El secreto de Islandia para que sus jóvenes dejaran de beber alcohol y de fumar
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Mi paciente y yo sabíamos que él se estaba muriendo.
No era el tipo de agonía que se prolonga durante meses o años. Moriría hoy, tal vez mañana. Si no mañana, entonces pasado mañana. ¿Quería que me comunicara con alguien? ¿Había alguien a quien quisiera ver?
Nadie, me dijo. No tenía familia inmediata. Tampoco amigos cercanos. Quizá tenía una sobrina en el sur, pero no habían hablado en años.
Para mí, la tristeza de su muerte solo era superada por lo triste de su soledad. Me pregunté si su soledad era una de las causas de su muerte prematura y no únicamente una circunstancia desafortunada.
Todos los días soy testigo de variaciones del principio y el final de la vida: un joven a quien abandonan sus amigos mientras lucha contra su adicción a los opioides; una viejita que sobrevive con té, pan tostado y vive en medio de la suciedad, pues ya no es capaz de limpiar su abarrotado apartamento. En esos momentos, parece que lo único peor que padecer una enfermedad grave es hacerlo en soledad.
El efecto del aislamiento a corto y largo plazo:
La evidencia del aislamiento social es clara. Qué hacer al respecto no lo es tanto.
La soledad es un problema en especial engañoso porque aceptar y hablar de nuestra soledad conlleva una profunda estigmatización. Admitir que estamos solos puede sentirse como aceptar que hemos fallado en los terrenos fundamentales de la vida: la pertenencia, el amor, el apego. Va en contra del instinto básico de mantener nuestra reputación, y hace que pedir ayuda sea difícil.
No quiero compartir más fragmentos para que vayan y lo lean completo en el New York Times en Español. El artículo es muy bueno, fue escrito por Dhruv Khullar y en el texto no solo se analiza los efectos de la soledad sobre la salud, sino también sus posibles causas y su explicación me llamó bastante la atención.
Hacer investigación no es barato. Por lo general hay que pagar entre 30 y 40 dólares para poder leer un artículo completo de una revista científica. Imagínate que un estudiante de licenciatura tendría que pagar 900 dólares para completar su marco teórico de la tesis de licenciatura con unas 30 fuentes bibliográficas (diciendo un numero muy bajo). ¡Una locura!
Esto mismo fue lo que motivó a la ingeniera en sistemas, Alexandra Elbakyan, a fundar Sci-Hub el portal de papers piratas más grande la web con 62 millones de artículos indexados y de acceso totalmente gratuito. En una reciente entrevista para el diario italiano La Reppublica y traducido en el diario El País, Elbakyan nos cuenta como nació Sci-Hub, en el 2011, cómo funciona y el sorprendente apoyo que recibe de los propios autores de las investigaciones:
“Ninguno se ha quejado de que sus estudios estuvieran disponibles en Sci-Hub. Al contrario, se reconoce lo que hacemos, que beneficia también a la Universidad. Incluso la de Harvard, la más rica del mundo, ha admitido que ya no puede hacer frente a los precios que imponen los editores para que sus investigadores puedan acceder a los artículos.”
Sci-Hub es una herramienta muy importante, al igual que Research Gate, para todos los que hemos hecho algún tipo de investigación o que tienen afición por la ciencia y gracias a ella hemos podido terminar nuestras investigaciones sin rompernos el bolsillo o tener que donar un órgano para graduarnos.
A Chile le ha tocado muy duro. Sufrió una de las dictaduras más crueles de Latinoamerica, fue azotada por terremotos, tsunamis y ahora un gigantesco incendio forestal. Pero los chilenos se levantan, se reponen y afrontan sus problemas con una valentía admirable y hasta envidiable. Daniel Pardo escribió para la BBC un artículo que cuenta su experiencia durante el gran incendio y el empuje de los chilenos para afrontar la adversidad:
Cada vez que pasaba por un bosque donde veía camiones de bomberos estacionados, sonaba la bocina del auto y gritaba, puño en alto, «¡arriba Chile, weón!».
Y perdonen el chileno.
Es que esa fuerza, ese aguante, esa resiliencia con que los chilenos enfrentan catástrofes como esta es contagiosa, inspiradora.
No conocí un bombero frustrado, un ciudadano de mal genio o un damnificado sin esperanza.
El entusiasmo y la solidaridad, por el contrario, fue lo que percibí en los risueños rostros de la gente en las zonas que visité: O’Higgins, el Maule y Bío Bío, las más afectadas del país.
¿Los chilenos tienen capacidades resilientes diferentes?
Algunos expertos niegan que los chilenos sean particularmente resilientes, pues argumentan que si otro pueblo sufriera tantos desastres también tendría que responder con ánimo, valentía, soluciones.
Otros científicos sociales, sin embargo, coinciden con Ortega y Gasset.
«El hombre americano y chileno se ha definido como esencialmente telúrico», escribió el premiado historiador chileno Rolando Mellafe en su obra «El acontecer infausto en el carácter chileno», de 1981.
«Pero lo telúrico –continúa– no es un simple amor a la tierra, ni una simple afinidad con lo natural. El acontecer infausto tiraniza este dialogo, obliga a toda una sociedad a enfrentarse, a través de su yo con los estratos más profundos de su existencia espiritual, con el alba de su psiquis».
Esa consecuencia psicológica es lo que yo creo haber percibido en la cariñosa gente del centro-sur del país, me dijo el historiador de la Universidad de Chile Gonzalo Peralta.
Pero si bien las catástrofes tienen ese efecto positivo de optimismo, me explicó, «también tienen un desenlace negativo». «Una personalidad cortoplacista, una incapacidad de planificar, de proyectar a futuro, de ser muy aficionado a los golpes de fortuna, a los juegos de azar», dijo.
Javier Salas para El País:
La evidencia científica es robusta: la pobreza y la desigualdad social perjudican seriamente la salud. Sin embargo, las autoridades sanitarias no ponen el foco sobre estos factores sociales tanto como lo hacen sobre otros cuando tratan de mejorar la salud de los ciudadanos. Un macroestudio sobre 1,7 millones de personas, que publica la revista médica The Lancet, vuelve a la carga con este problema descuidado: la pobreza acorta la vida casi tanto como el sedentarismo y mucho más que la obesidad, la hipertensión y el consumo excesivo de alcohol. El estudio supone una crítica a las políticas de la Organización Mundial de la Salud (OMS) por no querer incluir en su agenda este factor determinante de la salud tan importante o más que otros que sí forman parte de sus objetivos y recomendaciones.
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