno o dos segundos por delante. Y el simple hecho de moverme por el espacio físico me da una sensación de avance, algo valiosísimo cuando el resto de tu vida se siente estancada.
Dependiendo del sendero, si me desconcentro un segundo, podría lastimarme seriamente o incluso morir. Nunca me han interesado los deportes extremos, así que no tengo idea de por qué estar al borde del peligro se siente tan liberador. Pero lo es.
Sé que el ciclismo de montaña no es para todos. Otros encuentran esa misma sensación de presencia y enfoque en correr, esquiar, hacer cerámica, carpintería, fotografía, caminar, surfear, escribir, tejer, meditar, cultivar un jardín, pintar, leer… la lista es larga. Me siento afortunado de haber encontrado mi cosa. Me encantaría saber si tú ya encontraste la tuya.
Sé que el ciclismo no es terapia, y que el término se usa con demasiada ligereza últimamente. La terapia implica un trabajo estructurado, deliberado y centrado en los problemas específicos que enfrenta una persona. Aun así, realizar actividades placenteras que requieren atención plena y conexión con el momento presente tiene beneficios reales para la salud mental: reduce la rumia, mejora el estado de ánimo general y aporta una sensación de bienestar sostenida. El video me gustó mucho porque conectó profundamente conmigo. Hace años practicaba ciclismo y, aunque nunca fui especialmente bueno, recuerdo con claridad lo mucho que disfrutaba estar en la bicicleta y sentirme presente en el momento. Verlo me hizo pensar en retomar esa actividad, e incluso me ha dado ganas de probar el ciclismo de montaña.
Aquí puedes ver el video:
Via: Kottke
Perder a un ser querido de forma inesperada —por suicidio, un accidente o cualquier causa súbita— desestabiliza por completo la vida de una persona. A diferencia de una muerte anticipada, estas pérdidas sumergen a los dolientes en un caos emocional y práctico, donde incluso los gestos más simples de apoyo pueden marcar una gran diferencia.
Las investigaciones y experiencias personales muestran que no siempre las personas en duelo reciben ayuda efectiva. Muchas veces, familiares y amigos se alejan, incapaces de tolerar el dolor ajeno o por miedo a confrontar su propia vulnerabilidad. Esto puede generar una “segunda pérdida”: la del sostén social.
El artículo recuerda que el duelo no tiene una línea de tiempo fija, y que los mejores apoyos no son los que prometen “curar” sino los que permanecen cerca, con acciones tangibles y compasión sostenida.
Fuente: The New York Times
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