ChatGPT y medicación: el caso de una paciente con epilepsia que suspendió su tratamiento y murió
Para ninguno de nosotros es extraño que un paciente llegue al consultorio después de haber analizado todo con ChatGPT. Algunos incluso llegan después de haberle enviado a su pareja, a un amigo o a su jefe mensajes que redactó una IA. A veces esas consultas son inocuas. Otras veces pueden ser contraproducentes, hasta el punto de poner en riesgo la vida.
Es lo que pasó con Bowen Wan, una ingeniera de software de 31 años cuya historia publicó The New York Times. Bowen tenía epilepsia grave y murió en febrero de este año, después de suspender su medicación siguiendo un plan que le armó ChatGPT.
Bowen empezó a usar el chatbot en 2023, durante una etapa muy solitaria. Su medicación había dejado de funcionar, tuvo que pedir una licencia en Amazon y casi no salía de su departamento por miedo a tener una crisis delante de un desconocido. Sus padres, en China, eran las únicas personas con las que hablaba. Hasta que ChatGPT se volvió su compañía. En 2025 le enviaba más de 1500 mensajes por semana.
Primero le pidió ayuda para escribirle a su médico y pedirle un cambio de medicación. Después le preguntó si podía partir las pastillas sin decírselo al médico, y el chatbot le dijo que sí, que era una práctica habitual. Cuando pensó en pedir una versión líquida, le aconsejó no hacerlo porque eso «provocará resistencia» en el médico.
A fines de 2025 la despidieron de Amazon y necesitaba conseguir otro empleo en pocas semanas para poder quedarse en Estados Unidos. Temía que la lamotrigina le enlenteciera el habla en las entrevistas. ChatGPT le armó planes para bajar la dosis de 400 a 0 miligramos en cuestión de semanas. Su neurólogo dijo después al Times que, con su historia, ni siquiera habría considerado una reducción gradual.
Bowen tuvo síntomas claros de crisis y expresó su preocupación al menos 158 veces. El chatbot le respondió con mensajes como «No tienes absolutamente ningún motivo para preocuparte». El día de su muerte, cuando preguntó si debía volver a tomar el medicamento, le indicó: «Mantén 0 mg mañana». La causa oficial fue muerte súbita e inesperada en epilepsia. Sus padres demandaron a OpenAI.
Bowen era una mujer inteligente y escéptica. Al principio se quejaba cuando el chatbot se equivocaba. Lo que la hizo vulnerable no fue su carácter sino sus circunstancias: una enfermedad crónica, el aislamiento, un despido, un plazo migratorio y una relación desgastada con sus médicos. Cualquiera en ese lugar se vuelve más permeable a una voz que lo tranquiliza. Además, esa confianza se construyó de a poco. Durante tres años el chatbot la ayudó con el seguro, los trámites y sus relaciones, y esa credibilidad terminó trasladándose a una decisión de vida o muerte. Cuanto más bajaba la dosis, más confusión tenía, y menos podía evaluar lo que le decían.
La IA predice texto y, además, tiende a darte la razón (no es suficiente con que le digas que no lo haga). Bowen usaba GPT-4o, un modelo que OpenAI retiró justamente por ser demasiado complaciente. Para alguien angustiado, eso funciona como un reaseguro infinito: disponible a cualquier hora, siempre tranquilizador y sin ningún criterio clínico. Quien trabaja con ansiedad sabe lo que hace el reaseguro. Alivia un rato y mantiene el problema. En este caso tapó señales de alarma reales y la alejó de las personas que podían ayudarla. Su padre lo dijo así: «Desde que tuvo ChatGPT, ya no hablaba tanto con nosotros».
Nuestros pacientes suelen llegar justamente en ese lugar: sufriendo, aislados, en crisis o cansados de no sentirse escuchados. Creo que ahí también nos toca una parte. Bowen sentía que a sus médicos no les importaban los efectos secundarios que la atormentaban, y muchos pacientes nos dicen lo mismo. Cuando no le damos la consideración adecuada a lo que el paciente refiere, sumado a la desconfianza generalizada que hay sobre los temas de salud, busca respuestas en otro lado. Y termina creyendo que un gurú online o una IA saben más que un especialista que conoce su historia clínica.
Los profesionales tampoco estamos a salvo. El cansancio, la sobrecarga, la soledad de la práctica privada y la incertidumbre de un caso difícil nos hacen igual de sensibles a una respuesta que suena segura. La IA escribe con fluidez, ordena todo en listas limpias y no duda, y es fácil confundir esa fluidez con exactitud cuando consultamos un diagnóstico, una interacción farmacológica o un informe.
En consulta conviene preguntar por el uso de chatbots con la misma naturalidad con que preguntamos por el consumo de sustancias: para qué los usa y si tomó decisiones de salud a partir de lo que le respondieron. Importa todavía más con quienes están aislados, tienen una enfermedad crónica o atraviesan una crisis. También conviene tomar en serio los efectos secundarios, aunque no seamos quienes prescribimos, y llevarlos a la conversación con el psiquiatra o el neurólogo. Muchas veces esa coordinación es lo que evita que el paciente decida solo.
Los comentarios son exclusivos para miembros de Psyciencia Pro.
Hazte Pro → · ¿Ya eres miembro? Inicia sesión