Estaba preparando la clase de la semana siguiente para el módulo de regulación emocional de DBT. Llegué al apartado de construir competencia y anticiparse, las dos habilidades que enseño hace años. La definición la conozco bien: hacer cosas que te hagan sentir hábil, seguro de ti mismo, en control y capaz de dominar situaciones difíciles. Es una herramienta para reducir la vulnerabilidad emocional: cuanto más capaz te percibes en tu vida, menos terreno fértil hay para la desregulación.
Pero esta vez me detuve en algo que en otras lecturas había pasado por alto. En el Manual de Entrenamiento en Habilidades DBT, Linehan observa que los bebés tienen una tendencia natural a aumentar la competencia. Lo vemos en cualquier niño pequeño que intenta una y otra vez ponerse de pie, abrir un envase, vestirse solo. Pero esa tendencia, dice ella, puede perderse con el tiempo si no se refuerzan los esfuerzos para incrementarla.
En consulta enseñamos esta habilidad como si el problema fuera estrictamente individual: el paciente que se evita, que no se desafía, que prefiere lo cómodo. Pero el refuerzo nunca es solo individual. El ambiente refuerza o extingue conductas, y el ambiente en el que vive ese paciente actúa en al menos dos niveles: la familia, donde aprendió desde pequeño qué cosas hacía solo y cuáles le hacían los demás; y la sociedad más amplia, una arquitectura cotidiana —tecnología, mercado, hábitos culturales— diseñada en buena medida para hacer las cosas más fáciles.
Y ahí está la pregunta que me hice esa noche: ¿Qué refuerza hoy el esfuerzo de construir competencia, y qué dejó de hacerlo?
Las cosas tienen que ser un poco difíciles
Antes de entrar al análisis, conviene nombrar algo que da por sentado el resto del artículo: las destrezas se desarrollan haciendo cosas que cuestan. La pequeña dificultad cotidiana —el problema que tomó tiempo resolver, la frustración que hubo que sostener, la tarea que costó pero salió— no es un obstáculo al crecimiento. Es la materia prima.
Hay una paradoja bien documentada en psicología cognitiva. Michael Inzlicht y sus colegas la llamaron el effort paradox: humanos y otros animales tendemos a evitar el esfuerzo, pero también el esfuerzo añade valor a los resultados, y a veces elegimos opciones precisamente porque son difíciles. Una revisión que sintetiza estudios con miles de participantes muestra que las actividades esforzadas se viven como más significativas, aunque menos placenteras. Es la divergencia clásica entre bienestar hedónico y eudaimónico.
Cuando los montañistas explican por qué suben, no hablan de placer. Hablan de competencia, de maestría, de ver de qué están hechos. Eso se parece a lo que Linehan describe cuando habla de construir competencia: una sensación que no se compra ni se delega, que aparece cuando uno hace algo difícil con sus propios recursos.
Cuando la familia hace todo fácil
El primer contexto donde se aprende —o no se aprende— a tolerar la dificultad es la familia. Y aquí entra una observación incómoda: con frecuencia, los padres con buenas intenciones quitan a sus hijos las oportunidades de desarrollar destrezas justamente al intentar protegerlos de la dificultad.
El niño que pide ayuda con la tarea y recibe la respuesta hecha. El adolescente que olvida la mochila y recibe a su mamá llevándosela al colegio para que no tenga consecuencias. El joven adulto cuyos padres llaman a la universidad para resolver un trámite que él podría hacer solo. Cada una de esas intervenciones, aislada, es razonable. Acumuladas, sustraen del repertorio del hijo una experiencia importante: enfrentar un problema y descubrir que puede resolverlo.
Un metaanálisis reciente que combinó 53 estudios sobre crianza sobreprotectora , a veces llamada helicopter parenting o snowplow parenting, encontró asociaciones moderadas entre estos patrones y más ansiedad, menor autoeficacia y peor regulación emocional en adultez emergente. Los efectos son consistentes en su dirección, aunque heterogéneos en magnitud. Y la dirección es coherente con lo que sabemos de aprendizaje: una habilidad que no se practica no se desarrolla.
Lo importante, desde la clínica, no es culpar a los padres. La sobreprotección casi nunca viene del descuido; viene del amor mal calibrado, o de la propia ansiedad parental que no tolera ver al hijo frustrado. Pero el efecto sobre el hijo es similar al de cualquier habilidad poco entrenada: llega a la adultez con menos práctica de la que necesita. Y cuando la vida adulta le presenta su primera dificultad real: una ruptura, un examen difícil, un jefe exigente. La sensación es de no tener herramientas. Porque, en cierto modo, no las tiene.
En la familia ocurren las primeras contingencias de reforzamiento sobre el esfuerzo. Lo que se modela y se refuerza ahí —que vale la pena intentarlo, que la frustración pasa, que uno mismo puede resolver lo que tiene delante— configura una historia de aprendizaje que la persona lleva al resto de sus contextos. No la determina, pero sí condiciona qué tan probable es que los aproveche.
La sociedad no reduce el esfuerzo: lo redistribuye
Si en la familia la facilidad excesiva es involuntaria y bienintencionada, en la sociedad es una estrategia explícita. Industrias enteras se organizan alrededor de la promesa de ahorrar tiempo y reducir esfuerzo: delivery, asistentes virtuales, navegación automatizada, recomendaciones personalizadas, IA generativa, atención al cliente automatizada. Cada una de esas innovaciones, individualmente, resuelve un problema real. Acumuladas, configuran un entorno donde la dificultad cotidiana se vuelve cada vez más rara.
