El célebre psicólogo positivo Mihály Csíkszentmihályi (2012) crea el concepto de flow o fluir, el cual es definido como un estado emocional positivo caracterizado por una implicación total dentro de la actividad que estamos realizando, sin importarnos nada más, mientras mantenemos un grado de concentración absoluto. Fluyendo en lo que realizamos.

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Por otro lado nos encontramos con la incertidumbre. Todos tenemos baja tolerancia a ella; la incertidumbre, el gran signo de pregunta en nuestra cabeza; paradójico teniendo en cuenta la complejidad, rapidez, imprecisión e inestabilidad del mundo que nos rodea. Pero a su vez es esa incertidumbre la que nos mantiene en la realidad, la que nos permite dudar.

Cuando sabemos lo que está por venir, sentimos menos estrés, libera nuestra carga emocional. Imagínense para un ansioso no saber qué ocurrirá en tal o cual situación si no es a partir de subirse imaginariamente al Delorean e irse al futuro (imaginado), positivo o no, catastrófico, apocalíptico, la catástrofe detrás del bombardeo de pensamientos automáticos y distorsiones cognitivas en la mente ansiosa.

Estudios recientes revelan que aquellas personas conscientes de que recibirán una descarga o que conocen un diagnóstico a pesar de ser éste desfavorable, en contraposición con aquellas que viven con la incertidumbre, presentan menores índices de ansiedad (Diaz-Cordobes, Barcia, Gallego-Sanchez y Barreto, 2012; Cardozo, Ramos, Vaz, Rodriguez y Fernandez, 2012). En esto radica la importancia del autoconocimiento y la automonitorización, sobre todo la buena relación terapéutica con nuestros pacientes, seamos o no psicólogos.

“Yo necesito saber”, dicen algunas personas. Eso nos brinda una ilusoria sensación de control sobre los acontecimientos en los cuales estamos involucrados, aunque probablemente ese “control” no se sostenga ante un análisis objetivo. Ahora bien, ¿realmente necesitamos saber?

La incertidumbre, la duda, puede ser nuestro mayor enemigo o el más grande aliado; todo depende de la perspectiva.

Pensemos en una persona diagnosticada con Trastorno Obsesivo Compulsivo, por ejemplo, los rituales de esa persona que tiene la necesidad de comprobar 7 veces que ha cerrado la llave del gas antes de salir de casa, no es más que un reflejo de este miedo a lo desconocido llevado al extremo. Por supuesto que esto es parte del cuadro de esa persona, ¿pero qué ocurre con quienes no padecemos un desorden de estas características?

Todos necesitamos estabilidad emocional. Lo cierto es que hoy, en una contemporaneidad acelerada, es difícil conseguirla. Presumiblemente necesitamos un trabajo estable, una relación amorosa y amable con nuestra pareja, sin sobresaltos, necesitamos ese préstamo al que estamos aspirando desde hace varios meses, etc.

Parece que en nuestro tiempo, necesitamos de muchas cosas.

Este artículo intenta expresar que la incertidumbre, la duda, puede ser nuestro mayor enemigo o el más grande aliado; todo depende de la perspectiva.

La mayor parte de la gente tiene una incomodidad vital hacia el “no saber qué pasará”, queremos saberlo todo con antelación, necesitamos un final siempre, necesitamos conocer las consecuencias de todo lo que hacemos, de lo que podemos controlar y de lo que no.

El tiempo no hace concesiones a nadie. De un lado nos sentimos aliviados porque conocemos el final de la vida, pero ¿qué pasará después?¿qué cabe esperar? Sin caer en extremismos, cotidianamente nos preguntamos: ¿Qué me dirá esa chica que me gusta tanto?¿aprobaré el examen?¿seré feliz con mi esposo?¿será niño o niña?¿llegaré a fin de mes con mi sueldo?¿conseguiré el trabajo? ¡Cuantas preguntas! Continuamente nos hacemos preguntas, las 24 horas del día, los 365 días del año; eso provoca un estrés emocional que precisamente no contribuye positivamente a esa estabilidad tan anhelada, al fluir en mis actividades diarias.

“La incertidumbre es una margarita cuyos pétalos no se terminan jamás de deshojar”. Mario Vargas Llosa

Me pregunto entonces, ¿no sería más útil abrazar la incertidumbre y asumir que no hay nada seguro o completamente cierto?

Tal vez no. Las raíces de los miedos se encuentran en las profundidades de nuestro cerebro primitivo, una zona VIP donde sólo se permite la entrada a aquellas respuestas que la evolución ha pulido durante generaciones. Por lo tanto, podemos asumir que si la intolerancia a la incertidumbre se encuentra entre esas respuestas innatas es porque cumple alguna función adaptativa.

Pero entonces, ¿de qué sirve el miedo a lo incierto?

Nos ayuda a simplificar y comprender: como dijimos antes el mundo que nos rodea es complejo y cambiante; lo es mucho más que la mente humana, cuya capacidad para procesar las infinitas variables o inputs externos es limitada. El miedo a lo incierto nos sirve para solucionar este pequeño error de diseño. Creamos reglas simples y generales que expliquen el comportamiento de las cosas y alivien el desasosiego que nos genera lo desconocido; pero de igual manera aquí también puede haber conceptos y reglas que nos alivian, aunque sean irracionales.

Nos permite hacer predicciones simples: quedarnos con estas reglas, con aquello que conocemos, nos permite anticipar ciertas respuestas. Sí siempre que pongo un recipiente de agua sobre el fuego el agua hierve, es posible que vuelva a suceder lo mismo si repito el proceso. En caso de que las respuestas anticipadas sean de tipo aversivo y dañino, también cumpliría con la siguiente función de auto-conservación/auto-preservación.

Nos protege de algunos peligros: “más vale malo conocido, que bueno por conocer”.

Ahora bien, vivir creyendo en la determinación, en que no hay nada bajo nuestro control y que todo es incierto, puede ser igual de perjudicial que hacerlo con el pavor de echarlo todo a perder. El miedo a la incertidumbre es irracional pero existe por algún (o varios) motivos. Por lo tanto, solo cuando aceptamos esta conclusión, de que la incertidumbre va a ser parte de la vida, es que puedo centrarme en saber que sobre algunas cosas tendré el control y sobre otras definitivamente no; por tal motivo, algo tan simple como lo mencionado en algunas líneas previas, puede definirse como el estado que me permitiría descansar sobre el fluir (o flow), mas precisamente descansar fluyendo, en lo que me encuentro realizando. La incertidumbre y la duda son propias del ser humano en tanto ser que intenta sobrevivir.

La incertidumbre no dejará de existir, abrazarla y aceptarla es parte del fluir cotidiano. Está y va a estar presente siempre. Queda en nosotros aprovechar la oportunidad que nos brinda, de crear un significado cotidiano para mitigarla y fluir.

Referencias:

Cardoso, M., Ramos, M., Vaz, F., Rodríguez, L., & Fernández, N. (2012). Influencia del apoyo familiar en momentos de gran incertidumbre. Prisma social, (8).

Csikszentmihalyi, M. (2012). Fluir: una psicología de la felicidad. Editorial  Kairós.

Díaz-Cordobés, J., Barcia, J., Gallego-Sánchez, J., & Barreto, P. (2012). Conspiración de silencio y malestar emocional en pacientes diagnósticados de glioblastoma multiforme. Psicooncología, 9(1), 151.

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