Imagina que te detienen por conducir en estado de ebriedad con una alcoholemia de 0,18%, después de haber comido solo un perrito caliente y un refresco. Sin haber bebido alcohol. Eso es exactamente la historia que publicó The New York Times y que le ocurrió a Mark Mongiardo, director deportivo de una escuela secundaria en Nueva York. Durante años aparecía intoxicado en cenas familiares y en el trabajo. Su familia pensaba que bebía en secreto. Lo despidieron. Vendió su casa. Hasta que un gastroenterólogo le dio finalmente un nombre a lo que tenía.
¿Qué es?
Cuando digerimos alimentos, los microbios intestinales convierten los carbohidratos y azúcares en etanol, normalmente en cantidades mínimas que el hígado metaboliza con facilidad. En pacientes con síndrome de autocervecería, esos microbios trabajan en exceso, produciendo suficiente etanol como para causar intoxicación real. Los síntomas incluyen cambios en el estado de ánimo, ansiedad, niebla mental, alteraciones en el habla y la marcha, y cambios en la memoria, por lo que muchos pacientes reciben primero diagnósticos psiquiátricos erróneos.
Diagnóstico y tratamiento
El diagnóstico se confirma mediante una prueba controlada: el paciente consume una bebida azucarada, se le supervisa durante varias horas sin acceso a alcohol, y se miden sus niveles de etanol en sangre periódicamente. Si estos suben de forma sostenida, se confirma el síndrome.
El tratamiento varía según la causa —bacteriana o fúngica— e incluye dieta baja en carbohidratos, antifúngicos o antibióticos, y probióticos para reequilibrar el microbioma. Algunos pacientes se recuperan completamente; otros presentan recaídas.
La condición se considera rara, pero el interés científico está creciendo. En la reunión anual del Colegio Estadounidense de Gastroenterología de 2025 hubo cinco presentaciones sobre el tema, y hay estudios en curso con decenas de pacientes confirmados.
¿Esto que tiene que ver con la psicología?
Más de lo que parece. Los síntomas del síndrome de autocervecería —cambios en el estado de ánimo, ansiedad, conducta errática, problemas en las relaciones— son exactamente el tipo de presentación que lleva a una persona a consultar con un psicólogo o psiquiatra antes que con un gastroenterólogo. Y si el profesional que la recibe no conoce la condición, es muy probable que el caso termine con un diagnóstico de trastorno por uso de alcohol, un trastorno del estado de ánimo, o simplemente con la etiqueta de «paciente que no dice la verdad».
Una de las razones por las que me parece importante mantenerse al día con la divulgación científica es precisamente esta: nunca sabes cuándo puede llegar alguien con una condición que no conocías. No hace falta ser gastroenterólogo para levantar la sospecha, derivar adecuadamente, o simplemente no descartar a un paciente que insiste en que no bebe. A veces, creerle a alguien es el primer paso clínico.