¿Podemos elegir lo que creemos?
Hagamos un experimento: intenta creer, de verdad y durante cinco minutos, que la Tierra es plana. No vale repetirlo como un mantra. Es la prueba con la que arranca un artículo de Mariana Toro en la revista Ethic, publicado el 2 de septiembre de 2026, que se pregunta si podemos elegir lo que creemos.
Nadie elige lo que cree
El punto de partida es una tesis que el psiquiatra Pablo Malo defendió en un video que circuló en X: nadie escoge sus creencias, igual que nadie escoge sus deseos. Si pudieras elegirlas, podrías cambiarlas ahora mismo, y no puedes. La idea no es nueva: el artículo recuerda que Schopenhauer ya decía que uno puede hacer lo que quiere, pero no querer lo que quiere. Aun así, mucha gente se enorgullece de sus posturas políticas o religiosas como si hubiera llegado a ellas por pura deliberación.
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Las objeciones: el tiempo y la responsabilidad
La autora plantea dos matices. Primero, las creencias sí cambian con el tiempo, a veces de forma radical, como en quien abandona la fe de su infancia. Y aunque no podamos cambiar una creencia en este instante, sí podemos elegir las condiciones que hacen más probable que cambie: leer a quienes piensan distinto o convivir con personas con otras experiencias. Segundo, si nadie elige lo que cree, ¿podemos reprocharle a alguien una creencia falsa o dañina? Su conclusión es que existe una forma de agencia limitada: no elegimos nuestras creencias de golpe, pero «sí podemos cultivar o descuidar el terreno en el que crecen».
Más tolerancia hacia las personas
El artículo cierra con una consecuencia práctica. Que no elijamos nuestras certezas no significa que todas valgan lo mismo, y los disparates merecen ser discutidos. Pero sí invita a ser más tolerantes con las personas (no necesariamente con sus ideas), con la excepción del intolerante que ya señaló Karl Popper en su paradoja de la tolerancia, y a desconfiar de quien confunde la intensidad de sus convicciones con una prueba de que tiene razón.
Mi comentario
Como psicólogo clínico, esta discusión me resulta muy familiar. En consulta es frecuente ver a personas que saben, racionalmente, que una idea sobre sí mismas no tiene mucho sentido, y aun así no logran dejar de creerla solo porque lo deciden. Decirle a alguien «cambia de pensamiento» rara vez funciona.
Por eso me gusta la imagen del jardinero. No controlamos directamente lo que creemos, pero sí podemos cambiar lo que hacemos, con quién conversamos y a qué nos exponemos, y con el tiempo eso va moviendo las cosas. Y me quedo con la otra lección: si entendemos que nuestras certezas tienen una historia que no elegimos, quizá seamos un poco más amables con quienes piensan distinto, en las redes, en la familia y también con nosotros mismos.
Fuente: «¿Podemos elegir nuestras creencias?», Mariana Toro, Ethic, 2 de septiembre de 2026.
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