Pero aquí conviene tener cuidado con la conclusión rápida. Es tentador decir que la sociedad actual nos deja a todos más blandos. Eso no es lo que muestra la realidad cuando uno mira con calma.
La sociedad actual ha aumentado las oportunidades de esfuerzo en muchos dominios. Hoy más personas que nunca cursan carreras largas, hacen posgrados, aprenden idiomas online, corren maratones, programan por hobby, escriben en plataformas digitales, mantienen relaciones complejas en contextos multiculturales, navegan profesiones cognitivamente exigentes que antes no existían. La cultura del aprendizaje continuo, del entrenamiento físico voluntario, del proyecto personal sostenido, son fenómenos masivos. Quien hoy quiere desafiarse intelectual, creativa, vincular o físicamente tiene más herramientas y más acceso que cualquier generación anterior.
Lo que ha cambiado no es la cantidad total de esfuerzo posible, sino su distribución. La sociedad redujo el esfuerzo cotidiano de baja intensidad —cocinar, navegar, esperar, hacer trámites, recordar, calcular, sostener el aburrimiento— y abrió en cambio dominios voluntarios de esfuerzo intensivo donde practicar maestría. Pero esos dominios no son automáticos. Hay que entrar a ellos. Hay que sostener la entrada. Y para entrar y sostener, se necesita algo que no viene con los dominios mismos: la disposición previa de esforzarse.
Y aquí es donde vuelve la familia. Porque esa disposición previa no se construye de adulto. Se construye temprano, en las pequeñas experiencias de haber resuelto algo difícil, haber tolerado una frustración, haber descubierto que uno puede. Si la familia no reforzó esos esfuerzos, las oportunidades de la sociedad (reales, abundantes, accesibles) se quedan sin alguien que las tome.
La sociedad ofrece más caminos para construir maestría que nunca antes. Pero los toma quien ya aprendió, en algún lugar, que el esfuerzo merece la pena. Quien no lo aprendió en la familia y vive además en una vida cotidiana sin fricción que se lo enseñe por defecto, queda en una posición particular: con todas las oportunidades del mundo y sin el motor para entrar a ellas.
Consecuencias clínicas
Si el esfuerzo importa, y si la combinación de una familia que no lo reforzó y una vida cotidiana que ofrece pocas dificultades por defecto reduce el repertorio de experiencias previas con las que llega la persona, hay consecuencias clínicas predecibles. El peso de la evidencia varía entre ellas: las dos primeras están más sólidamente apoyadas; las dos últimas son más argumentativas que empíricas.
Primero: una autoeficacia poco anclada en la experiencia. La autoeficacia, en el sentido de Albert Bandura, no es autoestima. No es decirse «yo puedo». Es la creencia, anclada en experiencias previas, de que uno puede ejecutar las acciones necesarias para lograr un objetivo. Bandura describe cuatro fuentes de autoeficacia, y la más influyente son las experiencias de dominio: haber hecho cosas difíciles antes y haberlas resuelto. Es razonable suponer que cuando el contexto no provee suficientes experiencias de ese tipo —porque otros las resolvieron, o porque la tecnología las automatizó— la autoeficacia se vuelve más frágil. Hay creencia de capacidad, pero menos respaldo experiencial. Y la baja autoeficacia es un factor de riesgo robusto para trastornos de ansiedad y afectivos.
Segundo: menos práctica de la tolerancia al malestar. En DBT trabajamos sobre la tolerancia al malestar como una habilidad concreta, entrenable. Pero como toda habilidad, requiere práctica. Cuando el ambiente resuelve la dificultad casi al instante —el paquete llega hoy, la respuesta llega en un click, la duda se resuelve preguntándole a un chatbot— las ocasiones cotidianas de sostener una pequeña frustración desaparecen. No es que el paciente «no aguante nada». Es que ha tenido pocas oportunidades de descubrir, en lo cotidiano, que sí puede aguantar. Y alguien sin entrenamiento clínico puede confundir déficit de habilidad con rasgo de carácter.
Tercero, también con apoyo más teórico que empírico: la evitación deja de ser un patrón individual y se vuelve estructural. En terapia conductual entendemos la evitación experiencial como un patrón aprendido y mantenido por refuerzo negativo: evito algo difícil, baja la ansiedad, se refuerza la evitación. Trabajamos para romper ese ciclo. Pero cuando el ambiente entero premia la evitación —cuando un click resuelve el problema, cuando el algoritmo te ofrece exactamente lo que ya te gusta, cuando saltarte lo difícil tiene cero costo social— el patrón clínico tiene un aliado cultural. Estamos trabajando contra una arquitectura, un sistema que refuerza ese mismo patrón en muchas de las interacciones cotidianas del paciente.
Cierre
El refuerzo del esfuerzo, parece, depende de dos cosas distintas: una familia que enseña temprano que vale la pena intentarlo, y un entorno cotidiano que después no lo contradiga. Cuando los dos refuerzan, esforzarse no cuesta tanto trabajo: la vida lo va sosteniendo. Cuando alguno deja de hacerlo, esforzarse se vuelve un trabajo que la persona tiene que hacer mayormente sola.
No sé si esto es del todo así. Es una hipótesis que me dejó la clase de esa noche y que sigo dándole vueltas. Pero si tiene algo de cierto, la pregunta que me parece importante hacer es esta: ¿qué le pasa a una habilidad cuando deja de ser sostenida por todo lo que pasa alrededor de la persona que la practica?
Bono
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