Por qué la luz del día es el secreto para un gran sueño
Constanza Cabrera para El País:
Para el año 2050, la mitad de la población mundial tendrá miopía. Permitir que niños y adolescentes hagan más actividades al aire libre ayuda a disminuir el riesgo de desarrollarla. Y aunque ellos tienden a pasar más tiempo de sus vidas frente a tabletas, móviles y ordenadores, no hay antecedentes que demuestren con contundencia cómo pueden influir estos dispositivos en su salud ocular. Ahora, un metanálisis publicado este viernes en la revista JAMA Network Open —sobre 45 estudios en los que participaron más de 300.000 personas— sugiere que aumentar una hora diaria el uso de pantallas incrementa hasta en un 21% en riesgo de padecer esta afección de la visión, que hace que los objetos lejanos se vean borrosos.
Los niños necesitan más tiempo al aire libre:
Lo que sí es seguro es que aumentar las actividades fuera de las cuatro paredes, sobre todo entre los nueve y los 17 años, puede ser crucial porque es la franja de edad más sensible para el desarrollo del ojo. Cuando este órgano crece más de lo que le tocaría por edad, la longitud axial —la distancia entre la córnea y la retina— tiende a aumentar. “Los factores ambientales están ganando mucha importancia”, agrega Recalde.
Y ni hablemos de los efectos psicológicos. Los niños están sufriendo de un déficit de juego libre. Hay un artículo muy bueno (en ingles, que puedes traducir fácilmente) que expone elocuentemente los riesgos de este déficit. Te invito a leerlo.
Adrián Cordillat escribe en El País que la terapia cognitivo conductual para el insomnio es efectiva, pero toma tiempo en hacer efecto:
“El problema del insomnio es que un trastorno muy frecuente y no está bien atendido. Las guías dicen que hay que empezar por la terapia cognitivo conductual, pero tenemos a miles de pacientes tomando hipnóticos y benzodiacepinas desde hace años”, lamenta el doctor Manuel de Entrambasaguas, neurofisiólogo clínico de la Unidad del Sueño del Hospital Clínico de Valencia. Su opinión la comparte Odile Romero, coordinadora de la Unidad del Sueño del Hospital Vall d’Hebron de Barcelona, que señala a varios factores. Por un lado, la falta de personal formado y de unidades que oferten la terapia: “A la mayoría de los pacientes que sufren de insomnio les cuesta llegar a un especialista”. Por otro, a la incapacidad para mirar a largo plazo. “Los recursos sanitarios son los que son y el insomnio no es algo que, aparentemente, genere un riesgo a corto plazo, así que no se ve como algo urgente y, por tanto, no está en las listas de prioridades”. Y, por último, a la falta de tiempo, que hace que la solución más rápida siempre sea un fármaco, aunque estos tengan importantes efectos secundarios, uno de ellos la dependencia: cuesta mucho retirarlos y hay pacientes enganchados a ellos durante años, aunque la mayoría de estos medicamentos tengan una indicación para apenas tres o cuatro semanas de tratamiento.
En mi consulta, veo con frecuencia que los pacientes con problemas de sueño llegan ya muy medicados. Por otro lado, también me enfrento al desafío de manejar la frustración de quienes buscan resultados inmediatos para su insomnio.
Si bien la terapia no toma años en dar efecto y en cuestión de semanas ya se observan mejoras, muchos pacientes esperan cambios instantáneos y, ante la falta de resultados inmediatos, son propensos a abandonar el tratamiento. Esto hace aún más importante educar sobre el proceso terapéutico y la importancia de la constancia para lograr un descanso reparador.
Hoy me encontré este artículo de The New York Times que expone casos de mala praxis en terapia, desde comportamientos inusuales hasta violaciones éticas. Algunos pacientes relatan experiencias preocupantes, como una terapeuta que usaba una bicicleta estática durante la sesión, otro que agitaba una maraca en la cara de su cliente, y un psiquiatra que envió mensajes inapropiados a su paciente. También se reportan terapeutas que se quedaban dormidos, llegaban tarde, mostraban falta de interés o utilizaban procedimientos inapropiados para las necesidades de los pacientes.
La terapia debe ser un espacio seguro y de confianza, donde el paciente pueda sentirse validado y comprendido. Leer estos testimonios es alarmante, porque muestran cómo la falta de profesionalismo—y en algunos casos, el abuso directo—puede hacer que la terapia, en lugar de sanar, se convierta en una experiencia dañina. Es cierto que los terapeutas son humanos y pueden cometer errores, pero cuando la falta de ética es sistemática o se cruzan límites fundamentales, es responsabilidad del paciente priorizar su bienestar y buscar ayuda en otro lugar. Nadie debería tolerar una terapia que genere más daño que alivio. Y nadie que ejerza esta profesión debería olvidar que la confianza del paciente es un privilegio, no un derecho garantizado.
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